En las aguas cada vez más silenciosas del lago de Pátzcuaro, un animal que alguna vez fue dios en las leyendas purépechas y remedio sagrado en la medicina prehispánica, lucha hoy por no desaparecer para siempre. Se trata del achoque, un primo poco conocido del ajolote que está al borde de la extinción.
Actualmente, se estima que quedan menos de 100 ejemplares en estado salvaje. Pero gracias a un proyecto encabezado por científicos y comunidades indígenas, esta especie única en el mundo —capaz de regenerar sus órganos y adornada con una melena de branquias digna de una criatura mitológica— podría tener una segunda oportunidad.

Un superviviente ancestral bajo amenaza
El achoque (del género Ambystoma) es un anfibio endémico del lago de Pátzcuaro, en Michoacán. A diferencia de otras salamandras, este animal conserva sus características larvarias durante toda su vida, una condición conocida como neotenia. Vive en el fondo del lago, en aguas poco profundas, donde caza de noche pequeños peces, moluscos, gusanos y acociles.
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Sin embargo, la contaminación, la sobrepesca y la extracción excesiva de agua han hecho que su población colapse en las últimas décadas. De acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el achoque está oficialmente clasificado como especie “críticamente amenazada”, y su situación se agrava año con año.

De pescadores a defensores del achoque
Hace décadas, el achoque era parte habitual de la dieta local y se usaba como remedio natural contra enfermedades respiratorias. Pero la nueva generación ni siquiera lo conoce, lamenta Froylán Correa, un veterano pescador que ahora ha cambiado las redes por la conservación.
Correa, junto a su sobrino Israel y otros habitantes de San Jerónimo Purenchécuaro, se ha convertido en un verdadero guardián del lago. Bajo la guía de biólogos de la Universidad Michoacana, participa en un programa comunitario que rescata huevos del achoque, los lleva a laboratorios para su eclosión y posteriormente cuida de las crías hasta que pueden ser liberadas de nuevo en su hábitat natural.
“Llueva, truene o haya fiesta, tenemos que estar aquí. Si no venimos un día, se nos mueren”, afirma Israel Correa, mientras vigila atentamente los pequeños acuarios donde los achoques crecen.

El laboratorio del renacimiento
El ciclo de rescate empieza con una caminata matutina por el lago, en busca de huevos de achoque escondidos entre las piedras y el lodo. Una vez recolectados, el biólogo Rodolfo Pérez los lleva a la Universidad Michoacana, donde vigila su desarrollo con minuciosidad.
Cuando los anfibios alcanzan cierto tamaño, regresan al cuidado de los pescadores, quienes los alimentan y monitorean durante semanas. Esta colaboración entre academia y comunidad ha dado frutos: aunque todavía son pocos, los achoques están repoblando pequeñas zonas del lago.
“Tenemos una población estable, de entre 80 y 100 ejemplares”, señala Luis Escalera, otro de los científicos del proyecto. “Pero sigue siendo una fracción mínima comparada con hace 40 años”.

Más que un animal: Símbolo cultural y científico
El achoque no solo destaca por su aspecto, que recuerda a un dragón acuático con branquias que simulan una melena. También es un fenómeno biológico de alto interés, ya que puede regenerar extremidades, partes del corazón e incluso fragmentos del cerebro.
Estas habilidades han despertado el interés de la comunidad científica internacional, pero también refuerzan su estatus como tesoro cultural y espiritual. Para los pueblos originarios del lago de Pátzcuaro, el achoque fue alguna vez un dios castigado, obligado a esconderse bajo el agua convertido en animal.

¿Por qué es vital salvar al achoque?
Además de su valor cultural y su potencial científico, el achoque cumple una función clave en el equilibrio ecológico del lago. Es un depredador natural de insectos y otros organismos que, sin su presencia, podrían alterar la biodiversidad acuática.
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Su conservación no solo significa salvar una especie más, sino también preservar la historia, la salud ambiental del ecosistema y el legado de los pueblos indígenas de Michoacán.

El futuro del achoque
Salvar al achoque no es tarea sencilla. Requiere compromiso diario, recursos económicos y una comunidad entera dispuesta a luchar por lo que otros ya dieron por perdido. Pero cada nuevo huevo que eclosiona, cada joven salamandra que regresa al lago, es un pequeño milagro en camino a convertirse en esperanza.
Hoy, en un rincón escondido de México, científicos y pescadores están haciendo lo imposible para que el achoque, el primo olvidado del ajolote, no se convierta en solo un recuerdo en los cuentos de los abuelos.




