Xochimilco, ese paisaje de canales y chinampas que aparece en postales, atraviesa hoy una crisis silenciosa. Lo que para unos es diversión y fiesta flotante, para otros es contaminación, despojo y gentrificación. El turismo mal gestionado y el avance de proyectos externos amenazan no solo a la comunidad local, sino también a especies emblemáticas como el ajolote. La pregunta es inevitable: ¿qué futuro tendrá este patrimonio natural y cultural de la Ciudad de México si el modelo actual continúa?
La gentrificación está asfixiando a Xochimilco
En los últimos años, la gentrificación dejó de ser un fenómeno exclusivo de barrios céntricos como la Roma o la Condesa. Hoy, los canales de Xochimilco enfrentan el mismo proceso: inversionistas que adquieren chinampas a precios bajos para reconvertirlas en espacios turísticos exclusivos o cultivos intensivos. Para los productores locales, herederos de tierras que datan de siglos atrás, esto significa perder no solo su sustento, sino también su identidad.

El problema no se queda ahí: los intermediarios compran cosechas a precios ridículos para después revenderlas en mercados gourmet, marginando aún más a quienes mantienen viva la tradición agrícola. Así, mientras algunos celebran la “modernización”, los chinamperos ven cómo su trabajo se desvaloriza y su territorio se transforma en mercancía.
Contaminación y turismo descontrolado
La gentrificación trae consigo un efecto colateral devastador: la contaminación. En los canales, el uso de lanchas con motor de gasolina libera residuos que se mezclan con el agua. A esto se suman los agroquímicos aplicados en cultivos intensivos y los químicos que mantienen verdes las canchas de futbol privadas construidas sobre humedales.

De acuerdo con Michel Balam, del proyecto Santuario Ajolote, el problema es “multifactorial”: no solo se trata de empresas, sino también de la conexión directa de drenajes urbanos con el humedal. El resultado es un cóctel de contaminantes que afecta a la fauna, a los cultivos y, en última instancia, a la salud de los propios pobladores. El ajolote, símbolo de resistencia y regeneración, es hoy un recordatorio vivo de lo que se podría perder. Cada litro de agua contaminada es un paso más hacia su desaparición.
El espejismo de la derrama económica
Defensores del turismo en la zona suelen argumentar que estos proyectos generan empleos y movimiento económico. Y sí, hay derrama económica, pero no necesariamente para la comunidad local. Gran parte de los ingresos se concentra en manos de quienes explotan el territorio desde fuera, mientras que los productores tradicionales apenas reciben migajas.

La activista y productora Carla Medina Castillo lo explica claro: “Xochimilco va más allá de solamente el recorrido convencional que es embriagarse o esta visión del bar flotante”. Para ella, el verdadero potencial está en un turismo sostenible que respete la vida del humedal, apoye a los chinamperos y no convierta la experiencia en un simple espectáculo.
Xochimilco, un patrimonio en riesgo global
No olvidemos que Xochimilco es Patrimonio de la Humanidad desde 1987, reconocimiento otorgado por la UNESCO. Sin embargo, ese título parece insuficiente para frenar la degradación. El crecimiento de la mancha urbana, el ruido constante de fiestas masivas y la presión inmobiliaria son fuerzas que avanzan más rápido que las iniciativas de conservación.

Las marchas contra la gentrificación en Ciudad de México durante 2025 pusieron el tema sobre la mesa, pero la atención sigue concentrada en los barrios céntricos. Mientras tanto, en Xochimilco, la biodiversidad y la cultura ancestral se ven arrinconadas.

Xochimilco no es solo un lugar para tomarse selfies con flores y trajineras; es un ecosistema complejo, un cosmos lleno de secretos que guarda siglos de historia agrícola y cultural. La gentrificación y la contaminación amenazan con borrar ese legado. Sin acción colectiva y políticas responsables, el ajolote podría convertirse en un recuerdo y los canales en un escenario vacío.




