Cada temporada de lluvias vuelve la misma duda: ¿es cierto que cuando llueve los sismos se sienten más fuertes en la Ciudad de México? La coincidencia entre tormentas y movimientos telúricos ha dado origen a numerosos mitos, pero la respuesta está en la geología y no en el clima. El llamado suelo esponja de la CDMX sí influye en la forma en que percibimos un temblor, aunque no de la manera que muchas personas imaginan. Comprender cómo funciona este fenómeno permite distinguir entre creencias populares y la evidencia científica, así como entender por qué la capital mexicana es una de las ciudades más particulares del mundo cuando se trata de actividad sísmica.
¿Las lluvias provocan sismos en la Ciudad de México?
La respuesta es no. De acuerdo con el Servicio Sismológico Nacional (SSN) y especialistas del Instituto de Geofísica de la UNAM, las lluvias no tienen la capacidad de generar sismos ni de activar las fallas geológicas responsables de los grandes movimientos tectónicos. Los terremotos ocurren cuando la energía acumulada entre las placas tectónicas se libera a varios kilómetros de profundidad, una zona donde el agua de lluvia nunca llega. Aunque tormentas intensas, granizadas o rayos pueden producir pequeñas vibraciones detectadas por instrumentos muy sensibles, estas son completamente distintas a un sismo.

Los registros históricos también respaldan esta explicación. Entre 1957 y 2023, el SSN reportó que los meses con mayor actividad sísmica fueron diciembre (27,402 eventos) y septiembre (27,301), lo que demuestra que no existe una temporada de sismos relacionada con el periodo de lluvias. La coincidencia entre ambos fenómenos responde únicamente a que México es un país con intensa actividad tectónica y una marcada temporada de precipitaciones.
El suelo esponja de la CDMX: la verdadera razón por la que los sismos se sienten más fuertes
Si la lluvia no provoca los sismos, ¿por qué muchas personas perciben que durante esta temporada los temblores son más intensos? La explicación está en el subsuelo de la capital. Gran parte de la Ciudad de México fue construida sobre los antiguos lagos del Valle de México, especialmente el Lago de Texcoco. Debajo del pavimento permanece un terreno formado por arcillas, limos y sedimentos saturados de agua, materiales blandos que actúan como una enorme esponja y modifican el comportamiento de las ondas sísmicas.

Cuando un sismo llega desde su epicentro, las ondas viajan rápidamente por la roca, pero al entrar en estos sedimentos disminuyen su velocidad y aumentan su amplitud y duración, un fenómeno conocido como amplificación sísmica. En algunas zonas de antiguo lago, las sacudidas pueden sentirse hasta 300 o 500 veces más intensas que en terrenos rocosos. Este comportamiento explica por qué terremotos ocurridos frente a las costas de Guerrero o Michoacán pueden provocar movimientos prolongados y muy perceptibles en colonias ubicadas sobre suelo lacustre, como ocurrió durante el histórico sismo de 1985.
¿Entonces el agua sí influye en los sismos?
Sí, pero no el agua que cae durante una tormenta. El líquido que influye en el comportamiento del llamado suelo esponja forma parte del subsuelo desde hace siglos y permanece atrapado entre los sedimentos lacustres. Esa humedad permanente es una característica geológica de la Ciudad de México y no cambia significativamente después de una lluvia intensa.

En 2026, investigadores de la UNAM encontraron una posible relación entre lluvias intensas y algunos microsismos de baja magnitud registrados en zonas del poniente de la ciudad, como Mixcoac. La hipótesis plantea que la infiltración rápida de agua en ciertas laderas podría modificar ligeramente la presión en fallas superficiales; sin embargo, los especialistas enfatizan que este fenómeno no provoca terremotos de gran magnitud ni representa un incremento en el riesgo sísmico de la capital.
Los riesgos que sí aumentan durante la temporada de lluvias
Aunque las precipitaciones no generan sismos, sí agravan otros problemas derivados de las características geológicas y urbanas de la Ciudad de México. Uno de los más importantes son los hundimientos diferenciales y los socavones, ocasionados por la combinación de lluvias, grietas superficiales, fugas en tuberías y la constante sobreexplotación de los acuíferos. En algunas zonas de la capital, el terreno llega a hundirse hasta 40 o 50 centímetros por año, una de las tasas más altas registradas a nivel mundial.

Las lluvias también incrementan el riesgo de deslaves en zonas montañosas, ya que el suelo saturado pierde estabilidad y puede desprenderse con mayor facilidad. A esto se suman las inundaciones y los encharcamientos, favorecidos por un sistema de drenaje que enfrenta grandes desafíos, la urbanización que limita la infiltración natural del agua y los propios hundimientos del terreno, que alteran el flujo del agua en distintas zonas de la ciudad.

La ciencia ha sido clara al desmontar uno de los mitos más repetidos durante cada temporada de lluvias: las precipitaciones no provocan sismos ni hacen que sean más fuertes. Lo que realmente explica la intensidad con la que se perciben muchos temblores en la Ciudad de México es el comportamiento del suelo esponja, una característica geológica única que amplifica las ondas sísmicas y prolonga las sacudidas. Entender este fenómeno también ayuda a poner atención en los riesgos que sí aumentan con las lluvias, como inundaciones, hundimientos y deslaves. En una ciudad construida sobre antiguos lagos, conocer cómo interactúan el suelo, el agua y la actividad sísmica permite sustituir los mitos por información confiable y comprender mejor el entorno en el que vivimos. ¿Cuántas otras creencias sobre los sismos podrían desaparecer si miráramos con más atención lo que explica la ciencia?




