Entender la idea de ansiedad para dejar de vivir preocupado (lecciones del zen y el tao)

La ansiedad es una idea: un concepto que podemos transformar.

Los conceptos son ese puente que tendemos entre la realidad y nuestra mente. Nuestra percepción aprehende el mundo y nosotros interpretamos aquellas aprehensiones mediante intuiciones, mismas que luego pasan a ser ideas y conceptos para nuestra racionalidad.

La ansiedad, por ejemplo, es una emoción que surge a partir de nuestro contacto con el mundo. Pero también es un concepto que define un estado psíquico y puede ser comprendido o utilizado tanto por una ciencia –como la psicología– como por nosotros, en nuestra vida cotidiana. La ansiedad también es una idea. Una que, hoy en día, nos ha hecho vivir inmersos en una modernidad líquida, donde vivir el aquí y el ahora se confunde con la sed de inmediatez, y sólo vivimos pensando en “lo que podría pasar”.

 

La filosofía oriental ante la idea de ansiedad

Las filosofías orientales, como el zen y el tao, saben lidiar con la ansiedad porque quienes se instruyen en sus enseñanzas y prácticas entienden la ansiedad desde su concepción misma. Porque como cualquier filosofía, tanto el pensamiento del tao como el del zen tienen una racionalidad intrínseca. Y es que también se ocupan del gran “problema” sobre el que han girado todas las escuelas de pensamiento: la relación sujeto-objeto. O dicho de otro modo: la relación entre los sujetos cognoscentes –nosotros– y la realidad.

Aunque por supuesto, la forma de razonar es distinta a la de la filosofía occidental…

Alan Watts, uno de los grandes “traductores” de estas filosofías para Occidente, cree que la gran virtud del tao y del zen reside en la manera como estas prácticas lidian con esta relación sujeto-objeto, y más concretamente, con la relación mente-cuerpo. El problema, según Watts, es que la vida contemporánea nos hace escindir mente y cuerpo, y tenemos la tendencia de retirarnos a nuestras mentes como si se tratara de escondites. Y ahí es donde acecha la ansiedad como idea negativa, y desde donde percibimos la realidad con miedo por “lo que pueda pasar”.

Así como no hay que escindir mente y cuerpo, también es importante que no sólo conozcamos la realidad, sino también las ideas sobre ella. No podemos escindir a nuestra mente de lo que la realidad le produce. Sin embargo, debemos evitar que dichas ideas nos predispongan y nos hagan perder el piso. Ahí reside la importancia, tanto para el tao como para el zen, de vivir en el aquí y el ahora.

Para Watts:

Este es el verdadero secreto de la vida: estar completamente comprometido con lo que estas haciendo en el aquí y el ahora.

Es así que el tao nos enseña a andar el camino –tao significa “camino”–. Nos muestra que lo importante es comprender conceptos como el de la ansiedad para poder resignificarlos, transformarlos y, en ocasiones, borrarlos conscientemente de la mente a través de la meditación.

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No obstante, la ansiedad seguirá ahí, como una taladrante idea y, en muchas ocasiones, como una emoción. Por eso es importante que, como nos enseña la filosofía zen, aprendamos a lidiar con los pensamientos obsesivos. La idea de ansiedad estará ahí, pero podemos atajarla mediante la autoexploración, intentando comprender qué hace ahí y no dando por sentado cómo es que la entendemos.

De lo que se trata, tanto en el zen como en el tao, es de vivir con espontaneidad, pero sin escindir cuerpo y mente. Porque como enseñara el maestro Taisen Deshimaru:

Lo espiritual es material y lo material se vuelve espiritual. El espíritu existe en cada una de nuestras células y, finalmente, el espíritu es el cuerpo, el cuerpo es el espíritu. Está también la actividad, la energía, que no son dualistas.

Ni la realidad, ni nosotros, ni las ideas, son construcciones fijas y monolíticas. Siempre tenemos la oportunidad de transformarlas mediante nuestra mente y nuestro cuerpo.



No son problemas: son experiencias (viviendo el aquí y el ahora con filosofía zen)

Porque “si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá”.

Si pensáramos los problemas no como eso que nos viene de la “mala suerte”, sino como parte inherente de la experiencia que es vivir, ¿qué pasaría? Si quitáramos de nuestro léxico la palabra “problema” y la sustituyéramos por “experiencia”, ¿qué pasaría?

