Con sus ojos redondos, sonrisa permanente y branquias en forma de plumas, el ajolote parece una criatura sacada de una caricatura. Su aspecto encantador ha conquistado redes sociales, videojuegos como Minecraft, productos de moda y hasta billetes: hoy aparece en el de 50 pesos mexicanos. Sin embargo, detrás de su fama hay una verdad menos dulce: los ajolotes están al borde de la extinción en su hábitat natural, el lago de Xochimilco, en la Ciudad de México.

Una criatura ancestral, un misterio científico
El nombre axolotl proviene del náhuatl y se asocia con el dios mexica Xólotl, quien según la leyenda se transformó en un ajolote para escapar de la muerte. Esta criatura ha fascinado a científicos por siglos debido a su biología única: los ajolotes nunca completan la metamorfosis a su forma adulta, como hacen otras salamandras o ranas. Permanecen acuáticos toda su vida, conservando su apariencia juvenil.
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Este fenómeno, llamado neotenia, aún no se comprende del todo. Una hipótesis plantea que, como el lago de Xochimilco ofrecía recursos abundantes, no era necesario evolucionar para sobrevivir fuera del agua. Además, el ajolote posee una capacidad extraordinaria de regeneración: puede reconstruir desde extremidades hasta partes del cerebro, lo que lo ha convertido en una estrella de los laboratorios científicos.

El colapso de un ecosistema milenario
Durante más de mil años, los ajolotes prosperaron en Xochimilco gracias al sistema agrícola ancestral de chinampas —islas artificiales rodeadas por canales— creado por los pueblos originarios. Pero la expansión urbana e industrial de la Ciudad de México cambió el panorama por completo.
La contaminación del agua, la construcción descontrolada, el uso de pesticidas, y la introducción de especies invasoras como la carpa y la tilapia —que devoran huevos de ajolote— provocaron un colapso ecológico. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), quedan menos de 100 ajolotes adultos en estado silvestre. El lago que alguna vez los protegió ahora es un entorno hostil.

De los laboratorios al estrellato digital
A pesar de su crisis en la naturaleza, el ajolote ha sido criado en cautiverio desde 1864, cuando fue llevado a Europa por un oficial francés. Allí comenzó su estudio intensivo, sobre todo por su potencial regenerativo. Hoy, miles de ajolotes viven en laboratorios y acuarios caseros alrededor del mundo.
Los ajolotes más conocidos —rosados, blancos o incluso azules— son variantes genéticas que no se ven comúnmente en la naturaleza. La mayoría de los ajolotes salvajes tienen un tono café grisáceo. Sin embargo, los que vemos en internet o tiendas de mascotas han sido criados selectivamente y con poca diversidad genética, lo que significa que no pueden reinsertarse en su entorno natural sin poner en riesgo la salud de la población silvestre.

Fama que puede jugar en contra
Curiosamente, el auge de los ajolotes en la cultura pop podría hacer pensar a muchos que están lejos del peligro. “Como están en todas partes, la gente asume que no están en riesgo“, advierte el doctor Luis Zambrano, investigador de la UNAM y uno de los principales expertos en conservación de ajolotes.
Zambrano lleva más de 20 años trabajando en programas de restauración ecológica en Xochimilco, y afirma que la solución no está en expulsar a las personas del hábitat del ajolote, sino en trabajar con ellas. En particular, con los chinamperos, agricultores locales que aún mantienen viva esta forma de cultivo ancestral.

¿Cómo salvar al ajolote?
La clave para conservar al ajolote está en recuperar las chinampas, limpiar los canales y crear un equilibrio entre tradición, ciencia y política pública. Esto implica fortalecer el vínculo entre el conocimiento ancestral de los chinamperos y los avances de la biología y ecología moderna.
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También existen programas que permiten “adoptar” simbólicamente un ajolote, cuyos fondos se destinan a proyectos de conservación. “Lograr que la gente vea que su ajolote favorito no vive solo en internet, sino en un ecosistema real que está en peligro, ya es un gran paso”, señala Zambrano.

Un emblema que no debemos dejar desaparecer
El ajolote representa mucho más que una cara simpática o un fenómeno de redes sociales. Es un símbolo de la identidad biocultural de México, un testimonio viviente de un ecosistema ancestral, y un recordatorio urgente de que la conservación debe ir más allá de la estética.
Salvar a esta criaturas es también salvar Xochimilco, sus tradiciones, su agua, y una parte vital del alma de México. Si queremos seguir viendo sonreír a este peculiar anfibio, tenemos que actuar más allá del “me gusta”.




