El 4 de noviembre, Gabriel Rivas Ríos alzó la voz una vez más por La Cazahuatera, el área verde de Cuernavaca que lleva meses en la mira de un proyecto de seis torres inmobiliarias. Horas después, el regidor fue asesinado. Había denunciado presuntas irregularidades, había participado en protestas y había recibido amenazas de muerte. La Fiscalía de Morelos ya investiga el caso, pero la pregunta que se queda en el aire es incómoda: ¿cuánto cuesta en México defender un árbol?
Un bosque urbano en medio de una disputa muy peligrosa
La Cazahuatera no es solo un terreno con árboles. Es uno de los pocos pulmones verdes que le quedan a Cuernavaca, una ciudad que ya siente el peso del cemento. El proyecto que la amenaza contempla la construcción de seis torres inmobiliarias, y desde que trascendió, vecinos y activistas señalaron que el proceso tenía irregularidades: permisos cuestionables, falta de estudios de impacto ambiental, una opacidad que nunca se terminó de explicar.
Gabriel Rivas Ríos, regidor del municipio, se puso del lado de quienes exigían que se detuviera la obra. No fue un gesto simbólico: participó en marchas, presentó denuncias formales y —esto es lo que más pesa ahora— recibió amenazas de muerte que, al parecer, nadie tomó lo suficientemente en serio. El activismo ambiental en México tiene un costo que los números llevan años documentando; México es uno de los países más peligrosos para defensores ambientales según organizaciones internacionales de derechos humanos.
El día que volvió a hablar y lo que pasó después
El 4 de noviembre Rivas Ríos volvió a alzar la voz públicamente sobre La Cazahuatera. No era la primera vez, no sería la última —eso pensaba él. Horas más tarde fue asesinado.
La cronología es difícil de ignorar: denuncia pública, amenazas previas, muerte ese mismo día. La Fiscalía de Morelos confirmó que el caso está bajo investigación, pero hasta ahora no se han anunciado detenidos ni una línea investigativa oficial que conecte su activismo con el crimen. Eso es exactamente lo que la comunidad que lo conocía exige que no se pierda en el proceso: que no se investigue como si fuera un homicidio cualquiera, desconectado de todo lo que Gabriel había estado haciendo los meses anteriores.
La conversación en redes se disparó rápido. Quienes lo conocían y quienes nunca lo habían escuchado nombrar se unieron bajo la misma exigencia: justicia para Gabriel y para La Cazahuatera. Dos causas que, a estas alturas, ya no se pueden separar.




