La vaquita marina es el mamífero marino más raro del planeta y vive únicamente en el Alto Golfo de California. Se estima que entre 7 y 10 ejemplares siguen con vida. Esta semana, el Gobierno de México anunció nuevas reglas de pesca que reducen un 86% el área donde las redes de enmalle están prohibidas: de 11,106 km² a apenas 1,562 km². Y las redes de enmalle son, precisamente, una de sus principales causas de muerte.
Qué cambió exactamente y por qué importa el número
Hasta antes de este anuncio, México mantenía una zona de refugio de 11,106 km² en el Alto Golfo de California donde estaban prohibidas las redes de enmalle — el tipo de malla en la que la vaquita marina queda atrapada y muere asfixiada sin poder salir a respirar. La nueva regulación reduce esa área a 1,562 km². No es una reducción menor: es desaparecer casi nueve de cada diez kilómetros de protección.
El gobierno argumenta que se mantiene una zona de protección estricta dentro de ese espacio reducido, y que el objetivo es ordenar la actividad pesquera legal en el resto del golfo. Pero organizaciones ambientalistas señalan que la presión sobre el ecosistema del Golfo de California ya venía en niveles críticos, y que con menos de 10 animales vivos no hay margen de error: cualquier red en cualquier lugar puede ser la última.
Una especie que solo existe aquí, en este mar, en este momento
La vaquita marina (Phocoena sinus) es endémica de México — no existe en ningún otro lugar del planeta. Mide alrededor de 1.5 metros, es esquiva, silenciosa, y durante décadas fue víctima colateral de la pesca ilegal de totoaba, otra especie protegida cuya vejiga natatoria se trafica hacia China a precios astronómicos. La conexión entre el crimen organizado, el comercio de vida silvestre y la desaparición de la vaquita lleva años documentada por organizaciones como WWF y el IUCN, pero las poblaciones siguieron cayendo.
En 1997 se calculaban cerca de 600 individuos. En 2008 quedaban unos 245. Para 2018 la cifra había colapsado a menos de 59. Hoy, los censos más recientes hablan de entre 7 y 10. Estamos hablando de una especie que puede contarse con los dedos de las manos — y que científicos del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM llevan años advirtiendo que está al borde de un punto de no retorno.
Amamos que México tenga en su territorio a uno de los animales más únicos del mundo. Pero duele ver que la respuesta institucional a esa responsabilidad sea reducir el espacio de protección justo cuando la especie está en su momento más vulnerable.




