Cómo se comportan los órganos en microgravedad es una de las preguntas centrales de la exploración espacial actual, especialmente en el contexto de Artemis II, la primera misión tripulada que regresa al espacio profundo en décadas. Cuando el cuerpo humano deja de estar bajo la influencia constante de la gravedad, pierde una referencia clave que regula la posición de los fluidos, la carga mecánica y el funcionamiento de múltiples sistemas. Este entorno desencadena una serie de adaptaciones complejas que afectan desde el corazón hasta el cerebro, y que hoy son estudiadas con precisión por agencias como la NASA y la ESA.
¿Cómo se comportan los órganos en microgravedad desde el inicio de la misión?
Uno de los efectos más inmediatos es la redistribución de fluidos corporales. En la Tierra, la gravedad mantiene la sangre y otros líquidos en la parte inferior del cuerpo; en microgravedad, estos se desplazan hacia la cabeza y el torso. Este fenómeno, descrito como “cabeza hinchada y piernas delgadas”, genera una sensación de presión en la cabeza, congestión nasal y cambios en la apariencia facial.
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El astronauta Jeremy Hansen, durante Artemis II, señaló que puede percibir cómo la sangre se acumula en la parte superior de su cuerpo, lo que confirma que este efecto ocurre desde los primeros días de misión. Aunque inicialmente es leve, esta redistribución influye en sistemas clave como el cardiovascular, el nervioso y el ocular.
Sistema cardiovascular: cambios en el corazón y la circulación
El corazón es uno de los órganos que más se adapta en microgravedad. Al no tener que bombear sangre contra la gravedad, su carga de trabajo disminuye, lo que provoca una reducción en su masa muscular. Estudios en la Estación Espacial Internacional han demostrado que el corazón puede adoptar una forma más esférica y menos elongada.

Además, el volumen sanguíneo total disminuye con el tiempo, y los vasos sanguíneos pueden volverse más rígidos. Estos cambios generan un estado de desacondicionamiento cardiovascular, que se manifiesta especialmente al regresar a la Tierra, cuando el cuerpo debe readaptarse a la gravedad. Es común que los astronautas experimenten intolerancia ortostática, con mareos o desmayos al ponerse de pie.
Cerebro, visión y sistema nervioso en microgravedad
El cerebro también experimenta cambios estructurales y funcionales. En microgravedad, se ha observado un ligero desplazamiento del cerebro dentro del cráneo, así como alteraciones en la circulación del líquido cefalorraquídeo. Esto está relacionado con el Síndrome Neuro-Ocular Asociado al Vuelo Espacial (SANS), que puede provocar inflamación del nervio óptico y dificultades visuales.
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El sistema vestibular, responsable del equilibrio, pierde su referencia gravitatoria, lo que genera desorientación espacial en los primeros días. Aunque el cuerpo se adapta progresivamente, estos cambios evidencian cómo la gravedad influye directamente en la percepción y coordinación del movimiento.
Músculos, huesos y soporte estructural del cuerpo
En ausencia de gravedad, los músculos dejan de realizar el esfuerzo constante de sostener el cuerpo. Esto provoca una rápida pérdida de masa y fuerza muscular, especialmente en las extremidades inferiores y la espalda. Sin contramedidas, la pérdida puede alcanzar hasta un 20% en pocas semanas.

Los huesos también se ven afectados. La densidad mineral ósea disminuye entre 1% y 1.5% por mes, un proceso comparable a una osteoporosis acelerada. Esta pérdida libera calcio al torrente sanguíneo, aumentando el riesgo de formación de cálculos renales. Para mitigar estos efectos, los astronautas realizan rutinas intensivas de ejercicio diario con equipos diseñados para simular resistencia.
Riñones, metabolismo y sistema inmunológico
El sistema renal experimenta cambios derivados del aumento de calcio en la sangre y la alteración en el equilibrio de fluidos. Esto incrementa el riesgo de cálculos renales y afecta la regulación de electrolitos. Paralelamente, el metabolismo puede presentar signos de estrés oxidativo, inflamación y alteraciones en el procesamiento de carbohidratos y lípidos.

El sistema inmunológico también se debilita. Se ha documentado una menor producción de glóbulos rojos, conocida como anemia espacial, así como cambios en la respuesta inflamatoria y mayor susceptibilidad a infecciones. Estos efectos son especialmente relevantes en misiones prolongadas, donde la exposición continua a microgravedad y radiación amplifica los riesgos.
El laboratorio más extremo para entender el cuerpo humano
Artemis II representa un paso clave en la comprensión de estos fenómenos, ya que es la primera misión tripulada en espacio profundo en más de 50 años. Aunque su duración es relativamente corta (alrededor de 10 días), permite estudiar la combinación de microgravedad y radiación fuera de la protección del campo magnético terrestre.
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Uno de los experimentos más innovadores es AVATAR (A Virtual Astronaut Tissue Analog Response), que utiliza “órganos en un chip” desarrollados con células de los propios astronautas. Estos dispositivos replican funciones de tejidos como médula ósea, hígado o corazón, y permiten analizar cambios celulares mediante secuenciación genética al regresar a la Tierra. Este enfoque abre la puerta a una medicina espacial personalizada y a la preparación de futuras misiones a Marte.

El comportamiento de los órganos en microgravedad revela hasta qué punto el cuerpo humano depende de la gravedad para mantener su equilibrio interno. Desde la redistribución de fluidos hasta la pérdida de masa ósea y muscular, cada sistema se adapta a un entorno que desafía su funcionamiento habitual. Artemis II no solo marca un hito en la exploración lunar, sino que también amplía el conocimiento sobre cómo sostener la vida humana fuera de la Tierra. Comprender estos cambios será esencial para el futuro de la exploración espacial, donde la pregunta ya no es si podemos viajar más lejos, sino cómo lograr que el cuerpo humano lo resista.




