Supervivencia poética: mariposas y abejas beben lágrimas de las tortugas en el Amazonas

En ocasiones, la perfección del engranaje natural alcanza niveles de sublime poesía; así lo demuestra esta peculiar interacción amazónica.

If you have tears, prepare to shed them now.
William Shakespeare

Difícilmente podríamos dudar de la perfección del engranaje que organiza el mundo natural. Pero más allá de su impecable diseño, lo cierto es que la naturaleza no se contenta con ser impecable, sino que lleva sus cualidades al mundo de la estética, la más bella de todas, e incluso coquetea con la poesía pura.

Ejemplo de lo anterior es un peculiar fenómeno que se ha documentado en la selva del Amazonas. Se trata de una fuente de nutrientes a la que recurren las abejas y en particular, las mariposas: las lágrimas de las tortugas. De acuerdo con Phil Torres, miembro del Centro de Investigación Tambopata (con sede en Perú) y quien encabezó este descubrimiento, las lágrimas de las tortugas contienen altos niveles de sodio, un mineral vital y que no abunda en la región amazónica.

Las tortugas obtienen grandes cantidades de sodio gracias a su dieta fundamentalmente carnívora, mientras que para los herbívoros procurarse esta esencial sustancia resulta mucho más difícil. Además, no se descarta la posibilidad de que las lágrimas contengan otros preciados nutrientes que enriquecen la dieta de los insectos. Y si bien aún no se determina si las tortugas obtienen algún beneficio de dicha interacción –más allá de que su vista quede bloqueada y se conviertan en presa fácil de los fotógrafos–, lo cierto es que bien podría tratarse de una de las más estéticas manifestaciones de simbiosis.

 

Javier Barros del Villar
Autor: Javier Barros del Villar
Editor digital. Toma té y vive parte del tiempo en las montañas.


Lecciones de resiliencia orgánica: las hormigas inventaron la agricultura (y encontraron un antibiótico natural)

Hasta 3 distintas especies de hormigas llevan millones de años creciendo hongos y protegiéndose con simbiontes de Actinobacteria, sin crear resistencia.

Los seres humanos nos jactamos de haber inventado la agricultura hace nada menos que 12 mil años, lo que nos supuso una ventaja evolutiva fundamental, sin la cual el mundo que hemos construido hasta ahora no existiría. También nos gusta presumir del uso de antibióticos a partir del siglo pasado, los cuales nos alivian de enfermedades que hace 100 años diezmaban poblaciones enteras. Pero nuestros logros como especie parecen modestos comparados con los de las hormigas.

Según un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, las hormigas han estado cultivando hongos desde hace unos 60 millones de años. El riesgo que conllevan estos cultivos es el de desarrollar parásitos que podrían diezmar las colonias de hormigas; por ello, algunas especies llevan un “traje” hecho de Actinobacteria, un simbionte que funciona como antibiótico natural y que las protege de los parásitos.

Una hormiga cubierta con un “traje” de Actinobacteria

 

El profesor Christian Rabeling, de la Universidad Estatal de Arizona, afirma que:

Los humanos aprendieron a emplear antibióticos con propósitos médicos hace menos de 1 siglo, mientras las hormigas han estado utilizando las secreciones antibióticas de bacterias desde hace millones de años para controlar sus jardines de hongos.

 

Antibióticos naturales

Los investigadores lograron este impresionante descubrimiento al observar las “criptas” que una especie de hormigas desarrolló en República Dominicana. Estas criptas parecen bolsillos similares a los de las hormigas actuales, para llevar consigo a las benéficas Actinobacterias. El descubrimiento fue posible gracias a que se encontraron algunos ejemplares de entre 15 y 20 millones de años conservados en ámbar.

Los investigadores combinaron información genética de 69 especies de hormigas actuales para reconstruir su árbol evolutivo a través del genoma, lo que los llevó a la conclusión de que el uso de Actinobacteria data de hace al menos 50 o 60 millones de años. Además, no se trata de la particularidad de una sola especie, sino de un caso de evolución convergente, donde el rasgo aparece en al menos tres especies.

