El 3 de noviembre de 1957, una perrita callejera recogida de las calles de Moscú despegó a bordo del Sputnik 2 y se convirtió en el primer ser vivo en orbitar la Tierra. Su nombre era Laika, y durante décadas el mundo creyó que había sobrevivido varios días en el espacio antes de morir. La verdad —revelada recién en 2002— es que murió a pocas horas del lanzamiento, dentro de una cabina que se sobrecalentó, y la Unión Soviética lo sabía desde el primer momento.
Una misión diseñada sin regreso
El Sputnik 2 no tenía sistema de reentrada. Desde antes del lanzamiento, los ingenieros soviéticos sabían que fuera quien fuera el pasajero, no volvería. La URSS estaba en plena carrera espacial contra Estados Unidos y necesitaba un golpe de efecto antes del 7 de noviembre, aniversario de la Revolución Bolchevique. El tiempo era tan ajustado que el cohete se diseñó y construyó en menos de cuatro semanas. Laika, con apenas entre dos y tres años de edad según los registros, fue seleccionada porque los perros callejeros moscovitas habían demostrado mayor tolerancia al estrés y al frío que los de criadero. Había sobrevivido las calles; ahora debía sobrevivir el espacio.
Los científicos le dieron comida con sedantes para los últimos momentos. La narrativa oficial habló de siete días de vida a bordo, de sensores estables, de una muerte tranquila. La carrera espacial entre URSS y EE.UU. estuvo llena de relatos construidos para ganar la narrativa global, y el de Laika fue uno de los más duraderos.
La verdad que tardó 45 años en salir
En 2002, durante una conferencia científica en Texas, el investigador ruso Dimitri Malashenkov presentó datos que nadie había hecho públicos: Laika había muerto aproximadamente cinco a siete horas después del lanzamiento por sobrecalentamiento de la cabina. Un fallo en el sistema de control térmico elevó la temperatura a niveles letales casi de inmediato. El estrés fisiológico registrado en sus sensores durante las primeras órbitas ya era severo desde el despegue.
Uno de los científicos que trabajó directamente en la misión, Oleg Gazenko, había admitido años antes sentir remordimiento: ‘Cuanto más tiempo pasa, más lo lamento. No aprendimos suficiente de la misión para justificar la muerte del animal’. Fue una de las pocas veces que alguien del programa habló sin el filtro del orgullo soviético. Gazenko murió en 2007 sin haber visto una reivindicación formal.
Hoy hay una estatua de Laika en Moscú, frente al edificio donde se preparó la misión. Está parada sobre un cohete, mirando hacia arriba. Es lo más cercano a un reconocimiento oficial que recibió.
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