Un satélite de la NASA que llevaba más de una década orbitando nuestro planeta está a punto de regresar a casa… literalmente. La Van Allen Probe A, una nave espacial de aproximadamente 600 kilos, reingresará a la atmósfera terrestre hoy 10 de marzo de 2026, según cálculos de la Fuerza Espacial de Estados Unidos. Lo sorprendente es que este evento ocurre casi ocho años antes de lo previsto, y el responsable no es una falla técnica, sino algo mucho más grande: la intensa actividad solar del actual ciclo del Sol.
Van Allen Probe A: el satélite de la NASA que vuelve a la Tierra hoy
La Van Allen Probe A fue lanzada por la NASA en agosto de 2012 junto con su gemela, la Probe B. Su misión era estudiar los cinturones de radiación de Van Allen, dos anillos gigantes de partículas cargadas que rodean la Tierra y funcionan como un escudo natural frente a la radiación cósmica.

Originalmente, la misión estaba planeada para durar dos años. Sin embargo, la nave siguió funcionando durante siete años, recopilando información clave sobre cómo las tormentas solares afectan nuestro planeta. Cuando el combustible se agotó en 2019, los ingenieros estimaron que el satélite permanecería en órbita hasta 2034, pero la realidad terminó siendo muy diferente.
Cómo las tormentas solares adelantaron su regreso a la Tierra
La razón detrás de esta caída prematura tiene que ver con el máximo solar, una etapa del ciclo de actividad del Sol que ocurre aproximadamente cada 11 años. Durante este periodo aumentan las erupciones solares, tormentas geomagnéticas y eyecciones de masa coronal. Estos fenómenos no solo generan auroras espectaculares en la Tierra.

También provocan que la atmósfera superior del planeta se caliente y se expanda, aumentando la resistencia que experimentan los satélites en órbitas bajas. En el caso de la Van Allen Probe A, esta resistencia actuó como un freno invisible. Sin combustible para corregir su órbita, la nave comenzó a perder altura gradualmente, acelerando su descenso hasta provocar su reentrada años antes de lo esperado.
¿Dónde caerá el satélite de la NASA?
Una de las preguntas más repetidas es dónde caerá exactamente la Van Allen Probe A, pero la realidad es que predecir el punto exacto de impacto es extremadamente difícil. El satélite viaja a unos 28,000 km por hora, por lo que incluso un pequeño cambio en el tiempo de reingreso puede mover el punto de caída miles de kilómetros. La Fuerza Espacial de Estados Unidos estima que el reingreso ocurrirá alrededor de las 7:45 p.m. EDT (5:45 p.m. en Ciudad de México), aunque existe un margen de error de aproximadamente 24 horas.

Lo que sí saben los expertos es que la mayor probabilidad es que los restos terminen en el océano. Esto se debe a que cerca del 70% de la superficie terrestre está cubierta por agua, y gran parte de la tierra restante corresponde a zonas poco pobladas. Por esta razón, históricamente la mayoría de satélites que reingresan de forma natural terminan cayendo en el mar sin causar incidentes.
¿Se podrá ver el satélite al caer?
Existe una posibilidad interesante: si el reingreso ocurre durante la noche o al atardecer, algunas personas podrían verlo en el cielo. Cuando un satélite entra a la atmósfera a velocidades cercanas a 28,000 km/h, la fricción con el aire genera temperaturas extremas que comienzan a desintegrar la nave. Desde la superficie, esto puede verse como una brillante bola de fuego atravesando el cielo, seguida por varios fragmentos luminosos.

A diferencia de una estrella fugaz, que suele durar solo unos segundos, un objeto de este tamaño puede permanecer visible entre 20 y 90 segundos, creando lo que muchos astrónomos llaman un “tren de fuego”, una serie de fragmentos brillantes moviéndose en la misma dirección. Si la trayectoria final cruza regiones cercanas a América o el Pacífico durante la noche, existe la posibilidad de que el fenómeno sea visible desde algunas partes del planeta, aunque esto solo se confirmará minutos antes del reingreso.
¿Existe peligro real para las personas?
Aunque la idea de que un satélite caiga a la Tierra puede sonar alarmante, los expertos aseguran que el riesgo para la población es extremadamente bajo. La NASA calcula que la probabilidad de que un fragmento cause daño a alguien es de 1 entre 4,200. Para ponerlo en perspectiva, es mucho más probable que una persona sea alcanzada por un rayo que por restos de basura espacial.

Además, la estadística juega a nuestro favor: alrededor del 70% de la superficie del planeta está cubierta por océanos, y gran parte de la tierra firme corresponde a zonas poco habitadas como desiertos o selvas. Por eso, lo más probable es que cualquier fragmento que sobreviva al calor termine cayendo en el océano abierto.
El tráfico invisible que rodea nuestro planeta
El caso de la Van Allen Probe A también nos recuerda un problema creciente: la acumulación de basura espacial en la órbita terrestre. Actualmente, miles de satélites activos y millones de fragmentos de objetos artificiales orbitan nuestro planeta. La mayoría son restos de misiones antiguas, etapas de cohetes o satélites fuera de servicio. Eventos como este reingreso muestran cómo la actividad solar y la dinámica atmosférica pueden alterar el destino de estas estructuras, obligando a las agencias espaciales a replantear estrategias para controlar mejor el final de vida de los satélites.

La caída de la Van Allen Probe A no es un desastre ni un motivo de alarma, sino más bien un recordatorio fascinante de cómo funciona nuestro entorno espacial. Incluso la tecnología más avanzada depende de fuerzas mucho más grandes, como la actividad del Sol y la dinámica de la atmósfera terrestre. En un cosmos lleno de movimientos invisibles, cada satélite que cae nos recuerda que el espacio no está tan lejos como pensamos… y que la historia de nuestras misiones espaciales siempre termina regresando a casa.




