El ajolote es uno de los animales más reconocibles de México — aparece en billetes, en museos, en tatuajes — pero en su único hogar natural, Xochimilco, casi ha desaparecido. En 1998 había aproximadamente 6,000 ajolotes por kilómetro cuadrado en esas chinampas; para 2014 quedaban 36. Una caída de más del 99% en menos de dos décadas que convierte al Ambystoma mexicanum en uno de los vertebrados más amenazados del país.
Cómo Xochimilco dejó de ser un refugio para volverse una trampa
El problema no llegó de golpe. Fue acumulándose durante décadas en capas: la contaminación industrial y urbana que degradó la calidad del agua, la llegada de especies invasoras como la carpa y la tilapia que compiten con el ajolote por alimento y además se comen sus crías, y la destrucción progresiva del ecosistema de chinampas que históricamente fue su hábitat perfecto. Xochimilco, que alguna vez fue una red de canales con agua limpia y fondo lodoso ideal para el ajolote, hoy es en muchas zonas un sistema contaminado donde sobrevivir es, literalmente, difícil.
El ajolote además tiene una biología que lo hace especialmente vulnerable: es endémico, es decir, no existe en ningún otro lugar del planeta en vida silvestre. No puede migrar. No puede adaptarse a otro río, otro lago, otro ecosistema. Si Xochimilco colapsa, el ajolote silvestre colapsa con él. Y eso es exactamente lo que llevó al Ambystoma mexicanum a la lista roja de la UICN como especie en peligro crítico — el escalón justo antes de extinto en vida silvestre.
La apuesta de la UNAM: chinampas como último refugio
Frente a ese escenario, el Instituto de Biología de la UNAM lleva años desarrollando un programa de chinampas-refugio: parcelas dentro de Xochimilco aisladas de los canales más contaminados, con manejo controlado del agua y sin especies invasoras, donde los ajolotes pueden reproducirse en condiciones más cercanas a las históricas. No es un zoológico ni un laboratorio — es un intento de reconstruir el ecosistema desde adentro.
El programa también trabaja con chinamperos locales, integrando la conservación con las prácticas agrícolas tradicionales de la zona. La idea es que cuidar al ajolote y cultivar en chinampa no sean actividades opuestas sino complementarias. Es una apuesta compleja en un ecosistema urbano bajo presión constante, pero los datos preliminares del programa muestran recuperación de poblaciones en las zonas intervenidas. Cuánto de eso se puede escalar es la pregunta que todavía no tiene respuesta clara.
Lo que sí es claro: el tiempo que queda es corto. El ajolote puede regenerar una pata, un pulmón, parte de su corazón. Lo que no puede regenerar es un canal envenenado ni una ciudad que creció encima de su mundo. Eso lo tenemos que hacer nosotros.




