En Canadá, una decisión histórica acaba de marcar el destino de 30 belugas cautivas, las últimas que permanecen en el país tras décadas de polémica. El gobierno federal rechazó la solicitud del parque Marineland para enviarlas a un parque temático en China, alegando que su bienestar está por encima del negocio. La medida abre un debate sobre la explotación animal, los límites del entretenimiento y el incierto futuro de estos mamíferos. ¿Estamos ante un triunfo real para la protección de la vida marina o ante un callejón sin salida para las belugas?
Canadá bloquea la exportación de belugas a China
El 1 de octubre de 2025, la ministra de Pesca de Canadá, Joanne Thompson, anunció que denegaba la solicitud de Marineland para trasladar 30 belugas al Chimelong Ocean Kingdom de Zhuhai, uno de los parques marinos más grandes del mundo. La decisión se basó en la Ley para Poner Fin al Cautiverio de Ballenas y Delfines, aprobada en 2019, que prohíbe mantener a estos animales con fines de entretenimiento o reproducción.

Thompson fue tajante: “Las ballenas pertenecen al océano, no a tanques para nuestro entretenimiento”. Según la ministra, aprobar el traslado significaría prolongar el sufrimiento de los animales y condenarlos a una vida de explotación en espectáculos, algo incompatible con los valores actuales de la sociedad canadiense.
Marineland: del esplendor al declive
Marineland, ubicado en Niagara Falls, Ontario, fue durante décadas una atracción turística emblemática. Sin embargo, la realidad tras bambalinas es muy distinta a la postal familiar. Desde 2019 han muerto al menos 20 cetáceos en el parque: una orca y 19 belugas. Los inspectores de bienestar animal llevan años denunciando las pésimas condiciones del agua y el estrés en que vivían los animales.

En 2021, el parque transfirió cinco belugas al acuario Mystic en Connecticut, pero tres murieron en menos de dos años. La situación empeoró en 2024, cuando el parque cerró definitivamente al público y comenzó a liquidar sus activos. Hoy, Marineland enfrenta rumores de bancarrota: mantener a las belugas cuesta 2 millones de dólares al mes, una cifra insostenible para una empresa sin visitantes ni ingresos.
El debate político y ético
La decisión del gobierno federal no fue bien recibida por todos. El primer ministro de Ontario, Doug Ford, criticó la negativa y aseguró que Canadá debería permitir traslados parciales a instalaciones extranjeras “para darles una oportunidad de sobrevivir”. Por otro lado, organizaciones como Animal Justice y World Animal Protection celebraron la medida como un momento decisivo en la protección de los mamíferos marinos.

Activistas señalan que enviar a las belugas a China sería condenarlas a un sistema de espectáculos con reproducción forzada, práctica ilegal en Canadá pero común en algunos acuarios extranjeros. El dilema ético es claro: ¿qué es peor, dejarlas en un parque cerrado al borde de la quiebra o enviarlas a un destino donde serán explotadas?
¿Santuario marino o eutanasia?
Una de las alternativas más mencionadas es el proyecto de santuario marino en Nueva Escocia, diseñado para acoger ballenas retiradas de la industria del entretenimiento. Sin embargo, el plan está estancado por falta de financiamiento y permisos. Mientras tanto, fuentes cercanas a Marineland sugieren que, si no hay solución inmediata, el parque podría entregar las belugas al gobierno para su eutanasia.

La sola idea ha encendido alarmas entre activistas y científicos: sería un final indigno para animales que ya han pasado demasiados años en cautiverio. La ministra Thompson insiste en que el futuro de las belugas debe construirse “pensando primero en su bienestar”. Para algunos, esto significa acelerar la creación de un santuario; para otros, abrir la puerta a colaboraciones internacionales con centros acreditados.
El simbolismo de la decisión canadiense
Más allá del caso puntual, este episodio refleja un cambio cultural profundo: cada vez más países cuestionan la legitimidad de usar animales marinos para el entretenimiento humano. Canadá ya dio un paso importante en 2019 al prohibir la cría y exhibición de ballenas y delfines, y ahora refuerza ese compromiso al bloquear su exportación con fines comerciales.

Las 30 belugas de Marineland son un recordatorio vivo de un modelo de entretenimiento que se apaga lentamente. Su destino no está resuelto, pero su historia ya es símbolo de la tensión entre negocio, ética y conservación.

El caso de Marineland deja en evidencia que la explotación de animales marinos en parques temáticos está llegando a su fin, aunque los desafíos no han desaparecido. Canadá dio un mensaje claro: el bienestar animal no se negocia. Sin embargo, el futuro de estas 30 belugas sigue siendo incierto entre la esperanza de un santuario y la amenaza de la eutanasia.




