Cuando un animal se vuelve viral, el mundo quiere uno. Pasó con los dálmatas después de 101 Dálmatas, con las tortugas tras las Tortugas Ninja, y ahora, en menor escala pero con consecuencias igualmente reales, está pasando con los patos domésticos. El boom del Mundial 2026 trajo consigo una mascota inesperada, y lo que parecía una ternura pasajera está dejando una huella concreta en los ecosistemas acuáticos urbanos de varios países.
¿Qué tiene de malo soltar un pato en un lago?
La respuesta corta: todo. La respuesta larga empieza por entender qué es, en realidad, un pato doméstico. Razas como el Pekín —la misma que protagonizó la fiebre del Mundial— son el resultado de siglos de cría selectiva. No son patos silvestres con ganas de volar lejos; son animales que dependen del ser humano para alimentarse correctamente, que no conocen los peligros del entorno natural y que, en muchos casos, ni siquiera pueden volar.
Cuando alguien los «libera» en un parque o lago urbano, no los está devolviendo a su hábitat: los está abandonando en un entorno para el que no están preparados. Y mientras tanto, ese entorno tampoco está preparado para ellos.
El impacto en las especies nativas
Los patos domésticos son animales gregarios y, con frecuencia, territoriales. Al instalarse en un cuerpo de agua, compiten directamente con las especies que ya viven ahí —patos silvestres, garzas, ajolotes, ranas, peces— por espacio, alimento y recursos. Al ser más grandes, más agresivos y estar acostumbrados a la presencia humana (lo que los hace más audaces), suelen ganar esa competencia.
El problema no termina ahí. Los patos domésticos pueden cruzarse con especies silvestres emparentadas, produciendo híbridos que diluyen la diversidad genética de las poblaciones nativas. Además, en concentraciones altas, sus desechos alteran la química del agua, favorecen el crecimiento de algas y degradan la calidad del ecosistema acuático para todos los organismos que dependen de él.
- Desplazamiento de fauna nativa por competencia directa por territorio y alimento.
- Hibridación con especies silvestres, que compromete su integridad genética.
- Degradación del agua por exceso de materia orgánica y nutrientes.
- Dependencia humana: los patos domésticos aprenden a mendigar comida, lo que atrae más visitantes que los alimentan con pan y otros alimentos dañinos para ellos y para el ecosistema.
Por qué las autoridades tienen que intervenir
Cuando el problema escala, la solución no es sencilla. Retirar a los animales requiere personal capacitado, equipamiento y espacios seguros a dónde llevarlos —granjas de rescate, santuarios o centros de adopción responsable—. Es un gasto de recursos públicos que podría evitarse si la decisión de no comprar un animal impulsivo se tomara antes de hacerlo.
El ciclo es predecible y ya se ha visto antes: un animal se vuelve popular, la demanda de crías sube, la gente compra sin informarse, el animal crece y deja de ser «tierno», y el abandono llega. Las autoridades ambientales de distintos países han tenido que implementar operativos de rescate y reubicación en espacios naturales y urbanos, con todo lo que eso implica logística y económicamente.
¿Qué hacer si ya tienes un pato doméstico?
Si llegaste aquí porque tienes uno en casa y no sabes qué hacer, la primera regla es no soltarlo. La segunda es buscar opciones reales:
- Contacta a organizaciones de rescate de animales de granja en tu ciudad. Muchas reciben patos y cuentan con espacios adecuados.
- Busca adopción responsable: hay personas con espacios rurales o granjas que pueden darles una vida digna.
- Consulta a un veterinario especializado en aves para entender las necesidades reales del animal mientras encuentras una solución.
Los animales no son tendencia, no son souvenirs y no son juguetes de temporada. La emoción que genera ver un patito en un video dura segundos; el compromiso de tener uno en casa dura años. Y cuando ese compromiso se rompe, el que paga el precio —siempre— es el animal y el ecosistema que lo recibe sin haberlo pedido.




