Durante más de tres décadas, Ötzi, conocido como el Hombre de Hielo, ha sido una de las momias más estudiadas del mundo. Descubierto en 1991 en un glaciar de los Alpes italianos, este individuo que vivió hace aproximadamente 5.300 años ha permitido reconstruir aspectos de su apariencia, alimentación, salud y origen. Ahora, una nueva investigación publicada en 2026 revela un hallazgo inesperado: algunos microorganismos asociados a su cuerpo continúan activos miles de años después de su muerte. El estudio del microbioma de Ötzi no solo aporta información sobre la vida humana en la Edad del Cobre, sino que también plantea nuevos desafíos para la preservación de uno de los tesoros arqueológicos más importantes de Europa.
El microbioma de Ötzi ofrece una ventana única al pasado
El estudio, realizado por investigadores de Eurac Research y publicado en la revista científica Microbiome, analizó muestras obtenidas de la piel, tejidos internos y agua de deshielo de la momia. Gracias a técnicas avanzadas de secuenciación genética, los científicos identificaron bacterias intestinales que formaban parte de la microbiota original de Ötzi cuando aún estaba vivo.

Entre ellas destacan especies como Romboutsia hominis, Treponema succinifaciens y Ruminococcus bromii, microorganismos que hoy son extremadamente raros en las poblaciones industrializadas. Los investigadores señalan que estas bacterias guardan mayor similitud con las presentes en comunidades tradicionales actuales, ofreciendo una valiosa perspectiva sobre cómo era el intestino humano antes de los profundos cambios provocados por la urbanización, la medicina moderna y las transformaciones alimentarias.
Los hongos adaptados al frío que sobrevivieron durante milenios
Uno de los descubrimientos más llamativos fue la identificación de varias especies de levaduras psicrófilas, es decir, microorganismos especializados en vivir en ambientes extremadamente fríos. Entre ellas se encuentran Glaciozyma watsonii, Phenoliferia glacialis, Mrakia robertii y otras especies relacionadas con ecosistemas polares.
Los análisis revelaron que algunas de estas levaduras presentan ADN poco degradado y, además, pudieron ser cultivadas con éxito en laboratorio. Esto indica que no se trata únicamente de restos biológicos conservados, sino de organismos capaces de mantener actividad metabólica bajo las condiciones actuales de conservación. El hallazgo demuestra que Ötzi sigue siendo un ecosistema biológico dinámico, donde microorganismos antiguos y modernos continúan coexistiendo.
Un ecosistema que nunca permaneció completamente congelado
La momia se conserva actualmente en una cámara frigorífica del Museo Arqueológico del Tirol del Sur, en Italia, a una temperatura constante de -6 °C y con una humedad relativa cercana al 99 %. Estas condiciones intentan reproducir el entorno glacial que permitió su preservación durante más de cinco milenios.
Sin embargo, la investigación descubrió que algunos microorganismos no han permanecido totalmente inactivos. Al comparar muestras obtenidas en diferentes años, los científicos observaron cambios en la abundancia de ciertas levaduras, especialmente Glaciozyma watsonii. Este comportamiento sugiere que algunos microbios han continuado adaptándose y reproduciéndose lentamente incluso en condiciones bajo cero. El resultado cuestiona la idea tradicional de que una momia congelada constituye una cápsula del tiempo completamente inmóvil.
El posible riesgo para la conservación de la momia
Aunque no se han detectado daños visibles en los tejidos de Ötzi, los investigadores advierten sobre un riesgo potencial a largo plazo. Varias de las levaduras identificadas poseen genes capaces de producir enzimas que degradan proteínas, grasas y colágeno, un componente fundamental de la piel y del tejido conectivo.
Además, el estudio plantea que ciertos tratamientos aplicados tras el descubrimiento de la momia podrían haber favorecido indirectamente a algunos microorganismos. Después de su extracción del glaciar se utilizó fenol para eliminar contaminantes biológicos. Sin embargo, tres de las levaduras detectadas poseen la capacidad genética de metabolizar este compuesto, por lo que podrían haber encontrado una nueva fuente de alimento. Aunque los especialistas consideran que las condiciones de conservación siguen siendo seguras, recomiendan una vigilancia constante para evitar cualquier deterioro futuro.
Lo que Ötzi sigue enseñando a la ciencia
Desde su hallazgo, Ötzi ha proporcionado información sobre la genética humana, las enfermedades antiguas, las migraciones prehistóricas y los hábitos de las poblaciones de la Edad del Cobre. El nuevo estudio amplía ese conocimiento al demostrar que incluso después de miles de años es posible reconstruir ecosistemas microbianos completos y comprender cómo evolucionaron las relaciones entre los seres humanos y los microorganismos.
Más allá de la arqueología, la investigación ofrece pistas sobre la adaptación de la vida a ambientes extremos, la conservación de restos biológicos y la evolución de la microbiota humana. En cierto sentido, el Hombre de Hielo continúa revelando secretos que permanecieron ocultos durante milenios bajo el hielo alpino.
La historia de Ötzi demuestra que una momia no es simplemente un vestigio inmóvil del pasado. Su cuerpo conserva rastros de comunidades microbianas ancestrales y organismos que han logrado persistir durante miles de años en condiciones extremas. Estos hallazgos refuerzan la necesidad de seguir estudiando y protegiendo este excepcional patrimonio arqueológico, mientras la ciencia intenta responder una pregunta fascinante: ¿cuántos secretos más permanecen ocultos en el mundo microscópico que acompaña a Ötzi desde hace más de cinco milenios?