El iceberg más grande del mundo, conocido como A23a, se está desintegrando lentamente justo al lado de una de las mayores reservas de vida silvestre del hemisferio sur: la isla de Georgia del Sur, en el Atlántico Sur. Aunque su presencia parece inofensiva a simple vista, su cercanía a este ecosistema único —donde viven más de dos millones de pingüinos, focas y aves marinas— ha despertado preocupación entre científicos de todo el mundo.

El gigante helado que amenaza a los pingüinos
Con 3,100 kilómetros cuadrados, el megaberg A23a ha tenido una vida tan larga como impredecible. Se desprendió de la plataforma de hielo Filchner-Ronne en 1986, pero quedó atrapado en el fondo marino durante décadas. No fue sino hasta enero de 2023 que comenzó a moverse otra vez, cruzando lentamente el traicionero paso de Drake, también llamado el “cementerio de icebergs”.
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Sin embargo, su travesía dio otro giro en marzo de 2025, cuando encalló a solo 100 kilómetros de Georgia del Sur. Ahí permanece desde entonces, inmóvil, desgastándose por sus bordes como un coloso que se derrumba por dentro.

¿Por qué podría ser una trampa mortal para los pingüinos?
South Georgia no tiene población humana permanente, pero sí alberga uno de los ecosistemas más ricos del océano Austral. Millones de pingüinos rey, papúa y macaroni, junto con focas y albatros, dependen del delicado equilibrio entre el clima, el hielo y el acceso a alimentos en el mar.
Cuando estos enormes bloques se quedan varados cerca de las costas, pueden obligar a las especies —especialmente a los pingüinos— a recorrer cientos de kilómetros adicionales para encontrar comida. Esto retrasa su regreso al nido, reduce la tasa de alimentación de las crías y pone en riesgo la supervivencia de las colonias. Además, el derretimiento del iceberg altera la temperatura y salinidad del agua, afectando a las cadenas tróficas del plancton y peces de los que dependen aves y mamíferos marinos.

Un efecto doble: Amenaza y fertilizante
Pero no todo es tragedia inmediata. Algunos investigadores sugieren que el lento desmoronamiento de A23a —ya ha perdido más de 500 km² por “erosión de borde”, según NASA— podría liberar nutrientes esenciales en el agua, como hierro y fósforo, lo que estimularía la producción de fitoplancton y oxígeno, beneficiando a parte del ecosistema marino.
El problema es que no se puede predecir cuánto durará ese “efecto fertilizante”, ni si realmente compensará los daños colaterales de su encallamiento prolongado.

Una historia que podría repetirse
Esta no es la primera vez que South Georgia enfrenta un gigante helado. En 2020, el iceberg A68, otro coloso polar, se acercó peligrosamente a la isla antes de romperse en decenas de fragmentos. En ese entonces, se temía que las colonias de pingüinos pudieran colapsar. Sin embargo, la rápida desintegración del A68 evitó una catástrofe.
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Con A23a, el panorama es distinto: su núcleo es más compacto y su desgaste es más lento. Las imágenes recientes de la NASA muestran una escena inquietante: miles de fragmentos de hielo flotando como estrellas sobre un océano oscuro, mientras el “corazón” del iceberg resiste.

¿El principio del fin?
Mientras tanto, el destino del iceberg parece estar sellado: ya no avanzará más y continuará disgregándose a lo largo de los meses, o incluso años. Algunos fragmentos, como el recién bautizado A23c (de 130 km²), ya vagan hacia el sur, alimentando un archipiélago de escombros helados.
A23a podría perder pronto su corona de “más grande del mundo”, pues apenas supera por 31 km² al iceberg D15A. Pero su legado será más profundo: un símbolo del deshielo acelerado que provoca la crisis climática, y una advertencia de cómo el calentamiento global no solo derrite el hielo, sino también los equilibrios de especies emblemáticas como los pingüinos.




