Durante décadas, algunos habitantes y guías de selvas en México, Centro y Sudamérica han contado historias que suenan sacadas de fantasía: un árbol que camina. Se trata de Socratea exorrhiza, conocida como la palma andante, famosa por sus raíces en forma de zancos. Pero, ¿realmente se mueve?
La leyenda de la palma que se mueve
La Socratea exorrhiza, una palmera de hasta 25 metros de altura, crece en las selvas tropicales de México, América Central y del Sur. Sus raíces aéreas, que emergen como zancos, hicieron que en los años 80 antropólogos como John Bodley creyeran que podía “caminar” hacia la luz solar. Esta idea cautivó a locales y turistas, alimentando historias de árboles que se desplazaban en la noche. Pero en 2005, Gerardo Ávalos, experto en palmas, publicó un estudio que desmontó el mito: la palma no se mueve de su lugar de germinación. Sus raíces solo crean una ilusión de traslado al adaptarse al entorno.

¿Por qué parece que camina?
Las raíces zancudas de la Socratea exorrhiza son su superpoder. Cuando un árbol cae o el suelo se erosiona, la palma genera nuevas raíces para recuperar estabilidad, mientras las viejas se deterioran. Este proceso, que puede tomar años, da la impresión de que la palma “avanza.” En realidad, se estira para captar más luz solar en selvas donde la competencia es feroz. Un estudio de 2007 respaldó a Ávalos, confirmando que el desplazamiento es un mito. Las raíces, que crecen hasta un metro sobre el suelo, también ahorran energía al reducir la necesidad de un tronco grueso.

Adaptaciones para sobrevivir en la selva
En las selvas de Chiapas o Oaxaca, donde el suelo es fangoso y las inundaciones son comunes, las raíces de la Socratea exorrhiza actúan como columnas estabilizadoras. Permiten a la palma mantenerse firme en terrenos inestables, según investigadores como Ávalos. Además, su altura facilita el acceso a la luz en un ecosistema donde los árboles altos bloquean el sol. Aunque no camina, su plasticidad es asombrosa: si un tronco cae, nuevas raíces pueden levantarlo, como si la palma “renaciera.” Esta adaptabilidad es clave en un entorno hostil y competitivo.

El impacto cultural del mito
El mito del árbol que camina no solo es ciencia, sino cultura. En comunidades de México y países como Costa Rica o Perú, guías turísticos narran historias de palmas que “huyen” de la sombra, atrayendo a viajeros curiosos. Aunque Ávalos desmintió el movimiento, el apodo “palma caminante” persiste. En 2015, la BBC destacó cómo estas leyendas impulsan el ecoturismo, pero también cómo la ciencia aclara la magia sin restarle encanto. La Socratea exorrhiza sigue siendo un símbolo de la selva viva, incluso si sus pasos son solo una ilusión.

¿Qué nos enseña la palma caminante?
Aún sin caminar, la Socratea exorrhiza tiene mucho que contar. Sus raíces zancudas son un ejemplo de evolución creativa, diseñadas para enfrentar suelos inestables y poca luz. En México, donde la deforestación amenaza selvas como la Lacandona, estas palmas recuerdan la importancia de conservar ecosistemas únicos. Datos de la Conanp muestran que Chiapas perdió 1.1 millones de hectáreas de selva entre 2001 y 2018. Proteger especies como esta palma es crucial. Cada raíz que se extiende es un grito de resistencia en la selva.

La palma andante no camina, pero su historia sí viaja por generaciones y selvas. Nos enseña que la línea entre mito y ciencia puede ser borrosa, pero también fascinante. En lugar de idolatrar una leyenda, celebremos cómo la naturaleza inventa soluciones inesperadas. Porque, a veces, la verdad es más rara y de maravilla que cualquier fábula. ¿Te animas a ver esta palma en vivo y descubrir su secreto?




