Durante décadas, el desierto de Taklamakan fue considerado un “vacío biológico”: un territorio dominado por arena móvil, tormentas de polvo y condiciones extremas. Hoy, investigaciones científicas recientes lo describen como un posible sumidero de carbono, capaz de absorber más CO2 del que libera en su periferia. Este giro no ocurrió por azar, sino tras más de 40 años de intervención ambiental a gran escala en el norte de China. Lo que sucede en esta región redefine el debate sobre desertificación, restauración ecológica y acción climática.
Taklamakan y el surgimiento de un sumidero de carbono
El Taklamakan, con más de 337,000 km², es uno de los desiertos más extensos y áridos del planeta. Más del 95% de su superficie está cubierta por dunas cambiantes, lo que durante décadas lo convirtió en sinónimo de degradación ambiental. Sin embargo, desde 1978, China impulsó el Programa de los Tres Nortes —conocido como la “Gran Muralla Verde”— para frenar la desertificación mediante la plantación masiva de árboles en las zonas periféricas.

En enero de 2026, un estudio publicado en la revista PNAS confirmó que el cinturón vegetal que rodea el desierto funciona como sumidero de carbono mensurable. Mediciones satelitales del Orbiting Carbon Observatory (OCO) detectaron reducciones de entre 1 y 2 partes por millón (ppm) de CO2 en el borde del desierto durante la temporada húmeda. Además, modelos como el NOAA Carbon Tracker respaldaron el aumento sostenido en la captación de carbono durante los últimos 25 años.
La Gran Muralla Verde y la transformación ecológica
Desde su inicio, el proyecto ha implicado la plantación de más de 66 mil millones de árboles en el norte de China. La cobertura forestal nacional pasó del 10% en 1949 a más del 25% en 2026, un cambio profundo en términos ecológicos. En el caso del desierto de Taklamakan, el cinturón verde fue completado en 2024, estabilizando dunas y protegiendo infraestructuras como la autopista del desierto de Tarim.

El aumento de vegetación en la periferia ha impulsado la fotosíntesis, especialmente entre julio y septiembre, cuando las precipitaciones alcanzan un promedio de 16 mm mensuales. Especies como Populus euphratica y arbustos resistentes a la aridez han sido clave en este proceso. La vegetación no solo fija la arena, también captura carbono atmosférico de forma activa, convirtiendo una zona antes improductiva en un espacio con función climática relevante.
Impacto climático y límites del sumidero de carbono
El hecho de que el Taklamakan funcione parcialmente como sumidero de carbono representa un avance importante, pero no implica una solución total al cambio climático. Incluso si se ampliara la cobertura vegetal, la captura anual estimada rondaría los 60 millones de toneladas de CO2, una fracción frente a las emisiones globales, que superan los 36 mil millones de toneladas al año.

Aun así, el valor estratégico del proyecto es significativo. Demuestra que la ingeniería ecológica puede modificar dinámicas ambientales en regiones extremas. Además, reduce tormentas de arena que anteriormente afectaban amplias zonas del norte de China. La transformación del Taklamakan es un precedente científico, ya que evidencia que la restauración ambiental en climas áridos puede generar impactos medibles en el balance de carbono.
Riesgos y sostenibilidad a largo plazo
El nuevo sumidero de carbono del Taklamakan no está exento de riesgos. El aumento de temperaturas y posibles sequías prolongadas podrían afectar la supervivencia de la vegetación. Si grandes extensiones murieran, el carbono almacenado podría liberarse nuevamente a la atmósfera. La estabilidad del sistema depende también del manejo hídrico, particularmente del trasvase ecológico en la cuenca del río Tarim.

En sus primeras fases, el proyecto utilizó monocultivos, lo que generó críticas por su vulnerabilidad a plagas. Actualmente, las estrategias buscan mayor diversidad de especies nativas para fortalecer la resiliencia ecológica. La permanencia del sumidero de carbono dependerá de la gestión sostenible del agua, la biodiversidad y el clima regional.

El desierto de Taklamakan ha dejado de ser únicamente un símbolo de aridez extrema para convertirse en un caso emblemático de restauración ambiental. Gracias a décadas de reforestación y planificación, su periferia actúa hoy como sumidero de carbono, con efectos medibles sobre la captación de CO2. Aunque su impacto global es limitado frente a las emisiones totales, el proyecto demuestra que la desertificación puede ser contenida y parcialmente revertida. La pregunta que permanece es si este modelo podrá mantenerse estable frente al avance del cambio climático y replicarse en otras regiones áridas del planeta.




