Donald Trump publicó una imagen de la Luna con una bandera estadounidense y el mensaje ‘La luna es nuestra’. No es la primera vez que Trump convierte el espacio en un escenario de bravuconada, pero esta vez choca de frente con el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967, que prohíbe expresamente que cualquier nación reclame soberanía sobre la Luna — y que Estados Unidos firmó.
Por qué ni llegar primero ni plantar banderas te da la Luna
El argumento más viejo de la conquista espacial — ‘yo llegué primero, es mío’ — no aplica en el espacio. El Tratado del Espacio Ultraterrestre, firmado en 1967 por Estados Unidos, la URSS y más de cien países, establece que el espacio exterior, incluida la Luna, es ‘patrimonio de toda la humanidad’ y no puede ser reclamado por ningún gobierno. Plantar una bandera, como hizo Apollo 11 en 1969, fue un gesto simbólico, no un acto legal de posesión — algo que la NASA aclaró en su momento.
Esto no es un tecnicismo menor: es el mismo principio que impide que cualquier otra potencia — China, Rusia, la Unión Europea — declare territorio propio en la superficie lunar. Si Trump hablara en serio y EE.UU. intentara reclamar soberanía lunar de forma oficial, estaría violando un tratado que ellos mismos impulsaron durante la Guerra Fría. El contexto de la carrera espacial original es exactamente lo que hace irónico el momento: EE.UU. construyó ese marco legal precisamente para que la URSS no pudiera hacer lo que Trump está insinuando ahora.
Artemis II y la carrera real contra China que sí debería importarnos
Detrás del tuit hay algo más denso. Artemis II, la primera misión tripulada de la NASA en rodear la Luna en más de 50 años, se lanzó el 1 de abril del 2026 y es parte de un programa que busca volver a la superficie antes de 2028. La urgencia no es romántica: China tiene su propio programa lunar con metas similares y ha avanzado más rápido de lo que muchos analistas esperaban.
La carrera no es por nostalgia del Apollo; es por los recursos. La Luna contiene depósitos de helio-3, un elemento escaso en la Tierra con potencial para la fusión nuclear, y agua helada en los polos que podría usarse como combustible para misiones más profundas. Quien establezca infraestructura lunar primero tendrá ventaja logística en futuras misiones a Marte. Trump lo sabe — o sus asesores lo saben — y la bravuconada funciona también como señal política doméstica: ‘estamos ganando’.
El problema es que ‘ganar’ en el espacio no se define con un tuit sino con acuerdos internacionales, financiamiento sostenido y tecnología. Los Acuerdos Artemis, firmados por 71 países hasta ahora, son el intento real de EE.UU. de construir un marco legal alternativo al tratado del 67 — uno más favorable a la explotación comercial de recursos espaciales. Eso sí es preocupante para quien crea que la Luna debería seguir siendo de todos.




