Si has caminado por las calles de Mérida, seguro has pasado bajo la sombra de un ciricote, con sus flores naranjas que atraen colibríes. Pero este árbol, conocido como kʼóopteʼ en maya, está desapareciendo en la naturaleza, y casi nadie lo nota. ¿Por qué este ícono de Yucatán está en peligro, y qué se está haciendo para salvarlo?
La crisis silenciosa del ciricote
El ciricote (Cordia dodecandra), nativo del sur de México, es un gigante caducifolio que alcanza hasta 30 metros y florece casi todo el año. Sus vibrantes flores naranjas y frutos dulces son un imán para polinizadores y un deleite local. Sin embargo, sus poblaciones silvestres están disminuyendo debido a la sobreexplotación y la destrucción de selvas bajas caducifolias en Yucatán.

Según expertos del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY), la tala para obtener su madera dura, usada en muebles, y la urbanización han reducido su hábitat natural. “Estamos perdiendo un pilar ecológico”, advierte Verónica Franco, investigadora del CICY.
Un árbol multitasking bajo amenaza
El ciricote no es solo un adorno urbano; es un árbol de usos múltiples. Su madera es para muebles y artesanías, su corteza tiene propiedades medicinales para tratar tos, y sus hojas se usaban tradicionalmente para limpiar utensilios. En Mérida, es común en parques y jardines, pero en la selva, su presencia es cada vez más rara.

Un estudio de 2018 señaló que especies como el ciricote están en declive por la deforestación descontrolada en la Península de Yucatán, donde las selvas medianas subperennifolias han perdido hasta el 20% de su cobertura en las últimas décadas. “Su abundancia en ciudades nos engaña”, dice Franco, destacando la urgencia de protegerlo en su hábitat natural.
Conafor al rescate
La Comisión Nacional Forestal (Conafor) ha identificado al ciricote como una especie prioritaria por su valor ecológico y económico. Desde 2020, Conafor trabaja en la conservación de su germoplasma, recolectando semillas para evitar su extinción y promover su uso sustentable. En Yucatán, programas como los de Conafor y el Arboreto de Frutales Mayas en Cholul, iniciado en 2018, cultivan 25 especies nativas, incluyendo el ciricote, para reforestar y educar. Este arboreto, con 72 voluntarios, ya produce frutos y se ha replicado en otros parques de Mérida. “Es un esfuerzo por salvar nuestra herencia natural”, dice un voluntario local.

El impacto ecológico y cultural de perder el ciricote
Perder el ciricote no es solo un problema ambiental; es una herida cultural. En la cultura maya, el kʼóopteʼ es parte de la identidad, usado en alimentos, medicinas y rituales. Su declive afecta a polinizadores como colibríes y reduce la biodiversidad en selvas yucatecas, donde especies como jaguares también sufren por la deforestación.

Además, la tala contribuye al cambio climático, al liberar carbono almacenado en los árboles. En 2021, se estimó que Yucatán perdió 20,000 hectáreas de manglares y selvas, agravando el problema. “Sin el ciricote, Yucatán pierde su alma verde”, lamenta un activista.
¿Qué podemos hacer para salvar al ciricote?
La esperanza no está perdida. Iniciativas como las de Conafor y el arboreto muestran que la comunidad puede marcar la diferencia. Plantar ciricotes en patios, apoyar reforestaciones locales y denunciar talas ilegales son pasos clave. En Dzilam de Bravo, un proyecto financiado por Conafor restauró 200 hectáreas de manglares en 2021-2022, demostrando que la acción colectiva funciona. Además, comprar productos de madera certificada reduce la presión sobre especies como el ciricote. “Cada semilla cuenta”, dice un voluntario del arboreto, invitando a los jóvenes a unirse al cambio.

Un Yucatán sin ciricotes sería un lugar más gris y caliente. Depende de nosotros proteger este tesoro antes de que su extinción pase de desapercibida a irreversible. ¿Plantarás la semilla para salvar al kʼóopteʼ?




