Cuando parecía que Filipinas empezaba a recuperarse del ciclón Kalmaegi, un nuevo monstruo del Pacífico llamado supertifón Fung-wong llegó para recordarle al país su fragilidad frente al clima extremo. Con vientos de hasta 230 km/h, lluvias torrenciales y más de 1,4 millones de personas desplazadas, este fenómeno natural no solo devastó comunidades enteras, sino que también dejó al descubierto una verdad incómoda: el cambio climático está intensificando la furia del océano.
Un país en alerta: la llegada del supertifón
La noche del domingo 9 de noviembre de 2025, Fung-wong (conocido localmente como Uwan) tocó tierra en la provincia de Aurora, al este del archipiélago. Catalogado como supertifón por la agencia meteorológica filipina, el fenómeno arrasó todo a su paso con ráfagas que superaron los 230 km/h. En cuestión de horas, 132 aldeas quedaron inundadas, miles de viviendas fueron destruidas y las comunicaciones colapsaron en varias provincias.

Las imágenes de personas huyendo con el agua hasta las rodillas o refugiándose en techos inundados dieron la vuelta al mundo, convirtiéndose en símbolo del desastre. Más de un millón de personas fueron evacuadas antes de que el tifón tocara tierra, una operación masiva en la que participaron soldados, voluntarios y rescatistas. Sin embargo, pese a las advertencias, al menos ocho personas murieron (entre ellas dos niños de cinco años sepultados por un deslizamiento), y se reportaron decenas de heridos.
La tormenta después de la tormenta: Filipinas aún no se recupera
El golpe de Fung-wong llegó menos de una semana después de Kalmaegi, otro tifón que dejó más de 224 muertos y miles de desaparecidos. Las provincias apenas comenzaban las labores de limpieza cuando una nueva amenaza meteorológica volvió a poner en jaque a los equipos de emergencia. El presidente Ferdinand Marcos Jr. declaró el estado de emergencia nacional, extendiendo el “estado de calamidad” ya vigente por el desastre anterior.

Escuelas y oficinas cerradas, más de 325 vuelos cancelados, puertos clausurados y cortes masivos de electricidad dejaron a millones de filipinos atrapados en la incertidumbre. El secretario de Defensa, Gilberto Teodoro, advirtió sobre la gravedad de la situación: “No evacuar puede poner en riesgo no solo tu vida, sino la de quienes intentan rescatarte”.
Entre el agua y el miedo: historias humanas tras Fung-wong
En la ciudad de Tuguegarao, el río Cagayan se desbordó y cubrió completamente la zona baja. “Nunca vi el agua subir tan rápido”, contó Rueli Rapsing, jefe de rescate local, mientras organizaba evacuaciones en balsas improvisadas. En Catanduanes, una madre cargaba a su hijo entre la corriente. “Pensé que no saldríamos”, dijo entre lágrimas a una emisora local.
Devastating footage shows the destruction and storm surge brought by Super Typhoon Fung-Wong (UwanPH) in Tambognon, Viga, Catanduanes, Philippines. (Nov 09)
4 people dead! pic.twitter.com/AGlBIXJK4W
— Weather Monitor (@WeatherMonitors) November 10, 2025
Estas escenas, tan comunes en Filipinas, reflejan el costo humano de un país que enfrenta tormentas cada vez más violentas. Mientras tanto, 243 equipos de rescate del ejército se desplegaron por las zonas más afectadas, acompañados de médicos y voluntarios. En redes sociales, cientos de usuarios compartieron mapas de ayuda, centros de acopio y mensajes de esperanza con el hashtag #BangonPilipinas (“Levántate Filipinas”).
El cambio climático, el enemigo invisible
Filipinas está situada en el “cinturón de tifones” del Pacífico y recibe unos 20 ciclones tropicales al año, pero los expertos aseguran que la intensidad de estos fenómenos está aumentando. Según el Centro Conjunto de Alerta de Tifones de Hawái, Fung-wong alcanzó una potencia similar a la de un huracán de categoría 3, cubriendo un radio de más de 1.600 kilómetros.

Los científicos vinculan este tipo de eventos con el calentamiento de los océanos, que alimenta la energía de las tormentas. El climatólogo filipino Renato Solidum Jr. lo resumió así: “El cambio climático no crea tifones, pero los hace más destructivos. Y Filipinas es su zona cero”. En un país donde millones viven cerca del mar y dependen de la pesca o la agricultura, cada tormenta deja una huella profunda: pérdida de cosechas, desplazamientos forzados y comunidades enteras que deben reconstruirse una y otra vez.

Mientras Fung-wong se aleja rumbo a Taiwán, deja atrás un paisaje de devastación, pero también de resiliencia. Las autoridades ya han comenzado la reconstrucción, y miles de voluntarios se organizan para enviar víveres, medicinas y ropa. Sin embargo, el desafío va más allá de reparar techos: se trata de replantear cómo convivir con un clima cada vez más extremo. Filipinas ha sido testigo del poder del océano y de la fragilidad de la vida frente a la naturaleza. Pero también ha demostrado, una vez más, su capacidad para levantarse. La verdadera pregunta no es cuándo volverá otro tifón, sino si estaremos preparados para enfrentarlo.




