¿Qué es lo que ocurre en tu cerebro cuando experimentas una emoción?

Tenemos una galaxia en la cabeza: ¿de verdad podemos solucionar todo con unos cuantos medicamentos, o es necesario comenzar a conocer cómo funciona nuestra mente?

El cuerpo humano es un organismo repleto de misterio y funciona de maneras aún no del todo claras para la ciencia. La depresión y sus complementos, como la ansiedad o el estrés, siguen suponiendo trastornos en el cerebro aun enigmáticos, pues éstos no pueden ser explicados con simples axiomas.

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La neurología ha ayudado recientemente a descifrar algunos de estos enigmas. Gracias a la tecnología de escaneo de resonancia magnética (MRI por sus siglas en inglés), los investigadores han podido comprender cómo funciona la red de nuestro cerebro, cuyas sustancias afectan a nuestras emociones y a nuestro cuerpo en su totalidad.

Tenemos una galaxia en la cabeza: unas 86 billones de neuronas se comunican vía los neurotransmisores.

El entorno también nos afecta, pues el cerebro reacciona a éste generando neurotransmisores que estimulan diversas áreas del cerebro al ser transportadas en receptores. A esto se llama sinapsis, se trata de señales que una neurona manda a la otra en un complejo proceso de síntesis, almacenamiento, liberación y degradación de estos neurotransmisores por todo el cerebro.

Por eso la depresión y cualquier comportamiento emocional es tan difícil de tratar, pues es una serie de factores, internos y externos los que nos afectan al mismo tiempo, y que tienen que ver con neurotransmisores, hormonas y enzimas. Pero si las emociones son tan complejas, ¿de verdad podemos solucionar todo con unos cuantos medicamentos?

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Quizás una mejor solución esté en conocer más a nuestro organismo y con ello encontrar cómo podemos influir en su funcionamiento.

Aquí 3 maneras para empezar:

 

El cerebro como fábrica de serotonina

Muchas emociones se generan en una misma área del cerebro. Algunas acciones o estimulantes nos pueden ayudar a equilibrar las sustancias que en dichas áreas confluyen –como en la amígdala–, e impactan en nuestro estado anímico. 

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Según el nerocientífico Alex Korb, autor de The Upward Spiral: Using Neuroscience to Reverse the Course of Depression, One Small Change at a Timeen la amígdala se generan tanto la culpa como la vergüenza, pero también se encuentra ahí el punto que es estimulado cuando logramos algo.

Esto explica por qué para algunas personas sentirse culpables o avergonzados es un estado de ánimo casi perpetuo y que parecen buscar tener compulsivamente. ¿Alguna vez has escuchado a alguien que siempre pide perdón? Podría ser que su cerebro esté intentando activar la recompensa en la amígdala. Por eso las personas solemos encontrar un cierto gusto en estar siempre preocupados. La solución de Korb ante esto es estimular, con conocimiento de causa, esas mismas áreas y circuitos del cerebro de una forma alternativa.

Pensar en lo que uno agradece en la vida, por ejemplo, puede desatar serotonina, la cual se transmite por la amígdala, produciendo con ello tranquilidad, felicidad e incluso mayor eficiencia neuronal, la cual se traduce en mayor inteligencia emocional.

Nombrar para curarnos de las emociones nocivas 

Pero no todo depende de la serotonina. Incluso la acción de nombrar algo produce neurotransmisores que pueden inhibir algunas emociones nocivas.

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La misma acción de hablar, por ejemplo, activa la corteza prefrontal (la de la función ejecutiva del cerebro), lo cual ayuda a inhibir la actividad de la amígdala que, como ya señalamos, puede conducir a emociones nocivas. Se trata de un sistema equilibrado donde, si se activa más un área, las demás pueden decrecer o presentar cambios en sus niveles de sustancias. La cuestión está en saber cómo armar el rompecabezas.

Korb notó esto en estudios de resonancia magnética, donde los participantes veían expresiones faciales, generando las mismas emociones que las personas fotografiadas. Pero cuando se les preguntaba el nombre de la emoción y la decían, se activaba la corteza prefrontal y se reducía la actividad de la amígdala, lo cual ayudaba a sobrepasar el estado emocional en que las fotografías habían dejado a los participantes.

No es difícil pensar que estimular a esta área ejecutiva del cerebro pueda ser bueno, sobre todo si se hace positivamente, pensando en metas que se quieren lograr y haciendo planes que dependan de que demos lo mejor de nosotros mismos. Esto hace que la corteza prefrontal inhiba respuestas inadecuadas y se sobreponga sobre otras áreas del cerebro que podrían generar ansiedad o preocupación, como la amígdala o el nucleo estríado, otra área que si se sobreestimula nos genera actitudes compulsivas o rutinarias.

El proceso hormonal está presente en un abrazo

Mucho se dice sobre el hecho de que abrazar a alguien puede estimularnos positivamente. Ello se debe a que las hormonas también están presentes en todo el complejo proceso neuronal. Es el caso de la oxitocina, la hormona del amor que funciona como neuromodulador del sistema nervioso central, es decir: es quien modula y libera algunos de los neurotransmisores.

