Sam Neill es conocido por correr de dinosaurios en Jurassic Park, pero su legado más duradero no está en ninguna pantalla. Durante décadas, el actor neozelandés construyó y dirigió Two Paddocks, una granja en Central Otago, Nueva Zelanda, donde apostó por la agricultura regenerativa, el rescate de fauna local y la defensa activa de los ecosistemas de su país. Mientras el mundo celebraba sus películas, él estaba sembrando plantas nativas y oponiéndose a proyectos mineros que amenazaban la tierra que amaba.
Two Paddocks: la granja que Neill eligió sobre Hollywood
Two Paddocks nació en los años 90 en la región de Central Otago, en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Neill la convirtió en un proyecto de vida: agricultura libre de pesticidas, preservación de especies nativas y un modelo que demostró que producir alimentos sin destruir el entorno era posible. La granja también produce vino (Two Paddocks es hoy una bodega reconocida) pero la filosofía detrás siempre fue la misma: gestión responsable de la tierra, no extracción.
Neill documentó su relación con el lugar en redes sociales con una honestidad poco común para alguien de su trayectoria: fotos de animales rescatados, videos de siembra, reflexiones sobre el cambio climático sin el tono performativo que caracteriza a muchas celebridades verdes. “El futuro del planeta depende de nuestra gestión responsable”, repitió en múltiples entrevistas a lo largo de los años. No era un eslogan. Era el resumen de cómo organizaba su vida. En Ecoosfera ya hemos visto cómo figuras que viven la sostenibilidad desde adentro generan un impacto diferente al de quienes solo firman declaraciones.
Activismo sin micrófono: especies en peligro y proyectos mineros
Más allá de su granja, Sam Neill alzó la voz contra proyectos de extracción minera que amenazaban ecosistemas en Nueva Zelanda. Se involucró en campañas de defensa de especies en peligro y apoyó organizaciones de conservación de fauna nativa, especialmente aves endémicas del país que no existen en ningún otro lugar del mundo.
Lo que hace a Neill un caso distinto al de la mayoría de las celebridades que ‘apoyan el medio ambiente’ es la escala de lo cotidiano: no necesitó un escenario global para actuar. La coherencia estuvo en las decisiones pequeñas y constantes (qué sembraba, cómo criaba los animales, a qué proyectos se oponía) durante más de treinta años. Eso es lo que el post viral capturó: no un gesto, sino una trayectoria.
El contraste con figuras como Elon Musk (cuya relación con el medio ambiente oscila entre promesas eléctricas y decisiones que contradicen cualquier agenda climática) no es caprichoso. Es la diferencia entre usar la plataforma para acumular capital simbólico y usarla para defender lo que tienes justo afuera de tu puerta.




