La población de elefantes en Kenia llegó a 42,072 ejemplares en 2025, según el Censo Nacional de Vida Silvestre presentado por el presidente William Ruto en diciembre de ese año. Es el número más alto en décadas y el resultado de 35 años de políticas de conservación sostenidas, desde la prohibición del comercio de marfil en 1989 hasta más de 160 conservancias comunitarias activas hoy. Pero el mismo censo que celebra a los elefantes lanza una alarma sobre el resto del ecosistema keniano: aves acuáticas, hirola y búfalos van en dirección contraria.
Cómo Kenia pasó de estar al borde del colapso a ser referente continental
En 1989, la situación era crítica: los elefantes kenianos habían caído de unos 167,000 en los años setenta a apenas 16,000 ejemplares, una pérdida del 90% impulsada por la demanda global de marfil y décadas de caza furtiva sin control efectivo. Ese mismo año, la CITES incluyó al elefante africano en su Apéndice I y prohibió el comercio internacional de marfil, lo que marcó el punto de inflexión. Kenia no solo aplicó el acuerdo: construyó una arquitectura institucional para sostenerlo.
El Kenya Wildlife Service (KWS) desarrolló programas de monitoreo continuo. El Wildlife Act de 2013 endureció las penas por crímenes contra la fauna. En 2015 se inauguró un laboratorio forense y genético en la sede del KWS para fortalecer la evidencia en juicios por poaching. Y el modelo de conservancias comunitarias (más de 160 en todo el país, que hoy protegen el 11% del territorio nacional) convirtió a las comunidades locales en actores activos de la protección, no en espectadores. El resultado de todo eso se ve en los números: de 16,000 ejemplares en 1989 a 36,280 en 2021 y a 42,072 en 2025, con una tasa de crecimiento anual del 5% según el KWS y la African Wildlife Foundation.
Para tener escala continental: en África, los elefantes de sabana perdieron el 60% de su población en el último medio siglo. La cifra total del continente hoy es inferior a 500,000 ejemplares, frente a los 1.3 millones de los años setenta. Que Kenia no solo haya frenado esa tendencia sino revertido la suya la posiciona como el cuarto país con mayor población de elefantes en África, detrás de Zimbabue, Botsuana y Tanzania. El contraste con el contexto regional hace que la historia de conservación de fauna en África resulte todavía más significativa.
La advertencia que el censo 2025 no quiere que pases por alto
El Censo Nacional de Vida Silvestre 2025 es un documento de doble cara. El presidente Ruto lo describió como ‘una mezcla de victorias y emergencias urgentes de conservación’, y no exageró.
El censo se realizó entre junio de 2024 y agosto de 2025, con 1,518 horas de vuelo en reconocimientos aéreos, conteos terrestres, trampas cámara y evaluaciones marinas. La metodología es la más completa que Kenia ha aplicado, lo que hace que sus alertas sean difíciles de ignorar: las poblaciones de aves acuáticas cayeron un 80% en 11 áreas clave del país. Los búfalos de pastizal bajaron más del 8%. El hirola, antílope endémico keniano y uno de los más amenazados del mundo, se redujo a la mitad en el período documentado: de 497 a 245 individuos. Grandes carnívoros y el antílope sable enfrentan presiones similares.
A eso se suma un dato estructural que el propio censo subraya: aproximadamente dos tercios de los elefantes kenianos viven fuera de parques y reservas nacionales, en territorio compartido con comunidades humanas. El conflicto humano-fauna (cultivos destruidos, ganado atacado, vidas en riesgo) es el siguiente gran desafío de conservación, y ninguna conservancia comunitaria lo resuelve sola. La victoria con los elefantes es real. Pero el ecosistema que los rodea aún está en emergencia.




