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El Mar Muerto no revive: la ciencia detrás de sus oasis

Irinea Funes por Irinea Funes
agosto 15, 2026
en MEDIO AMBIENTE, NOTICIAS
El Mar Muerto no revive: la ciencia detrás de sus oasis

Imágenes de peces nadando cerca de las orillas del Mar Muerto han circulado con fuerza, acompañadas de dos lecturas radicalmente opuestas: la de quienes ven en ellas el cumplimiento de una profecía bíblica sobre la sanación de sus aguas, y la de quienes simplemente se preguntan cómo es posible que algo viva en uno de los cuerpos de agua más hostiles del planeta. La respuesta, como casi siempre, la tiene la ciencia, y es más inquietante que cualquier interpretación mística.

Un lago que se encoge ante nuestros ojos

El Mar Muerto no es técnicamente un mar: es un lago endorreico, es decir, sin salida al océano, ubicado en la frontera entre Israel, Jordania y los territorios palestinos. Su salinidad, cercana al 34%, lo hace casi diez veces más salado que el océano Atlántico. Eso significa que la mayoría de los organismos acuáticos —peces, crustáceos, plantas acuáticas convencionales— simplemente no pueden sobrevivir en él. Solo algunas bacterias halófilas y microalgas extremófilas logran prosperar en esas condiciones.

Pero el Mar Muerto está desapareciendo. Su nivel ha descendido de manera sostenida durante décadas, en gran parte porque el río Jordán —su principal fuente de agua— ha sido desviado de forma masiva para consumo humano, agricultura e industria en los países de la región. El resultado es una pérdida de superficie y profundidad que ha transformado el paisaje costero de manera dramática.

Los oasis que deja el retroceso

Aquí está la clave de lo que realmente está ocurriendo. Conforme el nivel del lago baja, las orillas retroceden y quedan expuestas zonas que antes estaban sumergidas. En esas áreas emergen manantiales de agua dulce subterránea que siempre estuvieron ahí, pero que el peso y la presión del lago mantenían sellados bajo su lecho. Al quedar al descubierto, esos manantiales forman pequeñas pozas y corrientes de agua con salinidad mucho más baja que la del lago principal.

En esas pozas, el ambiente es completamente distinto al del Mar Muerto: el agua es apta para la vida. Por eso aparecen plantas acuáticas, insectos, aves que vienen a alimentarse y, en algunos casos, peces que llegan arrastrados por las corrientes o introducidos de forma accidental. No están viviendo en el Mar Muerto; están viviendo al lado de él, en pequeños refugios creados precisamente por su retroceso.

¿Por qué importa más allá de lo visual?

La aparición de estos oasis es, paradójicamente, una mala noticia disfrazada de imagen esperanzadora. Cada manantial que emerge a la superficie es evidencia de que el lago continúa encogiéndose. Y el retroceso del Mar Muerto no es un fenómeno aislado: forma parte de una crisis hídrica regional que afecta a millones de personas en Medio Oriente, una zona donde el agua dulce es un recurso estratégico, disputado y cada vez más escaso.

  • La extracción industrial de minerales del lago, especialmente potasio para fertilizantes, acelera la evaporación en el extremo sur.
  • El desvío del río Jordán priva al lago de su recarga natural, sin la cual no puede recuperar el nivel perdido.
  • El cambio climático intensifica la evaporación y reduce las precipitaciones en la cuenca, agravando el déficit hídrico.

Existen proyectos para intentar estabilizar el nivel del lago, como el histórico canal que conectaría el Mar Rojo con el Mar Muerto, pero su viabilidad ambiental, política y económica sigue siendo motivo de debate entre gobiernos, científicos y comunidades locales.

La diferencia entre un símbolo y una solución

Es comprensible que las imágenes de vida junto al Mar Muerto generen asombro y, para muchos, esperanza. El simbolismo de ese lugar en las tradiciones religiosas de la región es enorme. Pero confundir un síntoma de degradación con una señal de recuperación puede ser peligroso: desvía la atención de las causas reales y de las decisiones políticas y económicas que hacen falta para frenar la crisis.

El Mar Muerto no está volviendo a la vida. Está retrocediendo, y lo que queda en su lugar son pequeños recordatorios de lo que el agua dulce puede hacer cuando encuentra espacio. La pregunta que vale la pena hacerse no es si sus aguas se están «sanando», sino cuánto tiempo más tenemos para actuar antes de que lo que quede sea solo sal.

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