La historia de Pepe, el hipopótamo, es una de las más complejas dentro del problema ambiental que vive Colombia con los animales introducidos por Pablo Escobar. Lo que podría parecer un caso aislado terminó convirtiéndose en un símbolo de decisiones difíciles, donde se cruzan la ciencia, la ética y la percepción social. Su muerte en 2009 marcó un punto de quiebre en la forma en que se manejan las especies invasoras en el país. Hoy, en medio de nuevas medidas como la eutanasia de decenas de ejemplares, su historia vuelve a cobrar relevancia.
Pepe y el origen del problema en Colombia
Para entender quién fue Pepe, es necesario remontarse a los años 80, cuando Pablo Escobar importó cuatro hipopótamos desde África para su zoológico privado en la Hacienda Nápoles. Tras su muerte en 1993, estos animales quedaron sin control y comenzaron a reproducirse en libertad. El Magdalena Medio ofrecía condiciones ideales: agua abundante, clima cálido y ausencia de depredadores naturales.

Con el paso del tiempo, la población creció de manera constante. De apenas unos cuantos ejemplares, se pasó a decenas en pocos años. Pepe formaba parte de esa generación nacida en Colombia, lo que refleja cómo una decisión aislada terminó convirtiéndose en un fenómeno ecológico de gran escala.
¿Quién era Pepe y por qué se volvió un riesgo?
Pepe era un hipopótamo macho joven que se separó del grupo principal y comenzó a desplazarse por zonas cercanas a Puerto Berrío. Este comportamiento lo volvió impredecible, especialmente en áreas donde convivía con comunidades rurales. Habitantes reportaron daños a cultivos y situaciones de riesgo en ríos y caminos.

Aunque suelen percibirse como animales tranquilos, los hipopótamos son altamente territoriales y pueden reaccionar de forma agresiva. Su presencia encendió alertas de seguridad, lo que llevó a las autoridades a considerarlo una amenaza tanto para las personas como para el entorno.
La muerte de Pepe en 2009 y la reacción internacional
El 18 de junio de 2009, el gobierno de Antioquia autorizó una “caza de control”. Un cazador profesional fue el encargado de abatir a Pepe, con apoyo del Ejército en la zona. Sin embargo, lo que ocurrió después superó cualquier expectativa. Una imagen de soldados posando junto al cuerpo del animal generó indignación dentro y fuera de Colombia.

Organizaciones ambientalistas y ciudadanos cuestionaron la decisión y, sobre todo, la forma en que se ejecutó. Esa fotografía transformó a Pepe en un símbolo global. Las protestas llevaron a suspender otros sacrificios y obligaron a replantear las estrategias de control, privilegiando opciones como la esterilización.
Mucho más que un animal: el efecto en cadena que dejó Pepe
Más allá del caso individual, la historia de Pepe está ligada a un problema mayor: el crecimiento descontrolado de los hipopótamos en Colombia. Actualmente, se estima que hay alrededor de 200 ejemplares distribuidos en más de 2,000 km². Estos animales modifican los ecosistemas donde habitan. Su actividad altera la calidad del agua, favorece la proliferación de algas y afecta a especies nativas como manatíes y nutrias. Además, su tamaño y comportamiento los convierten en una presencia dominante en ríos y humedales. El caso de Pepe frenó las primeras acciones de control, lo que permitió que la población siguiera creciendo durante años.

Lo que dejó Pepe: un problema que nadie puede ignorar
La figura de Pepe no desapareció con su muerte. En 2024, su historia fue llevada al cine con la película Pepe, que ofrece una mirada distinta sobre su vida y el contexto que lo rodeó. En 2026, el gobierno colombiano aprobó la eutanasia de más de 80 hipopótamos, reabriendo el debate. Mientras algunos sectores consideran urgente reducir la población por su impacto ambiental, otros cuestionan el sacrificio de animales que son consecuencia de acciones humanas. Pepe sigue siendo un punto de referencia en esta discusión, representando el choque entre la conservación del ecosistema y la sensibilidad hacia la vida animal.
La historia de Pepe, el hipopótamo, no es solo la de un animal, sino la de un problema que creció sin control y que hoy enfrenta decisiones complejas. Su muerte marcó el inicio de un debate que continúa vigente: cómo manejar una especie invasora sin repetir errores del pasado. Entre ciencia, ética y presión social, Colombia sigue buscando una solución. Y en el fondo, la pregunta permanece: ¿hasta dónde pueden llegar las consecuencias de una decisión humana aparentemente aislada?




