Desde hace semanas, la Ciudad de México ha visto cómo una serie de protestas y bloqueos vuelven a poner en el centro a cientos de perros y gatos conocidos como “los franciscanitos”. Todo comenzó en enero de 2026, cuando autoridades retiraron a más de 900 animales de un albergue ubicado en la carretera México-Toluca, tras denuncias por condiciones críticas. Hoy, lejos de resolverse, la situación sigue abierta: los animales permanecen bajo resguardo oficial, mientras crece la exigencia de quienes piden su regreso y cuestionan qué ha pasado realmente con ellos.
¿Qué está pasando con los animales del Refugio Franciscano?
El 7 de enero de 2026, autoridades capitalinas intervinieron el refugio tras reportes de hacinamiento, enfermedades y falta de condiciones sanitarias. En ese operativo fueron retirados entre 900 y 936 perros y gatos, muchos con problemas de salud acumulados durante años.

Desde entonces, los animales fueron distribuidos en distintos espacios como el Ajusco, la Brigada de Vigilancia Animal y otros centros. Las autoridades aseguran que reciben atención veterinaria, alimentación y seguimiento. Sin embargo, la falta de un censo público actualizado ha generado dudas. No existe claridad total sobre cuántos siguen vivos, cuántos han sido adoptados o dónde está cada uno, y ese vacío es hoy uno de los principales puntos de tensión.
¿Qué piden para los “franciscanitos”?
Las exigencias de quienes apoyan al refugio se concentran en cuatro puntos clave. El primero es la devolución inmediata de todos los animales al predio original en Cuajimalpa, el cual —afirman— ya fue recuperado legalmente y rehabilitado para recibirlos nuevamente. También piden la suspensión de adopciones, al considerar que no pueden realizarse sin certeza jurídica sobre la custodia. A esto se suma la exigencia de transparencia total: reportes médicos individuales, ubicación exacta y pruebas de vida de cada animal. Finalmente, demandan que se detenga cualquier práctica que, desde su perspectiva, pueda estar afectando su salud o estabilidad. Para ellos, no se trata solo de proteger cuerpos, sino de respetar historias: muchos de estos animales son geriátricos y han pasado años en el mismo entorno.
#CDMX 🐾|| Manifestantes marcharon del Monumento a la Revolución al Zócalo capitalino para exigir la devolución de perros y gatos al Refugio Franciscano, con consignas como “Clara Brugada, regresa la manada”. Denunciaron maltrato animal y falta de transparencia en el retiro de… pic.twitter.com/VrT4SmLeSp
— Primera Línea Mx (@esprimeralinea) April 12, 2026
Cifras que no logran explicar lo que está ocurriendo
Uno de los aspectos más sensibles es el número de muertes. Autoridades han reportado al menos 34 fallecimientos, atribuidos en su mayoría a las condiciones en las que los animales fueron encontrados: desnutrición, infecciones y enfermedades crónicas.
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Del otro lado, activistas cuestionan esa versión y sostienen que la cifra podría ser mayor, señalando que el traslado masivo, el encierro prolongado y la separación de grupos pudieron generar estrés severo y deterioro en su salud. Sin un registro público completo y verificable, las cifras se convierten en un terreno incierto donde cada versión alimenta la desconfianza.
Calles tomadas, una causa que no encuentra respuesta
El 13 de abril de 2026, la inconformidad se hizo visible en uno de los puntos más transitados de la ciudad: Paseo de la Reforma e Insurgentes. Desde las 7:00 de la mañana, manifestantes bloquearon ambos sentidos, provocando caos vial y afectaciones al transporte público.

Las consignas eran directas: “¡Devuelvan a los franciscanitos!”. Estas acciones forman parte de una serie de movilizaciones que buscan presionar a las autoridades tras meses sin acuerdos concretos. Para quienes participan, se trata de una emergencia de bienestar animal; para otros ciudadanos, es una forma de protesta que impacta la vida diaria.
¿Salvar o devolver? El punto donde todo se fractura
En el fondo, la discusión enfrenta dos formas distintas de entender el cuidado animal. Por un lado, la postura oficial sostiene que los animales deben permanecer bajo resguardo hasta garantizar condiciones sanitarias óptimas, incluso promoviendo su adopción como alternativa a largo plazo. Por otro, quienes apoyan al refugio defienden que el bienestar no puede separarse del entorno y los vínculos. Señalan que muchos animales, especialmente los más viejos, dependen de la estabilidad emocional que les daba su espacio y sus cuidadores, y que el traslado puede ser tan crítico como la enfermedad misma. Así, la pregunta deja de ser solo dónde están mejor, para convertirse en algo más profundo: qué significa realmente cuidar a un animal.

Lo que ocurre con los “franciscanitos” sigue sin una respuesta definitiva, pero deja una certeza clara: el bienestar animal no puede reducirse a decisiones aisladas ni a versiones enfrentadas. Entre cifras, traslados y protestas, hay vidas que dependen de un sistema que aún muestra vacíos. Cuando la protección se convierte en disputa, el riesgo es que lo esencial se diluya. ¿Estamos preparados para cuidar de verdad a quienes no pueden hablar por sí mismos?




