Una batalla tan inesperada como real se libra en los humedales del norte de Buenos Aires. Miles de capibaras han invadido Nordelta, un enclave de lujo construido sobre un hábitat natural que, hasta hace poco, les pertenecía por completo. ¿Quién tiene más derecho a este territorio: los vecinos nuevos o sus habitantes originales? La convivencia entre humanos y capibaras divide opiniones y pone a prueba las políticas ambientales del gobierno argentino en 2025.
Sobrepoblación de capibaras: ¿un problema real o una excusa?
Nordelta, ese conjunto de barrios privados de alto poder adquisitivo que se multiplicó en las últimas décadas, fue construido sobre humedales del Delta del Paraná, hogar natural de miles de especies, entre ellas los capibaras. En tan solo un año, la población de estos animales creció un 114%, alcanzando unos 3.000 ejemplares, según la Secretaría de Ambiente de Argentina.

Mientras algunos residentes los consideran una molestia (culpables de arruinar jardines, atacar mascotas o generar accidentes de tránsito), otros los defienden como víctimas de una urbanización descontrolada. La pregunta de fondo es incómoda: ¿invadieron los capibaras a Nordelta, o fue al revés?
Capibaras, un símbolo de un ecosistema en problemas
Los carpinchos o capibaras (Hydrochoerus hydrochaeris) son roedores semiacuáticos que pueden pesar hasta 65 kilos y medir más de un metro de largo. Son nativos de gran parte de Sudamérica y viven en grupos familiares cerca de lagunas, ríos y esteros. Detrás de su apariencia simpática hay un ecosistema al borde del colapso. Los humedales, vitales para mitigar inundaciones y conservar biodiversidad, han sido reemplazados por cemento, piletas y canchas de golf. En este contexto, los capibaras no invaden: resisten.

¿La solución es exiliarlos? El polémico plan de Milei
Ante el crecimiento descontrolado y los conflictos con los residentes, el gobierno de Javier Milei anunció un plan para trasladar a unos 3.000 capibaras a islas del Delta del Río Paraná, creando una especie de santuario. El secretario de Ambiente, Daniel Scioli, aseguró que el traslado será “no compulsivo” y en acuerdo con las familias. La idea es ofrecer un nuevo hogar donde estos animales puedan vivir en paz, lejos de las tensiones humanas.

Sin embargo, grupos ambientalistas y defensores de la fauna advierten que esto podría generar más problemas que soluciones. Las translocaciones, mal ejecutadas, alteran dinámicas sociales y reproductivas de las especies, además de representar un alto nivel de estrés. Como alternativa, el gobierno también propuso vacunar anticonceptivamente a los machos, aunque esta medida también recibió críticas por parte de organizaciones ambientalistas que exigen soluciones basadas en la restauración del hábitat, no en el control reproductivo.
¿Quiénes son los verdaderos invasores?
Este fenómeno no se explica solo con biología o urbanismo, sino con historia y desigualdad. Hace 30 años, el terreno que hoy ocupa Nordelta era un espacio silvestre, sin grandes desarrollos ni avenidas. Los capibaras y otras especies lo habitaban sin conflictos. Pero con el tiempo, el avance inmobiliario transformó el paisaje.

Se estima que unas 40.000 personas se mudaron allí en los últimos cinco años, impulsadas por la búsqueda de “seguridad” y contacto con la naturaleza. Paradójicamente, al hacerlo, desplazaron a quienes ya vivían en ella. En el fondo, este debate no es solo sobre capibaras: es sobre cómo tratamos a la naturaleza cuando entra en conflicto con nuestros intereses.

Los capibaras no son un capricho viral ni una amenaza. Son síntomas visibles de un desequilibrio profundo entre desarrollo urbano y respeto por la biodiversidad. Su historia en Nordelta es un espejo de cómo, muchas veces, la humanidad llega tarde a preguntarse por los límites del progreso. Tal vez la verdadera pregunta no sea qué hacer con los capibaras, sino qué estamos dispuestos a hacer para convivir con lo que no controlamos.




