Hay algo que no encaja a primera vista: pingüinos en el trópico. Y sin embargo, las Islas Galápagos albergan a la única especie de pingüino que vive en el hemisferio norte, una que evolucionó durante miles de años aprovechando las corrientes frías que suben desde el sur del Pacífico. Esa dependencia del agua fría es, hoy, su mayor vulnerabilidad.
Un océano que ya no alimenta igual
El pingüino de Galápagos (Spheniscus mendiculus) no migra. Vive y se reproduce en las mismas islas todo el año, lo que significa que su suerte está atada directamente a las condiciones del mar que lo rodea. En condiciones normales, las corrientes frías de Humboldt y Cromwell traen aguas ricas en nutrientes desde las profundidades del océano, lo que dispara la cadena alimentaria: fitoplancton, zooplancton, sardinas, anchovetas. Los pingüinos prosperan en ese ecosistema.
Cuando llega El Niño, ese mecanismo se interrumpe. Las aguas cálidas del Pacífico occidental avanzan hacia el este y suprimen las corrientes frías. El resultado es un océano más caliente en superficie, pero más pobre en nutrientes. Los cardúmenes de peces pequeños se dispersan, se hunden a profundidades donde los pingüinos no pueden alcanzarlos, o simplemente desaparecen de las zonas donde estos animales saben buscar.
Las temperaturas que se han registrado en el mar de Galápagos durante episodios intensos de El Niño superan con amplitud el rango al que esta especie está adaptada. Cuando el agua sube varios grados por encima de lo habitual, no es solo una incomodidad térmica: es una señal de que el alimento escasea.
Hambre, pérdida de peso y menos crías
Los efectos en los pingüinos son concretos y medibles. Al tener que recorrer distancias mucho mayores para encontrar presas, los adultos gastan más energía de la que consumen. Pierden peso. Y cuando un animal está en déficit energético, su cuerpo prioriza la supervivencia sobre la reproducción.
Eso significa que durante los eventos de El Niño más intensos, las parejas de pingüinos de Galápagos abandonan los intentos de anidar, o si ya tienen huevos, los abandonan también. Las temporadas de reproducción fallidas se acumulan y la población tarda años en recuperarse, si es que lo hace.
Con una población total estimada en apenas entre dos mil y tres mil individuos en todo el planeta, cada temporada reproductiva perdida pesa de manera desproporcionada. No hay otra colonia en otro lugar del mundo que compense. Esta especie no tiene red de seguridad geográfica.
Elizabeth Bay: el último refugio frío
No todo el panorama es sombrío. Dentro del archipiélago existen zonas donde la geografía submarina permite que afloren bolsas de agua más fría incluso durante El Niño. Elizabeth Bay, en la isla Isabela, es una de ellas. Estas áreas actúan como refugios térmicos: no eliminan el problema, pero ofrecen a los pingüinos un espacio donde la cadena alimentaria se mantiene parcialmente funcional.
La existencia de estos refugios es relevante para los esfuerzos de conservación. Identificar y proteger esas zonas, garantizar que no haya perturbaciones humanas adicionales —pesca, tráfico marítimo, contaminación— puede ser la diferencia entre que una población resista un evento climático extremo o colapse durante él.
Por qué esta especie importa más allá de Galápagos
El pingüino de Galápagos es un indicador biológico de primer orden. Su salud refleja el estado de las corrientes oceánicas del Pacífico oriental, que a su vez influyen en los patrones climáticos de toda la región. Cuando esta especie está en apuros, el ecosistema marino que sostiene a comunidades pesqueras humanas también lo está.
Además, su situación ilustra algo que vale la pena subrayar: el cambio climático no afecta a todos los animales de la misma manera. Las especies con rangos de distribución muy reducidos, que dependen de condiciones ambientales muy específicas y que tienen poblaciones pequeñas, son las más expuestas. El pingüino de Galápagos cumple los tres criterios.
La pregunta que queda abierta no es si El Niño va a seguir ocurriendo —siempre ha existido como fenómeno natural—, sino si su intensidad y frecuencia seguirán aumentando en un océano que se calienta de fondo. Esa es la variable que determinará si los refugios como Elizabeth Bay seguirán siendo suficientes, o si llegará un momento en que ni el agua fría que queda alcance para sostener a los últimos pingüinos del trópico.