El resultado podría ser esclarecedor. Porque sucede que en la actualidad tenemos definiciones muy extrañas sobre lo que es la vida, y eso nos hace esperar de ella cosas que son imposibles. Aspiramos a una existencia estable y segura, siendo que la propia naturaleza está repleta de eventos inesperados: la historia del cosmos es la historia de sus colisiones y de cientos de diminutos eventos azarosos. Pero al mismo tiempo, existen eventos preestablecidos que se repiten una y otra vez.

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Y es quizá está doble existencia, que oscila entre la convención y lo impredecible, lo que nos tiene fatigados.

Somos presas fáciles de la ansiedad. Nos preocupamos y, ¿qué hacemos? Quizá enojarnos porque la reunión en el trabajo no salió como queríamos, o angustiarnos porque llegamos tarde a la escuela. Ante estas circunstancias, solemos actuar de ciertas formas muy concretas: huimos, ignoramos, nos quejamos o buscamos un sitio de confort que nos aleje de los problemas que ocurren espontáneamente.

 

No debemos sentirnos culpables si actuamos así…

Pero en palabras del filósofo zen Alan Watts, debemos vivir la espontaneidad y ser capaces de improvisar. Este es un arte de vida que nos puede ayudar a ver desde otra perspectiva nuestros problemas, para así empezar a atajarlos como experiencias y ya no como inconveniencias. Es la manera como podemos aprender de nuestras preocupaciones, y no dejar que nos dominen ni que se conviertan en ansiedad.

Así actúa el zen ante la vida. Porque no es ni una filosofía ni una práctica: el zen es ambas cosas a la vez. Es un encuentro con la realidad, tanto de nuestra mente como de nuestro cuerpo, con todas las circunstancias de la vida –esas a las que muchas veces llamamos “problemas”–.

El zen no busca resolver los problemas para poseer el conocimiento de su respuesta. Más bien, las respuestas que se van dando son la vida misma: la experiencia. Y en esta forma de experimentar la realidad, la vida es una continua equivocación, como dijo el maestro zen Eihei Dogen.

De eso va la experiencia: de equívocos e inequívocos que conviven ineludiblemente a lo largo de nuestra vida. Son las cosas que se desarrollan a pesar nuestro, porque la vida no gira toda a nuestro alrededor. Es la hierba que crece, a pesar de todo. Es por eso que el maestro Taisen Deshimaru dijo:

Incluso si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá.

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Esta es la vigencia del zen para navegar la época actual. Por eso tantos escritores occidentales rescataron este legado de Oriente. Y en ese sentido, nada más brutal –pero también certero– que estas palabras de Alan Watts:

Pues nunca existe otra cosa que el presente, y si uno no puede vivir en él, no puede vivir en ninguna parte.

Convertir los problemas en experiencia es eso: poder vivir en todos lados. Vivir el presente. Ser el aquí y el ahora.

 

* Imágenes: 1) Flickr Gunnar Grimes, edición Ecoosfera; 2 y 3) Unsplash



Claves para dejar la preocupación crónica y emancipar nuestra mente

Preocuparse es como ponerle grilletes a nuestra mente. Aquí algunas claves para dejar de hacerlo.

Es difícil de aceptar pero, el estrés, la depresión y las preocupaciones son fuerzas de la vida moderna; creer que tú tienes los problemas más complicados es solo cosa de egocentrismo porque, de hecho, el mundo entero se encuentra experimentando los propios, desde otro ángulo. ¿La razón? Hay miles de ellas. No se trata de enfocarse en los detonantes que pueden llevarte a tener una gran preocupación sino en el cómo lo estás sobrellevando y cómo afecta esto a tu calidad de vida. 

En aras de una realidad en crisis, las preocupaciones no tendrían porque gobernar tu existencia, al contrario: es preciso que las ubiques como un posible detonante de consecuencias nocivas, que además se vuelven crónicas.  

De hecho, la preocupación es una condición inherente a los seres humanos. Realmente es gracias a ésta que hemos podido sobrevivir, pues preocuparse es una respuesta a las amenazas que nos vuelca a buscar soluciones. Es, además, un catalizador de la empatía, pues cuando nos preocupamos por alguien más es porque le queremos.

No obstante, la preocupación no siempre se manifiesta de manera positiva. En realidad, se ha vuelto un estado de ánimo perpetuo en muchas personas, y que tiene serias consecuencias. Podemos hablar, incluso, de preocupación crónica.

