El cocodrilo siamés es una de las especies más amenazadas del planeta, pero la mayoría nunca ha escuchado su nombre. Quedan poco más de 40 individuos silvestres registrados en el mundo, todos concentrados en un pantano de Camboya. El país acaba de crear la Reserva Genética Boeung Veal Veng, 315 hectáreas en la provincia de Pursat, la primera área protegida diseñada específicamente para esta especie en peligro crítico de extinción.
40 animales, un pantano y una cuenta regresiva
Para ponerlo en perspectiva: hay más personas en un vagón del metro que cocodrilos siameses en estado silvestre. La población documentada en la zona pantanosa de Veal Veng, dentro de la cordillera de Cardamomo, es la mayor concentración remanente conocida de la especie, y con eso decimos que el planeta depende de ese pedazo de humedal para que el Crocodylus siamensis no desaparezca para siempre. No es hipérbole: es la situación exacta.
La nueva reserva no es solo un decreto en papel. Según el comunicado oficial del 26 de septiembre de 2026, la iniciativa involucra a los Ministerios de Medio Ambiente y de Agricultura de Camboya, a Conservation International y a Fauna & Flora, además de las comunidades locales que ya monitoreaban los sitios de anidación antes de que existiera cualquier protección formal. Son ellas quienes conocen los ciclos del pantano y saben dónde las hembras ponen sus huevos, un conocimiento que ningún satélite reemplaza. cómo las comunidades indígenas salvan ecosistemas
Por qué importa conservar la genética, no solo los individuos
El nombre oficial de la reserva, Boeung Veal Veng, incluye la palabra ‘genética’ por una razón concreta: con poblaciones tan pequeñas, la diversidad del ADN es el recurso más frágil. Una especie puede tener cien individuos y seguir marchando hacia la extinción funcional si todos están emparentados. Preservar esa variabilidad es lo que da a la especie una oportunidad real de sobrevivir enfermedades, cambios climáticos y cualquier presión futura.
El cocodrilo siamés llegó a este punto por décadas de caza, pérdida de humedales y captura para criaderos comerciales donde se cruzó con otras especies, diluyendo su linaje. Lo que queda en Pursat es, literalmente, el banco genético más valioso que tiene la especie. Proteger esas 315 hectáreas no es conservar un animal bonito: es conservar la última posibilidad de que exista en libertad dentro de cincuenta años.




