La Selva Maya, ese santuario de biodiversidad que cubre el corazón de la península de Yucatán, vuelve a ser escenario de una batalla entre el desarrollo económico y la protección ambiental. Esta vez, el nombre en el centro del huracán es CEMEX, una de las cementeras más grandes del país, señalada por Greenpeace por intentar explotar material pétreo en una zona selvática de Tulum. ¿Estamos repitiendo la historia de Calica?
CEMEX y la Selva Maya: ¿un déjà vu ambiental?
La Selva Maya no olvida. Tras más de 30 años de destrucción causada por Calica (filial de la estadounidense Vulcan Materials), se pensó que la clausura definitiva de sus operaciones en 2022 marcaba un punto de inflexión. Sin embargo, la historia parece repetirse con otros nombres, pero con el mismo guión. Según la Manifestación de Impacto Ambiental presentada por CEMEX, se busca modificar el uso de suelo de al menos 650 hectáreas de selva virgen en el municipio de Tulum para abrir un nuevo banco de materiales.

¿El destino de estos recursos? Megaproyectos como el Tren Maya y desarrollos turísticos. Esto ha encendido las alarmas de organizaciones ambientalistas, comunidades locales y científicos que advierten sobre la continuidad de un modelo depredador disfrazado de progreso. La cementera ha sido señalada por Greenpeace como una nueva Calica, con una estrategia similar: deforestación, uso de dinamita, fragmentación de hábitats y riesgo para los acuíferos subterráneos más importantes del país.
Sascaberas, heridas abiertas en el pulmón verde de Mesoamérica
Las sascaberas (así se conocen localmente los bancos de material pétreo) se han multiplicado de manera alarmante. Solo en la península de Yucatán, más de 10 mil hectáreas de selva han sido taladas para abastecer la demanda de insumos en proyectos inmobiliarios, turísticos y gubernamentales. Durante la reciente protesta frente a SEMARNAT en Cancún, Greenpeace volcó simbólicamente piedra desde un camión, mostrando el resultado tangible de las políticas que permiten esta destrucción.

El acto fue acompañado de una manta con el mensaje: “¡No más Calicas en la Selva Maya!”. La deforestación y las explosiones con dinamita no solo destruyen el ecosistema terrestre, sino que también amenazan el delicado sistema de ríos subterráneos, que forman parte del acuífero más grande de México. Se trata de un paraíso natural con vida única que podría desaparecer si seguimos priorizando el concreto sobre la conservación.
¿Y la sostenibilidad empresarial?
CEMEX ha presumido durante años su compromiso con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la reducción de emisiones y la economía circular. Pero como ha señalado Greenpeace, el verdadero compromiso no se mide en reportes anuales, sino en las decisiones que una empresa toma cuando el medio ambiente y las comunidades están en juego. El caso actual pone en duda la coherencia entre el discurso verde y las acciones reales.

Si una empresa que se dice socialmente responsable opta por repetir el modelo extractivo que ya ha sido ampliamente criticado, ¿dónde queda su ética? ¿Y qué ejemplo da al resto del sector empresarial? La sostenibilidad no puede ser solo una estrategia de marca, debe ser una práctica tangible, sobre todo cuando lo que está en riesgo es un ecosistema que funciona como uno de los pulmones verdes más importantes de Mesoamérica.

Greenpeace lo ha dejado claro: cerrar Calica fue un paso, pero si CEMEX y otras empresas replican ese modelo, no habremos avanzado nada. Activistas, expertos y pueblos originarios coinciden: es urgente proteger tanto la superficie como el subsuelo, detener la expansión de sascaberas y establecer políticas que antepongan el bienestar ecológico y social sobre el interés económico a corto plazo. El futuro de la Selva Maya está en juego. Y lo que está en riesgo no es solo un paisaje, sino una red compleja de vida, historia y cultura que podríamos perder para siempre si no actuamos ahora.