Este descubrimiento podría tener gran relevancia en el futuro de los humanos (quienes, al parecer, tomamos todas las buenas ideas de la naturaleza), pues a lo largo de tantos millones de años no se encontraron signos de resistencia a los antibióticos en las especies analizadas. El traje bacteriano de hormigas que vivieron hace millones de años podría ser la clave para superar la grave crisis de resistencia a los antibióticos que se vive en el mundo, la cual cobra 700 mil vidas humanas cada año



Como nosotros, los microorganismos se unen por un bien común

Los microorganismos de nuestro cuerpo dan pauta para pensar lo inevitable: nacimos para generar comunidad.

Gracias al descubrimiento de la simbiosis, ahora sabemos que los organismos cooperan para beneficiarse mutuamente. Esta visión biológica contribuyó a reafirmar una idea que tanto la filosofía como la ciencia llevaban madurando durante bastante tiempo: la vida es una unidad y todo está conectado.

Así como los ecosistemas sirven de hogar y sustento para una infinidad de especies, incluida la nuestra, el ser humano es también morada de diversos organismos. Desde nuestro nacimiento adquirimos bacterias que benefician nuestra salud de distintas formas, pues ayudan a regular la digestión y protegen el sistema inmunológico. Así, el cúmulo de lo que nos conforma como seres vivos no se reduce sólo a nuestro cuerpo, sino que incluye a las especies que lo habitan y que han evolucionado junto con él durante miles de años.

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Hechos como este han propiciado un debate dentro de la ciencia que bien podría aplicarse a las sociedades humanas: ¿los organismos se unen por un bien común o explotan las contribuciones de otros para beneficio propio? La evidencia parece inclinarse más por la primera opción. Como apunta el profesor Chris Thompson, del University College de Londres:

La cooperación es fundamental para el éxito de la mayoría de los organismos del planeta, desde microbios hasta humanos.

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En efecto, la tendencia a unirse en comunidad existe en la naturaleza hasta el grado más insospechado. Por ejemplo, la ameba conocida como Dictyostelium discoideum habita el fango como una entidad unicelular, pero al quedarse sin comida decide unirse a otras para formar un cuerpo fructífero que produce esporas para perpetuar la especie.

Sin duda estamos conectados a los seres que comparten este planeta, pero también al planeta mismo. Nuestros cuerpos responden a lo que ocurre en nuestro entorno: basta con recordar la sincronía natural que existe entre el ritmo biológico que regula naturalmente nuestros ciclos de sueño y los días que transcurren en el exterior. Bajo esta concepción, la idea de que todos evolucionamos en conjunto con la naturaleza no resulta descabellada.

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Así como la naturaleza se reinventa en constantes relaciones de unión, también las barreras entre los seres humanos pueden difuminarse cuando nos enfocamos en el espacio-tiempo que nos acoge como especie. La reconfiguración de las sociedades en el marco de la globalización es un claro ejemplo de que las divisiones rígidas (como las fronteras que dividen a los países) son cada vez menos relevantes. El geógrafo Peter Merriman propone cuestionar la separación entre los humanos y el espacio en el que existen. El movimiento, las sensaciones, la energía y el ritmo que envuelven a ambos en un constante devenir son cruciales para comprender el funcionamiento de la vida. 

Más allá de las particularidades que pueden llegar a fragmentarnos, la formación de comunidades es un ejercicio que hemos practicado desde tiempos remotos. Ya sea que se trate de cuidar el medioambiente, combatir injusticias o construir un lugar para intercambiar ideas, la necesidad de generar espacios para la unión es una característica vital que está codificada en toda la naturaleza. Así como los organismos evolucionan en conjunto, la cooperación constante es aquello que permite aumentar nuestra fuerza de obrar y transformarnos en aras de un bien mayor. 

 

* Imágenes: 1) A Cabinet of Curiosities; 2) Sarah Schönfeld; 3-4) Daily Overview