El santuario Passiflora, joya verde de la Amazonía boliviana, enfrenta su mayor amenaza: una obra energética de 96 kilómetros que atraviesa su corazón y pone en jaque el futuro del jaguar en Bolivia 2025. Tres felinos (Majo, Asaí y Bibosi) fueron vistos por cámaras trampa merodeando la zona donde hoy se marcan rutas para torres de alta tensión. En medio de este corredor biológico, hogar de más de 1000 especies de flora y fauna, la tensión no solo es eléctrica: es ambiental, cultural y ética.
Santuario Passiflora, un corredor vital en riesgo
Ubicado en el norte de La Paz y colindante con el Parque Nacional Madidi, Passiflora forma parte del refugio Senda Verde y conecta la Amazonía con la región yunga. Sus 200 hectáreas de bosque primario son un punto clave para el tránsito del jaguar, pero desde 2021, la empresa ENDE Transmisión impulsa la línea de alta tensión San Buenaventura–Ixiamas, que atraviesa esta zona sensible. En marzo de 2025, la justicia boliviana autorizó su ejecución, ignorando las advertencias científicas y ambientales.

Este corredor no solo alberga 35 especies de mamíferos y 301 de aves, sino también comunidades que dependen del equilibrio del ecosistema. “Passiflora es un pulmón de vida”, dice su fundadora Vicky Ossio, quien denuncia la entrada irregular de maquinaria y personal técnico. La apertura de caminos en medio del bosque amenaza con fragmentar hábitats, alterar riachuelos y facilitar la caza furtiva.
La obra de energía: cifras, ruta y una desviación clave
El proyecto eléctrico de ENDE tiene una inversión de 124 millones de bolivianos (unos 18 millones de dólares) y contempla una franja de 31 metros de ancho. Oficialmente, debía ir junto a la carretera San Buenaventura–Ixiamas, pero marcadores encontrados dentro de Passiflora muestran una desviación de 600 metros hacia el bosque. Esa diferencia, dicen los ambientalistas, puede significar la pérdida del corredor natural del jaguar.

Cada metro de tala implica abrir espacio a vehículos y maquinaria pesada, lo que genera deforestación y riesgo de incendios. Además, el mantenimiento constante de las torres exige caminos permanentes que pueden convertirse en rutas para cazadores. Según la bióloga Ángela Núñez, el impacto será “una cadena de desequilibrios ecológicos donde el jaguar es el primero en perder”.
Jaguar acorralado: del tráfico a la pérdida de presas
Las cámaras trampa de Passiflora han registrado ocho jaguares en los últimos meses. Tres machos (Asaí, Bibosi y Majo) patrullan el área, mientras las hembras y sus crías permanecen ocultas entre la densa vegetación. El problema es que el jaguar necesita grandes extensiones continuas, cerca de 100 km², y una franja abierta lo divide y aísla, reduciendo su acceso a alimento y pareja.

El riesgo no es solo la pérdida de hábitat: la electrocución de aves y mamíferos también altera la cadena alimenticia. “Donde hay menos presas, el jaguar se desplaza a zonas ganaderas y termina cazado”, explica Núñez. En 2025, el Tribunal Agroambiental boliviano ordenó proteger al jaguar del tráfico y la caza, pero la medida parece letra muerta frente al avance del tendido eléctrico.

Pueblos indígenas y consulta previa: la voz tacana
La obra atraviesa más de 20 kilómetros del Territorio Comunitario de Origen Tacana, donde los habitantes reclaman el derecho a la consulta previa. Según Jorge Canamari, líder del CIPTA, la empresa nunca realizó un proceso formal. “Vinieron directo a iniciar la obra, sin respetar nuestra decisión”, denuncia. La Constitución boliviana y el Acuerdo de Escazú garantizan ese derecho, pero ENDE se ampara en la categoría 3 del proyecto, que considera sus impactos “no significativos”.

Los tacanas temen que la deforestación y el fuego afecten sus medios de vida y a las especies con las que conviven. “No nos oponemos al progreso”, dice Canamari, “pero el progreso no puede destruir lo que somos”. Mientras tanto, las comunidades se organizan para vigilar la selva y evitar que las máquinas avancen sin permiso.
Fuego, fragmentación y alternativas posibles
El norte de La Paz ha sufrido incendios forestales que empujan a los jaguares hacia zonas de ganadería, donde son cazados. Además, los troncos cortados para abrir caminos se vuelven combustible para nuevos incendios. “La vegetación que talan para la línea eléctrica es material inflamable”, advierte Ossio. Los riachuelos también corren riesgo: al modificar su cauce, se altera el flujo de agua que sustenta la vida local.

Expertos proponen una alternativa simple: mantener el tendido junto a la carretera existente, donde el impacto sería menor. Además, piden implementar pasos de fauna y monitoreo de jaguares, medidas de bajo costo que podrían marcar la diferencia entre conservar un corredor o perderlo para siempre. Mover el trazo unos metros puede salvar un ecosistema completo.

El santuario Passiflora no es solo un refugio para el jaguar, sino un símbolo del choque entre desarrollo y conservación. La energía que promete progreso podría apagar una parte del bosque más biodiverso de Bolivia. ¿Hasta dónde puede avanzar el cableado sin romper la red de la vida?




