La historia de He Jiankui parece sacada de una película de ciencia ficción, pero ocurrió en la vida real. El científico chino revolucionó el mundo en 2018 al anunciar el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente mediante la herramienta CRISPR. Años después, cuando parecía que su nombre había quedado atrás, un nuevo caso relacionado con una terapia genética experimental volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta dónde debería llegar la ciencia cuando se trata de modificar el ADN humano?
¿Quién es He Jiankui? La historia del científico que desafió la genética
Antes de convertirse en una de las figuras más polémicas de la ciencia, He Jiankui era considerado un investigador prometedor. Nació en la provincia china de Hunan, estudió Física en la Universidad de Ciencia y Tecnología de China y obtuvo un doctorado en Biofísica en la Universidad Rice, en Estados Unidos. Durante una estancia en la Universidad de Stanford conoció de cerca el potencial de CRISPR, una tecnología capaz de modificar genes con una precisión nunca antes vista.

En noviembre de 2018 sorprendió al mundo al revelar que había editado el ADN de dos embriones que posteriormente dieron origen a las gemelas conocidas como Lulu y Nana. Su objetivo era alterar el gen CCR5 para hacerlas resistentes al VIH, virus que portaba su padre. Aunque el anuncio sonó como un avance histórico, la comunidad científica reaccionó con indignación. El experimento fue considerado prematuro, poco transparente y contrario a las normas éticas internacionales, ya que las modificaciones podrían heredarse a futuras generaciones sin conocer realmente sus consecuencias.
¿Por qué He Jiankui terminó en prisión?
La investigación realizada por las autoridades chinas concluyó que He Jiankui había falsificado documentos y llevado a cabo procedimientos médicos sin autorización. En 2019 fue condenado a tres años de prisión, además de recibir una multa de tres millones de yuanes por práctica ilegal de la medicina.

El caso no solo dañó su reputación; también obligó a China y a otros países a reforzar la regulación sobre la edición genética en humanos. Desde entonces, cualquier intento de implantar embriones modificados genéticamente enfrenta controles mucho más estrictos. Para muchos expertos, el experimento de He Jiankui marcó un antes y un después en la historia de la biotecnología, comparable con algunos de los debates científicos más importantes del último siglo.
He Jiankui en 2026: libre, investigando y nuevamente en el centro de la polémica
Tras salir de prisión en 2022, muchos pensaban que abandonaría la investigación genética. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Hoy dirige un laboratorio privado en China, asegura trabajar en terapias para enfermedades hereditarias como la distrofia muscular de Duchenne y ha expresado públicamente su interés por desarrollar métodos para prevenir el Alzheimer mediante modificaciones genéticas hereditarias.

Aunque afirma que actualmente solo realiza investigaciones en células y modelos animales, sus declaraciones continúan generando preocupación. Incluso ha dicho que espera que, en el futuro, la edición genética permita prevenir múltiples enfermedades antes del nacimiento. La mayoría de la comunidad científica considera que ese escenario aún está muy lejos y que los riesgos siguen siendo demasiado altos para aplicarlo en personas.
El caso de la niña que volvió a encender el debate
La controversia alrededor de la edición genética volvió a cobrar fuerza después de que una investigación publicada por Science y Retraction Watch revelara la muerte de una niña china de seis años, identificada con el seudónimo de Mei. La menor falleció en marzo de 2025, apenas una semana después de recibir una terapia génica experimental destinada a tratar el síndrome de Snijders Blok-Campeau, una enfermedad genética extremadamente rara que generalmente no reduce la esperanza de vida.

De acuerdo con la investigación, sus padres financiaron el tratamiento con más de 800 mil dólares y no habrían recibido información suficiente sobre los riesgos. La niña sufrió una grave reacción inmunológica tras la administración de millones de virus modificados para transportar la terapia hasta el cerebro. Aunque el investigador principal del estudio era el neurocientífico Zilong Qiu, el caso recordó inmediatamente al escándalo protagonizado por He Jiankui, ya que ambos reavivaron la discusión sobre qué tan lejos debe llegar la ciencia cuando los tratamientos experimentales todavía presentan riesgos difíciles de predecir.
El verdadero desafío no es la tecnología, sino la ética
La edición genética representa una de las herramientas más prometedoras de la medicina moderna. Gracias a tecnologías como CRISPR, hoy existen investigaciones para tratar enfermedades hereditarias que hace apenas unas décadas eran consideradas incurables. Sin embargo, el enorme potencial científico también implica una enorme responsabilidad ética.

Casos como el de He Jiankui y la reciente muerte de Mei demuestran que el problema no siempre es la tecnología, sino la manera en que se utiliza. La falta de transparencia, el consentimiento insuficiente de los pacientes y la presión por conseguir el “primer gran avance” pueden convertir una innovación médica en una tragedia. En un campo donde cada decisión puede afectar no solo a una persona, sino también a futuras generaciones, la prudencia resulta tan importante como el progreso.

La historia de He Jiankui demuestra que la ciencia puede avanzar a un ritmo impresionante, pero también que existen límites que no pueden ignorarse. Mientras la edición genética sigue ofreciendo esperanza para millones de personas con enfermedades hereditarias, cada nuevo experimento recuerda que la innovación necesita ir acompañada de ética, transparencia y supervisión. La gran pregunta sigue abierta: si algún día la tecnología nos permite modificar el ADN con total seguridad, ¿estaremos realmente preparados para decidir qué genes deberían cambiarse y cuáles no?




