El posible desarrollo de El Niño 2026-2027 ha captado la atención de la comunidad científica por su potencial impacto global. Diversos modelos climáticos apuntan a un calentamiento significativo en el Pacífico ecuatorial, una señal característica de este fenómeno. Sin embargo, interpretar estas predicciones climáticas no es tan sencillo como parece. Aunque los datos sugieren una tendencia clara, la incertidumbre sigue siendo un factor clave. Comprender qué tan confiables son estos pronósticos es fundamental en un contexto de cambio climático.
El Niño 2026: señales claras, pero no definitivas
Los modelos climáticos internacionales, como el SEAS5 del ECMWF y el conjunto multisistema del Copernicus Climate Change Service (C3S), coinciden en un punto: existe una alta probabilidad de que se desarrolle un evento de El Niño durante 2026. Este consenso también es respaldado por organismos como la NOAA y el IRI, que estiman probabilidades cercanas al 70% para su formación entre mayo y julio.
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Sin embargo, aunque la señal de calentamiento es consistente, esto no significa que el resultado esté asegurado. Los modelos no predicen un único escenario, sino un rango de posibles futuros, lo que implica que El Niño podría variar desde un evento moderado hasta uno intenso. Esta diferencia es crucial, ya que la intensidad define en gran medida sus impactos climáticos.
La incertidumbre en los pronósticos estacionales
Uno de los aspectos más importantes al analizar El Niño 2026 es entender que los pronósticos estacionales tienen una incertidumbre inherente. Por ejemplo, los modelos del ECMWF muestran que las anomalías de temperatura en la región clave NINO3.4 podrían oscilar entre aproximadamente 1.7 °C y 3.3 °C para septiembre de 2026.

Esta dispersión refleja que no es posible determinar con precisión la intensidad exacta del fenómeno con meses de anticipación. Además, los sistemas multisistema, que combinan distintos modelos, amplían aún más este rango, mostrando valores que van desde 0.2 °C hasta más de 3 °C. En términos prácticos, esto significa que el fenómeno podría desarrollarse de formas muy distintas.
La barrera de predictibilidad primaveral
Otro factor clave que explica la incertidumbre actual es la llamada “barrera de predictibilidad primaveral”, un fenómeno bien conocido en climatología. Durante los meses de marzo a mayo, el sistema climático del Pacífico es especialmente difícil de predecir debido a transiciones naturales en la interacción entre océano y atmósfera.

Esto implica que los pronósticos realizados en esta época del año suelen ser menos confiables. La precisión mejora significativamente a partir de finales de mayo o junio, cuando las señales físicas, como el debilitamiento de los vientos alisios o el calentamiento del océano, se vuelven más evidentes y medibles.
Lecciones del pasado: cuando los modelos fallan
El análisis de eventos anteriores permite poner en perspectiva las predicciones actuales. En 2023, por ejemplo, los modelos anticiparon correctamente el desarrollo de El Niño, aunque subestimaron ligeramente su intensidad final, que alcanzó anomalías cercanas a 2 °C.
Super El Niño: 7 out of 10 climate models show a super El Niño forming in the central Pacific later this year.
These are El Niño spark plumes.
They leverage data from 691 ensemble members, inspired by Edward Tufte’s principal of maximizing the data-ink ratio. pic.twitter.com/uuDxEUHYtL
— Ben Noll (@BenNollWeather) April 12, 2026
En contraste, el caso de 2017 es un recordatorio importante: los modelos preveían un evento de El Niño, pero el sistema evolucionó hacia condiciones de La Niña, fuera del rango esperado. Este tipo de errores no son frecuentes, pero demuestran que el sistema climático puede comportarse de manera inesperada.
Cambio climático: el factor que complica todo
El cambio climático introduce una capa adicional de complejidad en la predicción de El Niño 2026. Las temperaturas globales del océano son actualmente más altas que en décadas anteriores, lo que altera las condiciones de referencia utilizadas por los modelos.

Esto tiene dos implicaciones importantes. Por un lado, es más fácil alcanzar anomalías elevadas, lo que podría dar la impresión de un evento más intenso. Por otro, los impactos pueden amplificarse, ya que un fenómeno moderado en un contexto más cálido puede generar efectos más extremos, como lluvias intensas, sequías o cambios en los patrones de huracanes.

El Niño 2026-2027 se perfila como un fenómeno probable, respaldado por múltiples modelos climáticos y observaciones actuales. Sin embargo, la intensidad exacta y sus impactos siguen siendo inciertos debido a factores como la variabilidad natural del clima, la barrera de predictibilidad primaveral y la influencia del cambio climático. Las predicciones son herramientas valiosas para anticipar riesgos, pero no deben interpretarse como certezas absolutas. En un sistema tan complejo como el clima terrestre, la pregunta no es solo qué ocurrirá, sino qué tan preparados estamos para escenarios que aún pueden cambiar.