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Diversos estudios han mostrado que esta hormona está relacionada a estimulantes neuronales que a su vez generan afecto, amor, confianza y generosidad. Ésta se segrega en las terminales nerviosas pituitarias y se filtra a la sangre, por ejemplo, en una madre cuando alimenta a su bebe con leche materna.

Del mismo modo se libera cuando abrazamos o besamos a alguien por largo tiempo, o cuando mantenemos relaciones sexuales, prácticas que nos ayudan a mantener una salud mental óptima. Visto así, incluso ir de la mano con tu pareja puede resultar una idónea medicina contra el dolor, pues una de las partes del cerebro que es receptora de la oxitocina es la sustancia gris central, la cual tiene la función esencial de reducir el dolor.

¿Quieres saber más? Mira cómo incluso el sistema inmunológico podría afectar nuestra conducta.

 

*Referencias: Corteza prefrontal y funciones ejecutivas

 

 



La apatía extrema provocada por un trauma psicológico puede ser mortal (Estudio)

La muerte psicogénica es un padecimiento muy real del que apenas existen investigaciones.

Un trauma psicológico puede perturbarte a tal grado que tu cerebro se apague poco a poco, hasta la muerte. Esto queda documentado en un estudio del doctor John Leach, especialista en psicología de la supervivencia de la Universidad de Portsmouth, donde explora el fenómeno de la give-up-itis (algo así como la “rendi-titis”), un término que expresa la muerte psicogénica.

No se trata propiamente de una forma de suicidio. Leach describe la muerte psicogénica como el proceso que sigue después de que la mente de una persona sufre un trauma con el que no sabe lidiar y ante el cual la muerte parece el único fin racional. Esto puede ocurrir en cuestión de días, si no se recibe ayuda. En palabras de Leach:

La muerte psicogénica es real. No es suicidio, no está ligado a la depresión, sino que el acto de rendirse a la vida y morir usualmente en cuestión de días, es una enfermedad muy real, a menudo ligada a un trauma severo.

En términos clínicos, esta muerte autoinducida podría explicarse por un mal funcionamiento del circuito cingulado anterior, una zona del cerebro responsable de la motivación y el comportamiento dirigido a la consecución de objetivos. Cuando el trauma sufrido por la persona interfiere con la motivación, “la apatía es casi inevitable”.

Sin embargo, no todo está perdido. Para Leach:

Revertir la caída de la rendititis hacia la muerte tiende a llegar cuando el sobreviviente encuentra o recupera el sentido de elección, de tener algún control, y tiene que ver con que esa persona se sobreponga a sus heridas y encuentre un interés renovado en la vida.

Es importante conocer e identificar las cinco etapas de la rendititis:

1. Aislamiento social

Luego del trauma, la gente se aísla e interrumpe el ritmo normal de su vida hasta un grado de extrema pasividad. Según Leach, esta puede ser una estrategia de afrontamiento, pero si se extiende puede dar pie al aislamiento absoluto.

 

2. Apatía

Descrita como una melancolía desmoralizante, la apatía no se parece a la ira, la tristeza ni la frustración. Se traduce en gestos como falta de limpieza y cuidado de uno mismo, así como una falta total de energía para realizar tareas en apariencia sencillas.

 

3. Abulia

Severa falta de motivación que va de la mano con una respuesta emocional estancada, así como falta de iniciativa e incapacidad para tomar decisiones. En este punto, la gente puede dejar de hablar y comer. Tampoco reaccionan frente a los intentos de otros por ayudarlos, y ni siquiera frente a los ataques físicos.

 

4. Acinesia física

La persona está consciente, pero parece ausente, e incluso se muestra indiferente ante el dolor físico. Aparece la incontinencia urinaria y fecal, y la persona puede quedarse tendida sobre sus propios desechos.

 

5. Muerte psicogénica

La etapa final entre acinesia y muerte psicogénica toma entre 3 y 4 días. A menudo se presenta un breve lapso de conciencia. Leach describe este estado como semejante a cuando un prisionero de un campo de concentración decidía fumarse un cigarrillo. Los cigarros eran escasos, y por lo tanto, muy valiosos: un prisionero podía intercambiarlos por raciones extra de comida o protección. El gesto de fumar denotaba que la persona en realidad no tenía interés en continuar viviendo en esas condiciones.

 

Recuerda que aun frente al trauma psicológico extremo, no todo está perdido. Si alguien que conoces está en una situación similar, procura ayudarle a buscar tratamiento psicológico especializado.



8 rasgos de personas que saben navegar el mundo con inteligencia emocional

¿Tú controlas tus emociones, o ellas a ti?

