En las faldas del volcán Sumaco, dentro de una reserva de más de 900,000 hectáreas en la provincia de Napo, Ecuador, investigadores del Instituto Nacional de Biodiversidad (Inabio) registraron 62 especies de escarabajos coprófagos — el 18% de todas las conocidas en el país. No son 62 descubrimientos nuevos para la ciencia, pero sí un inventario que revela algo más urgente: la Amazonía ecuatoriana tiene un ejército diminuto trabajando bajo tierra, y su presencia o ausencia dice exactamente qué tan sano está el bosque.
¿Qué hacen estos escarabajos que ningún otro puede hacer?
Los escarabajos coprófagos — también llamados peloteros o estercoleros, familia Scarabaeidae — pasan la vida haciendo algo que suena desagradable pero es indispensable: recogen, entierran y procesan los excrementos de los animales del bosque. Al hacerlo, fertilizan el suelo, dispersan semillas que venían en esas heces y cortan el ciclo de reproducción de parásitos y moscas. Sin ellos, la materia orgánica se acumula en la superficie, el suelo pierde nutrientes y la regeneración del bosque se frena.
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Entre las especies documentadas en Sumaco se encuentran Ateuchus aeneomicans y Deltochilum tessellatum, dos representantes del grupo que opera entre los 300 y los 1,800 metros de altitud — un rango que abarca desde los bosques tropicales bajos hasta los bosques de neblina andinos. Esa amplitud altitudinal es lo que hace al hallazgo especialmente valioso: no es una sola comunidad de insectos, son varios ecosistemas conectados por los mismos actores. El estudio, difundido a finales de mayo de 2026, también señala que varias de las especies registradas tienen clasificación taxonómica aún en discusión, lo que abre la puerta a que algunas sí resulten nuevas para la ciencia.

Lo que los investigadores subrayan con más fuerza es el valor de estos escarabajos como indicadores de salud del bosque tropical: donde la diversidad de coprófagos cae, el ecosistema está bajo estrés. Deforestación, fragmentación del hábitat y cambio climático ya presionan la cuenca amazónica ecuatoriana, y estos insectos lo registran antes que cualquier instrumento remoto.
¿Por qué Sumaco es un laboratorio que el mundo no debería perder?
La Reserva de Biosfera Sumaco fue declarada por la UNESCO en el año 2000 y cubre más de 900,000 hectáreas en la provincia de Napo. Lo que la hace única no es solo su tamaño: el volcán Sumaco tiene una composición geológica distinta al resto de los Andes, lo que genera condiciones de suelo y humedad que favorecen un endemismo alto — especies que no existen en ningún otro lugar del planeta. A pesar de eso, amplias zonas de la reserva permanecen sin explorar científicamente.

El estudio fue liderado por Josué Franco-Salgado, Javier Yánez-Coronel, Wilson Shiguango y Santiago Villamarín-Cortez, con participación de la Universidad Central del Ecuador y el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras. Es el tipo de investigación de campo que no genera titulares explosivos pero sostiene décadas de política de conservación: saber qué vive aquí, en qué número y a qué altitud es el primer paso para defender que ese territorio merece protección legal y presupuesto real.

La Amazonía ecuatoriana sigue siendo uno de los archivos biológicos más ricos y menos leídos del mundo. Cada inventario como este no solo suma especies a una lista — construye el argumento más sólido contra la deforestación: el de lo que se perdería si el bosque desaparece.
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