Música de fondo. Ahí distante, acompañando diferentes actividades, ese es el papel que juegan las canciones contemporáneas. Las experimentamos como una forma de llenar el vacío. Las oímos, pero ya no las escuchamos; no hay más contemplación. ¿Cuándo fue la última vez que dedicaste un tiempo exclusivo a escuchar música? Si la respuesta es “hace mucho”, este artículo es para ti. Si la respuesta es “recientemente”, no hace falta que te expliquemos por qué vale la pena que le regales un poco de tu tiempo a esta nota. Hoy queremos llevarte de la mano para que escuches el Adagietto de Gustav Mahler de su Sinfonía no. 5 en do menor y conozcas un poco de su historia. 

Lo primero que necesitamos es que encuentres un lugar cómodo y la escuches sin juzgar, mediante unos audífonos o bocinas. Te recomendamos que intentes identificar las diferentes capas de sonidos, yendo de los más bajos a los más agudos. Una vez que termines, deja que se asiente la experiencia y, entonces, sigue leyendo el resto del texto. 

 

Antes de conocer su historia, para evitar llegar a conclusiones prematuras y concentrarnos sólo en el sonido, revisemos una descripción de la pieza para empezar a navegarla con más elementos. 

 

¿A qué suena el Adagietto de Mahler?

De pronto, el silencio, el espacio comienza a transformarse en un lugar que exige una forma muy distinta de relacionarse con él; empiezan a llenarse los vacíos. Esto sucede en un instante gracias al efecto de cuerdas frotadas. Es un instante que se podría haber pasado por alto,  pero entra el arpa. Así, poco a poco crece la intensidad con la que se tocan las cuerdas. El sonido del arpa, desde el inicio, es como una onda continua, que regresa y se expande, justo como lo que se dibuja en el agua al caer una gota. Con la ayuda del punteo del contrabajo, alrededor del tempo fuerte se genera una sensación de ir a un lugar cada vez más profundo, utilizando como barco al juego en la melodía que se turnan las violas, los violines y los violonchelos. Con cada cambio aumenta la potencia. Después se encuentran a un mismo nivel de protagonismo todas las cuerdas frotadas que nos llevan a la cima de una ola enorme, tan enorme que la distancia con la tierra es tal que es como ya no estar en este planeta. La melodía, al igual que el arpa, genera una sensación de un tiempo cíclico. No sabes cómo llegaste ahí, no se ve el final y tampoco el comienzo. 

Cuando finalmente uno espera sentir descanso tras el paso de la ola, se genera un nuevo tipo de tensión. Entran delicadamente, aunque no por eso con menor intensidad, las violas tocando una melodía un poco más alegre que la que se escuchó antes de la ola. El contrabajo sigue con la misma lógica junto con el arpa. El arpa aumenta su velocidad y hace con su sonido una forma de espiral que da entrada a que los violonchelos proyecten aún más el sonido de las violas. Del horizonte sale un sonido muy delgado, generado por los violines, y trae con ellos una serie de olas pequeñas. Las otras cuerdas frotadas se vuelven su sombra. Tras la última nota del violín, se calma la marea con la llegada de las violas, que cantan y después le contestan a los violines. Simultáneamente ese ambiente se ve con mayor claridad, los violonchelos se vuelven el aire que todo lo abarca y que no escapa a ningún respiro. Los violines llevan al barco a mayor profundidad, más lejos y más cerca. Nuevamente, llegan unas olas más pequeñas que se mueven  a un paso más lento, interrumpidas por pequeñas pausas. No queda más, sale disparada como flecha esa última nota de los violines que parece desaparecer en el aire y morir. 

Entonces, aquel remolino ascendente del arpa revive a esas cuerdas y su sonido se reincorpora junto con los violonchelos y las violas. La melodía retoma la forma de aquella que se escuchó al principio, aunque con pausas más marcadas. Hay un paréntesis en el que el violín llora brevemente. Poco a poco, las cuerdas frotadas anuncian la llegada de una nueva ola y la miran con extraña nostalgia. El barco gira y gira hasta llegar a la cima de manera violenta y agitada . Ahí,  de pronto, el espacio inabarcable se pierde porque no queda nada más que tiempo; tiempo sin espacio y sin cuerpo.   

Ahora, veamos brevemente los aspectos técnicos. 

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El desglose técnico del Adagietto de Mahler

El Adagietto de Mahler tiene una pulsación regular y binaria. Parece que el ethos principal de la pieza es de tipo malakón. Sin embargo, en algunos de los momentos de mayor tensión e intensidad (unas olas), también se cae bajo el efecto del ethos entusiastikón. La pieza cuenta con una estructura ternaria: un A-B-A. Pensando en la totalidad de la obra, podemos ver que tiene un inicio anacrúsico y un final femenino.