La inteligencia, así como su sorprendente evolución, es lo que nos hace humanos. ¿Qué duda cabe? Somos el Homo sapiens, “hombre sabio”, gracias a nuestra capacidad de inventar, de producir conocimiento y de estructurar el mundo mediante el lenguaje. Pero también inventamos, producimos conocimiento y estructuramos el mundo a través de las emociones, que como los estudios sobre la inteligencia emocional han podido comprobar, son mucho más que mera visceralidad.

La visceralidad es eso que hacemos motivados por sentimientos profundos, más que por el buen juicio o la inteligencia racional.

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Cuando decimos de alguien que “es visceral”, estamos expresando que no sabe controlarse. Cuando decimos, en cambio, que “actúa con buen juicio”, es que es alguien inteligente y que sabe controlarse.

Esto implica afirmar que las emociones están en la víscera y la inteligencia en el cerebro.

¡Nada más equivocado y pretencioso! La amígdala, que procesa y almacena las emociones, ya era usada por nuestro ancestros en la selección de los alimentos con base en la experiencia –y los alimentos, a su vez, han hecho que nuestro cerebro evolucione–. Mientras el neocórtex gestiona los pensamientos, la amígdala hace lo propio con los sentimientos de manera autónoma, aunque entre ambos se crea una maravillosa –y fundamental– correlación.

Tal es el punto de partida de los estudios sobre inteligencia emocional, que utilizando el mismo tipo de evaluaciones que las pruebas de coeficiente intelectual (IQ en inglés), así como diversos métodos y esquemas, buscan comprender el papel de las emociones –e incluso, de instintos como la intuición– en las habilidades intelectuales y cognitivas del ser humano.

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Eso sí: es cierto que si no educamos nuestras emociones podemos actuar “visceralmente. Por eso es importante conocer y reconocer las emociones, así como aprender a usarlas. Sería erróneo decir que hay personas más o menos emocionales, al igual que lo sería decir que una persona es más inteligente que otra. Más bien, tanto la inteligencia como las emociones son algo en constante correlación que se puede nutrir y, más allá de la genética, es posible usarlas de la mejor manera para navegar el mundo.

Puedes empezar por conocer cuáles son los comportamientos de las personas que navegan el mundo con una mayor inteligencia emocional, según los estudios del experto en la materia Travis Bradberry, autor del libro Emotional Intelligence 2.0.

 

Tienen un mayor vocabulario emocional

Siempre buscamos expresar lo que somos y entender lo que sentimos. Una mayor conexión con las emociones requiere tener un vocabulario emocional más amplio para hacer ambas cosas. Según un estudio reciente, sólo el 36% de las personas pueden expresar con exactitud lo que sienten.

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Son más empáticos

La empatía es clave en la evolución. Quien es empático puede comprenderse mejor a sí mismo comprendiendo a los otros, y esto sin duda ayuda a la evolución de las emociones, a su comprensión, y posibilita navegar el mundo de maneras más inteligentes.

 

No son rencorosos

El rencor puede ser una emoción útil, por ejemplo, para sobrevivir. Pero en general, sólo promueve el odio –e incluso es tóxico para el organismo–. Saber sobrellevar el rencor es una conducta de inteligencia emocional, pues es saber regular las cantidades necesarias de esta emoción sin dejar que nos controle.

 

Son resilientes

En otras palabras, las personas con una inteligencia emocional prominente pueden abrazar el cambio sin temor. Saben adaptarse y así, logran ser más felices y exitosos. Es decir, son resilientes, como la naturaleza.

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No son tan calculadores

A veces, la búsqueda de perfección, felicidad y éxito lleva a las personas más racionales a ser calculadores en diversas situaciones. Pero usar las emociones implica no estar calculando situaciones, sino dejar que las emociones nos conduzcan a los resultados deseados ­–lo cual, muchas veces, funciona mejor­–. Quienes así lo hacen no están tan preocupados por la perfección como sí lo están por el equilibrio.

 

Saben alejarse de personalidades tóxicas

Las personalidades tóxicas pueden llegar a contagiarnos. Alejarse de ellas muestra una sapiencia emocional, pues de una relación con alguien tóxico sólo puede surgir enojo y frustración. Esto significa que quienes se alejan de las personas tóxicas utilizan la empatía para sentir al otro, y deciden evitar la confrontación –y el contagio–, poniendo una prudente distancia con quienes son nocivos para sus emociones y su entorno.

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Alimentan su felicidad

Cuando las personas inteligentes emocionalmente se sienten felices, se mantienen así. Saben manejar cualquier situación, blindando su felicidad de cualquier ataque externo. Esto es gracias a un equilibrio a nivel anímico, y a que evitan que su lado racional esté maquinando teorías y comparándose excesivamente con otros.

 

Duermen más

Algunos estudios han demostrado que quienes son más inteligentes duermen menos. Pero quienes duermen más, son felices. Y la felicidad es un rasgo presente en las personas con emociones bien manejadas. Esto es resultado de una correlación fisiológica vital, pues un mal descanso promueve emociones inestables.

 

 * Ilustraciones: Xaviera López