En el norte de Sinaloa, donde el agua salada se mezcla con manglares, aves migratorias y bancos de camarón, se desarrolla uno de los conflictos ambientales más delicados de México. La planta de amoniaco en Bahía de Ohuira promete convertir al país en una potencia petroquímica y reducir la dependencia de fertilizantes extranjeros. Pero al mismo tiempo, científicos, pescadores y comunidades indígenas advierten que el costo podría ser demasiado alto para un ecosistema considerado único. En esta bahía, el desarrollo económico y la conservación ambiental chocan de frente, como dos visiones distintas del futuro.
Bahía de Ohuira: un ecosistema donde aún respira el mar
La Bahía de Ohuira forma parte del sistema lagunar Santa María-Topolobampo-Ohuira, un humedal protegido por la Convención Ramsar desde 2009 debido a su enorme riqueza ecológica. No se trata solo de agua y manglares: aquí habitan tortugas marinas como la golfina y la carey, delfines nariz de botella, aves migratorias y especies pesqueras que sostienen la vida de miles de familias.

La bahía también funciona como un gigantesco vivero natural. Gran parte del camarón que consume México nace en estas aguas poco profundas, donde las larvas encuentran refugio entre manglares y corrientes tranquilas. Por eso, para las comunidades locales, Ohuira no es únicamente un paisaje costero: es memoria, alimento y permanencia. Un cosmos vivo donde cada especie sostiene el equilibrio de otra.
La planta de amoniaco que promete progreso industrial
El megaproyecto pertenece a Gas y Petroquímica de Occidente (GPO), filial de la empresa PROMAN AG. La planta producirá alrededor de 800 mil toneladas anuales de amoniaco anhidro, utilizado principalmente para fertilizantes nitrogenados. El argumento central es económico: México importa cerca del 80% del amoniaco que consume, lo que afecta costos agrícolas y dependencia internacional. La inversión supera los 1,600 millones de dólares y forma parte de un corredor industrial que busca transformar Topolobampo en un nodo petroquímico estratégico del Pacífico.

Además, junto al proyecto avanza Pacífico Mexinol, presentado como una de las plantas de metanol con menores emisiones del mundo. Para el gobierno y el sector empresarial, la región podría convertirse en símbolo de modernización energética y crecimiento económico. Sin embargo, incluso las grandes promesas industriales suelen dejar preguntas difíciles cuando llegan a territorios ambientalmente frágiles. Porque mientras la industria habla de productividad y competitividad, la naturaleza opera con tiempos más lentos y delicados, donde una alteración mínima puede desencadenar consecuencias imprevisibles.
El riesgo ecológico que preocupa a científicos y pescadores
Uno de los principales focos de alerta es el sistema de captación de agua de mar que utilizará la planta. Diversos especialistas señalan que la operación requerirá la succión de aproximadamente 2 mil metros cúbicos de agua por hora, lo que podría destruir millones de organismos microscópicos, incluidas larvas de camarón. Algunos peritajes ambientales estiman pérdidas superiores a 500 toneladas anuales de larvas, una cifra alarmante en una región donde la pesca ribereña depende directamente de la salud del ecosistema.
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La preocupación aumenta porque Bahía de Ohuira es una “laguna estrangulada”, es decir, un ecosistema con poco intercambio natural de agua. Esto provoca que contaminantes, fertilizantes y residuos permanezcan más tiempo atrapados en la zona. En términos ecológicos, significa que el humedal tiene menos capacidad de recuperarse frente a nuevas presiones industriales. Los opositores al proyecto advierten que el problema no es únicamente una planta aislada, sino la suma de impactos acumulados: agricultura intensiva, contaminación previa, actividad portuaria y expansión energética. Un paraíso natural sometido constantemente a tensión.
La nube tóxica que encendió las alarmas
El amoniaco anhidro es una sustancia esencial para la agricultura moderna, pero también altamente peligrosa. En concentraciones elevadas puede provocar daños severos en vías respiratorias, quemaduras químicas e incluso la muerte. Lo que más ha generado preocupación es que la propia empresa reconoció en estudios de riesgo la posibilidad de que una fuga accidental pudiera formar una nube tóxica de gran alcance. Algunas evaluaciones mencionan que un escape de apenas cinco minutos podría afectar un radio de entre 15 y 45 kilómetros, dependiendo del clima y dirección del viento.

Eso colocaría potencialmente en riesgo a cientos de miles de personas en comunidades cercanas y zonas urbanas. La empresa asegura que utilizará tecnología avanzada, monitoreo automatizado y protocolos internacionales de seguridad. También afirma que el proyecto cumple con la Manifestación de Impacto Ambiental autorizada por las autoridades mexicanas. Aun así, especialistas recuerdan que ningún sistema industrial es completamente infalible, especialmente en regiones vulnerables donde un accidente podría tener consecuencias irreversibles.
El pueblo Mayo-Yoreme y la defensa del territorio
Las comunidades indígenas Mayo-Yoreme han resistido el proyecto durante más de diez años mediante amparos, protestas y acciones legales. Para muchos habitantes, la defensa de la bahía no responde únicamente a razones económicas, sino espirituales y culturales. Los manglares, las corrientes y la pesca forman parte de un territorio considerado ancestral. Diversas organizaciones han denunciado irregularidades en los procesos de consulta indígena, además de divisiones comunitarias, amenazas y presión sobre defensores ambientales.

La planta de amoniaco en Bahía de Ohuira continúa avanzando entre litigios, resistencia social y respaldo gubernamental. Mientras las estructuras de concreto crecen junto al humedal, también aumenta la incertidumbre sobre el futuro ambiental de la región. Para algunos, el proyecto representa soberanía energética y oportunidades económicas; para otros, simboliza la posibilidad de perder uno de los ecosistemas costeros más importantes del Pacífico mexicano. Porque cuando un humedal desaparece, no solo se extinguen especies: también se apagan formas enteras de entender y habitar el mundo.




