Hay algo en la mirada de un orangután que descoloca. No es solo la familiaridad física, ni el gesto de sus manos al sostener una fruta o al abrazar a su cría. Es algo más difícil de nombrar: la sensación de estar frente a alguien que también está observando, pensando, evaluando. Quizás por eso en malayo se les llama orang hutan, «persona del bosque». No es metáfora poética; es una descripción bastante precisa.
Cada 19 de agosto, el Día Mundial del Orangután invita a detenerse ante una realidad incómoda: estas personas del bosque están desapareciendo, y la causa principal somos nosotros.
Lo que nos hace tan parecidos
Los orangutanes comparten alrededor del 97% de su ADN con los humanos, lo que los convierte en uno de nuestros parientes vivos más cercanos junto con chimpancés y gorilas. Pero más allá de la genética, lo que verdaderamente sorprende es su comportamiento.
Son los únicos grandes simios que viven principalmente en los árboles, y han desarrollado una inteligencia espacial extraordinaria para moverse por el dosel del bosque. Fabrican herramientas, construyen refugios techados para protegerse de la lluvia y, lo que quizás más nos debería impresionar, transmiten conocimiento culturalmente: las madres enseñan a sus crías durante años cómo encontrar alimento, qué plantas son medicinales y cómo sobrevivir en su entorno. No es instinto puro; es aprendizaje social, cultura en el sentido más amplio de la palabra.
El vínculo entre madre y cría es uno de los más largos del reino animal. Las crías permanecen con sus madres hasta siete u ocho años, un periodo de formación comparable, en términos relativos, al de los humanos. Eso significa que cuando una hembra adulta muere, no solo se pierde un individuo: se pierde una biblioteca viva de conocimiento acumulado.
El bosque que se encoge
Existen tres especies de orangutanes: el de Borneo (Pongo pygmaeus), el de Sumatra (Pongo abelii) y el de Tapanulí (Pongo tapanuliensis), esta última descrita científicamente hace apenas unos años y considerada desde su descubrimiento como una de las especies de grandes simios más amenazadas del planeta.
Todas están en peligro. La razón principal es la destrucción de su hábitat: la selva tropical de Borneo e Indonesia ha sido arrasada de forma masiva para dar paso a plantaciones de palma aceitera, extracción maderera, minería y expansión agrícola. El aceite de palma está en una proporción enorme de los productos procesados que consumimos a diario, desde galletas hasta cosméticos, y su producción ha sido históricamente uno de los motores más agresivos de deforestación en el sudeste asiático.
A la pérdida de hábitat se suman la caza furtiva y el tráfico ilegal. Durante décadas, orangutanes bebés fueron capturados para venderse como mascotas exóticas o exhibirse en espectáculos. Para capturar a una cría, generalmente se mata a la madre. Es una ecuación brutal.
Por qué su desaparición nos afecta a todos
Los orangutanes son dispersores de semillas clave en los ecosistemas donde viven. Al moverse por el bosque y consumir frutos, contribuyen a regenerar la selva tropical, uno de los sistemas más biodiversos y uno de los mayores almacenes de carbono del planeta. Perder a los orangutanes no es solo perder una especie carismática: es debilitar la salud de bosques que regulan el clima a escala global.
Hay esfuerzos de conservación activos: centros de rehabilitación que rescatan individuos del tráfico ilegal y los preparan para regresar al bosque, organizaciones que trabajan con comunidades locales para proteger corredores de selva, y presión creciente sobre la industria del aceite de palma para adoptar estándares más responsables. No es suficiente, pero existe.
Lo que podemos hacer desde aquí
La distancia geográfica no elimina la conexión. Algunas acciones concretas:
- Revisar los productos que compramos y preferir aquellos con certificación de aceite de palma sostenible (sello RSPO) o que hayan eliminado el ingrediente.
- Apoyar organizaciones como Orangutan Foundation International, Borneo Orangutan Survival Foundation o Sumatran Orangutan Society, que trabajan directamente en campo.
- Informarse y compartir: el conocimiento público genera presión sobre industrias y gobiernos.
La persona del bosque sigue ahí, balanceándose entre los árboles, enseñando a su cría a distinguir qué fruto está maduro. La pregunta es cuánto tiempo más podrá hacerlo, y qué estamos dispuestos a cambiar para que la respuesta no sea «muy poco».




