En Yucatán, el mar no solo alimenta a las familias: también guarda la memoria de generaciones que crecieron entre redes, lanchas y manglares. Pero hoy ese paraíso en peligro enfrenta una crisis: la sobrepesca y la pesca ilegal están dejando vacíos los ecosistemas marinos. Lo sorprendente es quién ha salido al rescate. Aunque solo el 1,16 % de pescadores registrados son mujeres, en comunidades como Celestún, San Felipe y Río Lagartos ellas lideran la defensa del litoral. Equipadas con binoculares, drones y una convicción feroz, se han convertido en guardianas del mar, llenando el vacío que las instituciones dejaron atrás.

Guardianas del mar en Yucatán: cuando la costa se queda sin Estado
En un estado con más de 370 kilómetros de litoral y apenas siete inspectores oficiales, la vigilancia marítima parece misión imposible. Y sin embargo, son grupos de mujeres quienes patrullan los refugios pesqueros, zonas creadas para permitir la regeneración de especies como el mero, la langosta o el pulpo.

Lo hacen sin sueldo, sin seguro y sin reconocimiento oficial, pero con una fuerza que ha reducido de 15 a apenas 3 embarcaciones ilegales por mes en Celestún. Cada bitácora escrita, cada fotografía tomada y cada denuncia presentada en el sistema oficial de Conapesca es un recordatorio: no se necesita un uniforme para cuidar el mar, se necesita compromiso.
Celestún: drones, libretas y mujeres en altamar
El refugio pesquero de Celestún, creado en 2019, es hoy un laboratorio vivo de resiliencia comunitaria. Allí, mujeres como Damaris Chuy y Reina Dzul lideran rondas de vigilancia. Su estrategia es simple pero efectiva: primero observan desde lejos, anotan matrículas de lanchas sospechosas y, si hay riesgo, se retiran.

En su maleta impermeable cargan drones, binoculares, botiquines y cargadores solares, herramientas que compensan la falta de apoyo institucional. No solo cuidan los recursos: también han logrado cambiar la percepción del rol femenino en la pesca, un sector históricamente dominado por nombres como Manuel, Víctor o José Luis.
San Felipe y Río Lagartos: buceadoras contra la pesca furtiva
En San Felipe y Río Lagartos, la vigilancia se hace debajo del agua. Mujeres como Stacy Acevedo, buceadora certificada, patrullan arrecifes y zonas vedadas mientras enfrentan burlas y amenazas. Pero su resistencia ha dado frutos: hoy son respetadas como pescadoras más conscientes, capaces de combinar el trabajo en altamar con un compromiso férreo por la sostenibilidad.

En 2024 nació el refugio pesquero Actam Chuleb, frente a San Felipe y Dzilam de Bravo. Allí, estas mujeres realizan hasta cuatro monitoreos al mes. Aunque no tienen la autoridad para sancionar, sus registros fotográficos y de datos son pruebas que sostienen las denuncias formales. “No discutimos, solo documentamos. La evidencia habla por nosotras”, explica Jéssica Marfil desde Río Lagartos.
Más que pescadoras, una red de resistencia comunitaria
Lo que comenzó como pequeños grupos de vigilancia hoy es una red viva de guardianas del mar que se extiende desde Celestún hasta El Cuyo. No trabajan solas: organizaciones como WildAid, Comunidad y Biodiversidad (COBI) y la Alianza Kanan Kay aportan capacitación técnica, formación jurídica y certificaciones de buceo.

El impacto es claro: más de 18 mujeres capacitadas en vigilancia solo en Celestún durante 2024 y un número creciente en San Felipe y Río Lagartos. Ellas no solo vigilan: inspiran a las jóvenes de sus comunidades, demuestran que el mar puede ser defendido desde el conocimiento y la cooperación, y hacen visible un trabajo históricamente invisibilizado.

Las cifras son alarmantes: entre 2009 y 2024 se decomisaron en Yucatán 4579 toneladas de producto ilegal y más de 7000 artes de pesca. Y sin embargo, cada día, mujeres yucatecas se suben a una lancha con libretas, cámaras y drones para que sus hijas e hijos no conozcan un mar vacío. Ellas son el escudo frente a la pesca ilegal y la prueba de que la conservación no siempre viene de arriba: muchas veces comienza con la decisión valiente de una comunidad.




