En Morelos, un sitio que prometía “contacto con la naturaleza” terminó mostrando el lado más cruel del turismo. La Profepa clausuró el Parque Temazcal Zovic tras rescatar 41 animales que vivían en condiciones precarias: jaulas oxidadas, estrés extremo y desnutrición. Entre ellos había un mono araña, guacamayas, loros e incluso un emú. El caso reavivó la conversación sobre el maltrato animal en México y el papel que juega la sociedad en exigir un trato digno para la fauna silvestre.
41 animales rescatados del abandono
El operativo se realizó el 11 de noviembre de 2025, cuando inspectores de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) acudieron al lugar tras denuncias de la Semarnat por falta de informes. Lo que encontraron fue un panorama desolador: animales desnutridos, jaulas en ruinas y signos claros de abandono.

Los 41 ejemplares asegurados fueron trasladados a otro predio con atención veterinaria. Entre ellos había especies protegidas por la NOM-059-SEMARNAT-2010, como la guacamaya verde (Ara militaris) y el loro cabeza amarilla (Amazona oratrix). Las imágenes difundidas por la dependencia mostraron lo que muchos temían: seres vivos que habían sido olvidados, pero no vencidos.
Un problema que va más allá de un solo parque
Este caso no es una excepción. En los últimos años, la Profepa ha clausurado varios Predios e Instalaciones que Manejan Vida Silvestre (PIMVS) por condiciones similares. Algunos operan sin permisos, otros simplemente carecen de mantenimiento. Lo alarmante es que, hasta que no ocurre un rescate mediático, pasan desapercibidos durante años.

Según datos del INEGI, el 72% de los mexicanos considera el maltrato animal un problema grave, pero pocos conocen los mecanismos para denunciarlo. Mientras tanto, decenas de animales permanecen encerrados en lugares que se anuncian como “ecológicos” o “educativos”, cuando en realidad viven en estrés constante.
La ley cambia, pero la empatía es la clave
En 2024, el Senado mexicano aprobó una reforma constitucional que prohíbe el maltrato animal y obliga al Estado a garantizar su protección. En teoría, eso debería marcar un antes y un después. Pero la ley, por sí sola, no cambia una cultura que por años ha normalizado los zoológicos descuidados o los circos con animales.

Lo que sí está cambiando es la presión social y digital. Las nuevas generaciones no solo comparten indignación; usan las redes para exigir rendición de cuentas, viralizar denuncias y apoyar refugios o rescates. Cada vez más jóvenes asocian el respeto animal con responsabilidad ambiental, un valor que se traduce en turismo responsable y consumo consciente.
Entre la indignación y la esperanza
Las redes sociales explotaron tras conocerse el caso de Temazcal Zovic. Algunos exigieron sanciones severas, otros celebraron el rescate. En ambos casos, hubo una emoción común: la empatía. Y es que ver a un mono araña o una guacamaya sobrevivir al abandono no deja indiferente a nadie.

Detrás de esa indignación hay una oportunidad: convertir la rabia en acción. Denunciar, compartir, educar o simplemente no visitar lugares donde los animales son usados como entretenimiento son gestos que suman. Al final, los cambios más grandes suelen empezar con pequeñas decisiones individuales.
El maltrato animal no es una anécdota, es un síntoma
Casos como este exponen un patrón más profundo: la desconexión entre el discurso ambiental y las prácticas reales. Decimos amar a los animales, pero seguimos financiando lugares que lucran con su encierro. Es un reflejo de cómo la falta de empatía se disfraza de diversión familiar.
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Sin embargo, también muestra una sociedad en transformación. Cada vez más personas entienden que proteger la fauna no es un lujo, sino una obligación ética y ambiental. Y aunque aún haya parques que sigan cayendo en el abandono, cada rescate, cada denuncia y cada reforma acercan un poco más a un país donde el maltrato animal no sea parte del paisaje.

El rescate de los 41 animales del Parque Temazcal Zovic no es solo una noticia más; es una señal de cambio. México está aprendiendo que cuidar a su fauna no es opcional, es una deuda moral con la vida que comparte este territorio. Lo que queda por preguntarnos es simple: ¿cuántos otros lugares siguen escondiendo historias así detrás de sus rejas, y qué haremos nosotros para que no vuelvan a repetirse?