Ahora bien, pensando en cada una de las grandes ideas que le dan forma a la pieza, la primera A tiene inicio anacrúsico y un final femenino, después B tiene un inicio tético y un fin femenino, seguido de un inicio tético y nuevamente un final femenino en la última A. El primer cambio de A a B se ubica alrededor del minuto 3 (tras el paso de la primera gran ola); podemos ubicar esta transición gracias a la cadencia y al cambio en la melodía. El paso de B a A se identifica alrededor del minuto 6, tras una pausa que permite recuperar la melodía en la primera parte, donde se reconocen motivos como el del arpa. 

Con respecto a la melodía podemos decir que está formada por suspensiones largas en las cuerdas frotadas, lo cual permite observar en la partitura muchos legatos entre las notas. En cuanto a la tímbrica, podemos reconocer que hay instrumentos  de cuerdas frotadas –violín, viola y violonchelo–, así como cuerdas punteadas –arpa y contrabajo–. La selección de estos instrumentos resulta de suma importancia, ya que son fundamentales para que se logren las sensaciones que nos llevan a identificar el ethos de tipo malakón. Las cuerdas frotadas logran extender las notas y llevarlas al límite, y esa tensión se ve apoyada por las cuerdas punteadas; el contrabajo consigue generar una sensación de mayor espacio por el paso del torno suave al tono fuerte. El arpa, por su lado, tras la repetición y el juego entre motivos produce una sensación cíclica. Otro factor que contribuye al ethos de la pieza es la armonía que se maneja primordialmente con escalas menores; en este sentido, no se identifican mayores modulaciones. Las cadencias contribuyen en gran medida a la manera en la que tras el desarrollo de la obra uno va sintiendo mayor peso y profundidad; si bien la cadencia es lo que resuelve las tensiones, en lugar de generar un sentimiento de alivio, sólo nos llevan a niveles más oscuros de tensión.  

 

La historia del Adagietto de Mahler

El Adagietto fue escrito entre 1901 y 1902 por Gustav Mahler y corresponde al cuarto movimiento de su quinta sinfonía. Esta época en la vida de Mahler fue muy alegre, gracias a que conoció a Alma Schindler, quien se convertiría en su esposa, compañera y ayudante. Dado que Mahler era reconocido por su trabajo como director, usaba el tiempo de su verano para dedicarse a componer (que era lo que había querido hacer toda su vida). Así que escribió la quinta sinfonía en la cabaña trasera a su casa de campo en Maiernigg, que es un municipio en el distrito de Klagenfurt-Land en Austria, donde hay un gran lago de color azul claro rodeado de un bosque tupido, y un sol radiante. Curiosamente, en contraste con este alegre paisaje, Mahler compuso aquí sus obras más oscuras. Esta ironía parece cobrar sentido en la siguiente historia: tras un encuentro muy violento entre su padre y su madre, Mahler salió corriendo descalzo, y mientras huía de esa terrible y abrumadora escena se escuchaba la alegre música que emanaba, a lo lejos, de un organillero

La relación entre Alma y Mahler era muy estrecha, como se ve reflejado en las cartas que Gustav le enviaba y en el diario de Alma donde en algún punto menciona que ella ayudaba mucho a su marido, ya que transcribía sus obras. Mahler se podía dar el lujo de no hacer muchas anotaciones, pues Alma lo conocía bien y tenía una gran intuición para saber qué cosas acomodar en los vacíos instructivos de Mahler. Teniendo esto en cuenta, resulta normal pensar que Gustav se comunicara con Alma a través de su música. Por este motivo, se dice que el Adagietto es una carta de amor que Gustav le hizo a Alma. 

Pero parece que el Adagietto es mucho más que una carta de amor de Gustav para Alma. Es una carta al amor mismo, amor que conoció a través de Alma. Como ella cuenta en su diario: “se encontraron en el otro”. En un espacio que respiraba el mismo aire, en el momento: “el amor sublime”, como le contesta Gustav en alguna de sus cartas.  Mahler tuvo múltiples experiencias cercanas a la muerte y pudo, gracias a ellas, explorar muy bien la relación entre amor y muerte, que son inseparables. El amor que no es amor sin la muerte de sí mismo, del otro y de lo otro. Un concepto que se opone a la fuerza del apego, que ata y no libera, donde el  miedo aparece desde el dolor en forma de placer. Una experiencia que no cabe en ninguna forma de palabra, en ninguna historia, porque es imposible escapar al sujeto. Amor que no se vive en ninguna forma del lenguaje.   

Claramente, esta es sólo una forma de interpretar y sentir  la pieza. La tuya, al igual que esta, será única. 

 

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