El Helio es el segundo elementos más común en el universo, pero no fue descubierto hasta 1865, aunque fue hasta 1868 que se verificó su presencia. Aunque puede ser una hazaña sorprendente lo que más sorpresa causo fue que todos estos aportes fueron durante eclipses solares.
Los eclipses solares son eventos astronómicos que ofrecen oportunidades únicas para desarrollar o confirmar teorías científicas y las razones son muchas y variadas. En primer lugar porque, desde hace siglos, se pueden predecir con exactitud, pero no es lo único.
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Helio, un elemento químico descubierto a partir de los eclipses
Durante un eclipse, la corona solar que normalmente está oculta por el resplandor del Sol se vuelve visible y nos brinda la ocasión perfecta para estudiarla y comprender su estructura. Del mismo modo, durante un eclipse lunar, la sombra de la Tierra en la Luna revela detalles sobre nuestra atmósfera que podemos utilizar para estudiar su composición y propiedades.
También nos sirve para validar modelos e hipótesis científicas comparando las observaciones realizadas durante un eclipse con las predicciones de esa teoría. En definitiva, un eclipse representa un entorno controlado y predecible perfecto para realizar nuevos descubrimiento.
De hecho gracias a ello, se descubrió que su espectro posee carga de helio, un indicador de la cantidad de átomos en el Universo, con ello, se confirmo que su abundancia cósmica se determinó por vez primera en 1974 por científicos mexicanos.

El descubrimiento de un nuevo elemento químico: el Helio
Cuando pensamos en un astrofísico tendemos a imaginar alguien que observa las estrellas directamente, disfrutando cada noche de su belleza y sus llamativos colores. Esta es una visión muy alejada de la realidad. Lo cierto es que esos colores que aparecen en las portadas se corresponden con fotografías coloreadas artificialmente y el trabajo de un científico en este campo se basa más en analizar bandas espectrales de la luz procedente de las estrellas que en observar directamente esas estrellas.
Salvo que podamos literalmente enviar una nave a un planeta, aterrizar en su superficie, recoger muestras y analizarlas, la inmensa mayoría del conocimiento que tenemos del Universo proviene de la luz que llega hasta nosotros y nuevamente, los eclipses representan una gran oportunidad para analizar esa luz dentro del espectro electromagnético. Dentro de ese espectro, cada elemento químico emite (o absorbe) luz en ciertas longitudes de ondas específicas.
Cuando la luz se descompone, utilizando un prisma o un dispositivo similar, se observa una serie de bandas o líneas brillantes que corresponden a las longitudes de onda específicas de la luz emitida por ese elemento.
El 18 de agosto de 1868, la India iba a contemplar uno de los eclipses de Sol más decisivos en la historia de la ciencia. Al igual que en nuestros días con el eclipse de abril de 2024, la gente se preparaba para disfrutar de este maravilloso evento celeste y todos lo empezaron a conocer como “El eclipse del Rey de Siam”. Varias expediciones científicas se desplazaron hasta la India para aprovechar el momento… sin saber que estaban a punto de realizar un descubrimiento vital para entender la composición de las estrellas.
Resulta difícil entender cómo es posible que el segundo elemento químico más abundante del Universo no se conociera hasta bien entrado el siglo XIX pero, durante aquel eclipse de 1868, dos científicos iban a encontrárselo de repente en esas reveladoras bandas del espectro electromagnético. El astrónomo francés Jules Janssen y el astrónomo británico Joseph Norman Lockyer, de manera independiente, se toparon con una línea amarilla brillante en el espectro solar que no correspondía a ninguna línea espectral de elementos conocidos en la Tierra.
Ambos científicos llegaron a la conclusión de que se trataba de un nuevo elemento y Lockyer, recordando quizá los tiempos que relatábamos al principio de este artículo, sugirió llamarlo Helio, en referencia a Helios, el dios griego del Sol.




