El 21 de enero de 2025, el fotógrafo Clóvis Cruvinel estaba en Aliança do Tocantins, Brasil, cuando encontró algo que los especialistas rara vez logran documentar en libertad: una guacamaya azul y amarilla (Ara ararauna) con el plumaje casi completamente amarillo y blanco. No era albina, no estaba enferma. Tenía lutinismo, una mutación genética que elimina la melanina pero conserva los pigmentos amarillos propios de los psitácidos, y que en aves silvestres de esta envergadura se registra con una frecuencia extraordinariamente baja.
Lutinismo: qué tiene esta guacamaya que el albinismo no explica
La primera reacción al ver las fotos es pensar en albinismo. Pero no son lo mismo, y la diferencia importa. El albinismo implica la pérdida total de todos los pigmentos, incluidos los carotenoides, y produce animales completamente blancos con ojos rojos. El lutinismo, en cambio, elimina únicamente la melanina, dejando intactos los pigmentos amarillos o rojizos. En los psitácidos (la familia de loros y guacamayas) esos pigmentos se llaman psitacofulvinas (o psitacinas), un compuesto químico exclusivo de este grupo de aves. El resultado es un animal de tonos amarillos brillantes y blancos, con ojos rojizos, en lugar del azul y amarillo característico de la especie.
El lutinismo en aves de compañía como la calopsita se conoce desde el siglo XIX y fue fijado como variedad estable en los años 30 del siglo XX. En aves silvestres de gran tamaño, como la Ara ararauna, es otra historia: el avistamiento y registro fotográfico de un ejemplar con esta condición en plena libertad es un evento que los ornitólogos difícilmente presencian más de una vez en su carrera. Hay también una tercera condición que suele confundirse con ambas: el leucismo, donde la melanina sí se produce pero no llega a depositarse en las plumas. Son tres fenómenos distintos con causas y resultados visuales diferentes, y saber diferenciarlos cambia completamente cómo entendemos la coloración de las aves.
Hermosa y más vulnerable: la paradoja de nacer diferente en la selva
Lo que convierte a esta guacamaya en un sujeto tan fascinante para la ciencia es también lo que la pone en desventaja. Al perder la coloración azul que la integra visualmente a su entorno, el ave se vuelve mucho más visible para los depredadores. Su plumaje, que en condiciones normales le permite mezclarse con el dosel de la selva tropical, ahora la delata desde lejos. Los expertos advierten que esta exposición aumenta significativamente su riesgo en el entorno silvestre.
La Ara ararauna se distribuye desde Panamá hasta el noreste de Argentina, atravesando toda la cuenca amazónica. La UICN la clasifica como ‘Preocupación Menor’, pero sus poblaciones están en declive sostenido. Desde 1981, cuando la especie fue incluida en el Apéndice II de CITES, se documentaron más de 55,531 individuos capturados para el mercado ilegal de mascotas. A eso se suma la deforestación amazónica. El contraste con su estatus formal es incómodo: ‘Preocupación Menor’ no significa que todo vaya bien.
Hay un dato que ilustra el daño acumulado: en el Parque Nacional de Tijuca, en Río de Janeiro, la guacamaya azul y amarilla llevaba dos siglos extinta localmente. En 2026, la organización Refauna reintrodujo ejemplares de la especie en ese parque. Que hoy sea noticia ver una en libertad en el Cerrado brasileño, aunque sea por su color, dice algo sobre cuánto espacio les hemos quitado.




