Cuando pensamos en abejorros, la imagen es casi automática: una criatura redonda y peluda revoloteando de flor en flor, colectando polen y néctar. Esa imagen, aunque no es falsa, resulta estar incompleta. Un registro científico reciente en los Andes sudamericanos documentó algo que nadie esperaba ver: individuos de la especie Bombus funebris alimentándose de heces de cóndor andino y de los restos de un cadáver de ternero. No es un error de observación. Es ciencia, y cambia bastante lo que sabíamos sobre estos insectos.
¿Qué es la necrofagia y la coprofagia en insectos?
Los términos suenan intimidantes, pero describen comportamientos bien documentados en el reino animal. La necrofagia es el consumo de materia orgánica en descomposición, es decir, carroña. La coprofagia es el consumo de heces. Ambas estrategias son comunes en escarabajos, moscas y otros insectos que cumplen funciones clave en los ecosistemas como descomponedores. Lo que hace notable este hallazgo es que se trata de abejorros, un grupo de polinizadores que hasta ahora se consideraba exclusivamente dependiente de recursos florales.
Este es el primer registro de necrofagia en abejorros de la región Neotropical, y también el primero de coprofagia para Bombus funebris en cualquier parte del mundo. Eso no es un detalle menor: significa que hay un comportamiento que ha pasado desapercibido para la ciencia durante todo el tiempo que llevamos estudiando a estos insectos.
Por qué tiene sentido en las alturas andinas
El contexto geográfico es fundamental para entender por qué esto ocurre. Bombus funebris habita zonas de alta montaña en los Andes, ambientes donde la disponibilidad de flores puede ser estacional, escasa o directamente interrumpida por el clima. En esas condiciones, una colonia de abejorros necesita proteínas, nitrógeno y aminoácidos para alimentar a sus larvas y mantener a la reina. El polen es la fuente habitual de esos nutrientes, pero si el polen no alcanza, la colonia tiene un problema.
Las heces de aves grandes como el cóndor andino, y los tejidos de animales muertos, representan fuentes concentradas de exactamente esos compuestos. No es un comportamiento irracional ni aberrante: es una solución adaptativa a un entorno exigente. La pregunta que surge de inmediato es si este comportamiento es raro y oportunista, o si ocurre con más frecuencia de lo que la ciencia ha podido registrar hasta ahora.
Lo que este hallazgo implica para entender a los polinizadores
Durante décadas, la investigación sobre abejorros se ha enfocado casi exclusivamente en su rol como polinizadores y en su relación con las plantas con flor. Este descubrimiento abre una dimensión distinta: la de insectos con una plasticidad dietaria mayor de la que se asumía. Esa flexibilidad podría ser, paradójicamente, una ventaja de supervivencia en un mundo donde los recursos florales están bajo presión por el cambio climático, la pérdida de hábitat y la fragmentación del paisaje.
También plantea preguntas sobre los riesgos. Si los abejorros frecuentan cadáveres o heces, ¿qué patógenos podrían transportar? ¿Cómo afecta eso a las plantas que polinizan o a las colonias mismas? Son preguntas abiertas que este primer registro apenas empieza a formular.
- Es el primer registro de necrofagia en abejorros de la región Neotropical.
- Es el primer registro de coprofagia para Bombus funebris.
- El comportamiento podría estar relacionado con la escasez de recursos florales en alta montaña.
- Abre preguntas sobre la plasticidad dietaria de los polinizadores ante el cambio ambiental.
La naturaleza siempre tiene un menú más amplio del que imaginamos
Este hallazgo es un recordatorio de que los ecosistemas funcionan con una lógica propia, y que nuestras categorías —polinizador, descomponedor, carroñero— son más permeables de lo que nos gusta creer. Los abejorros no dejaron de ser polinizadores esenciales por comer carroña ocasionalmente. Solo demostraron que la supervivencia en ambientes extremos exige creatividad, aunque esa creatividad se vea un poco asquerosa desde afuera. La próxima vez que veas uno revolotear cerca de algo que no es una flor, quizás valga la pena observar un poco más antes de espantarlo.