La espiral preocupación-ansiedad-estrés-culpa

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La preocupación es un circuito que pareciera infinito: cuando es excesiva, deviene en una espiral de ansiedad que casi siempre termina en un sentimiento de culpa por sentirnos incapaces de controlar todo lo que pasa a nuestro alrededor. Esto modifica en muchos casos nuestra cotidianidad: los hábitos alimenticios, el sueño e incluso las relaciones con otras personas.

Pensar en “lo que podría pasar” y preocuparse demasiado por ello reinicia este espiral qué también advierte impactos para el organismo. Así, la preocupación crónica puede detonar respuestas en el cuerpo y su sistema nervioso, por ejemplo, con la liberación de cortisol —el neurotransmisor del estrés—, que en grandes cantidades puede elevar el azúcar en la sangre y los triglicéridos, desestabilizandonos emocionalmente. Algunas de las consecuencias de esto son:

  • Dificultad para tragar
  • Mareos
  • Boca seca
  • Fatiga
  • Dolores de cabeza
  • Ritmo cardiac acelerado
  • Irritabilidad
  • Falta de concentración
  • Sudoración excesiva

El cortisol, que funciona como gasolina para nuestra sangre (y que puede ser bueno, como ya se comprobó), es malo cuando no es usado para actividades físicas. Es como si implosionara toda esa energía en nuestro cuerpo, en lugar de explotar hacia afuera. Las consecuencias de esto incluyen:  

  • Supresión del sistema inmune
  • Desordenes digestivos
  • Tensión muscular
  • Pérdida de memoria a corto plazo
  • Y, en el peor de los casos:
  • Ataques cardiacos
  • Depresión
  • Y hasta suicidio

Emancipa tu mente y no dejes que otros la gobiernen

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Si realmente queremos ser competentes en la vida, y más felices de paso, la clave está en dejar la preocupación a un lado y emancipar la mente. ¿Cómo? Primero, razonando (más no pensando obsesivamente) en todo lo que esto perjudica tu vida; después, depurando la mente de todos aquellos factores que encuentran un lugar en tu ciclo de preocupaciones.

Dialoga contigo mismo

Piensa en si tu preocupación realmente tiene sentido, sé sincero contigo mismo. Cuando vas al fondo del argumento que guía a tu preocupación, verás que ésta no tiene sentido porque:

La mayoría de cosas que te preocupan… jamás suceden. ¿Cuál es el punto de alimentar fantasías? Se debe ser hábil para dejar ir pensamientos obsesivos que nos hagan cuestionarnos y herirnos todo el tiempo.

Preocuparse no va a cambiar el futuro. Al contrario, puede empeorar cualquier panorama. La cuestión es que tampoco le temas a los cambios, sino que los afrontes sabiendo que no todo depende de ti.

Si quieres mirar la realidad de forma distinta, desintoxícate (3 claves para hacerlo)

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Razonar no será la única manera de liberarte de la preocupación crónica, de hecho puede llevarte de vuelta al estrés. Así que debes complementar el razonamiento con actividades específicas que dejen fluir esa energía en tu cuerpo, la cual, de otra forma, podría implosionar. ¿Cómo hacerlo? Aquí 3 claves:

  • Ejercítate regularmente: Puede ser intenso o no. Ya sea que hagas cardio, fuerza, yoga, pilates. O incluso una rutina semanal con un mix; el ejercicio ayudará a usar ese combustible que es el cortisol de manera positiva.
  • Medita: La meditación se ha popularizado por ser una técnica que nos enseña a convivir con lo que nos rodea: de inhalar y exhalar nuestras preocupaciones, logrando posicionar la mente hacia otros horizontes. Aquí puedes ver consejos para meditar, cómo respirar y los beneficios que esto tiene.
  • Ama: No hay nada más simple y quizás trillado, pero como se advierte en un principio, la preocupación también es empatía. Aprovecha ese sentimiento para amar y procurar a los demás, algo que genera beneficios por desatar dopamina y oxcitocina en nuestro cerebro.

Preocuparse de manera crónica es como ponerse grilletes de manera voluntaria. Recuerda que no vives para esa preocupación que te ronda la mente, vives para inspirarte de las experiencias y asombrarte de tu existencia. Ten siempre presente que somos seres orgánicos complejos y necesitamos calibrar constantemente nuestras emociones.

*Referencias: How Worrying Affects the Body

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