La energía nuclear en Japón regresó al centro de la conversación pública tras un intento de reinicio que terminó abruptamente en menos de un día. Lo ocurrido en la central de Kashiwazaki-Kariwa no fue solo un incidente técnico: fue un recordatorio incómodo de que el debate nuclear nunca estuvo realmente cerrado. En un país marcado por terremotos, memoria histórica y una fuerte dependencia energética del exterior, cada decisión relacionada con el átomo tiene implicaciones profundas que van mucho más allá de la electricidad.
Energía nuclear en Japón y el regreso de Kashiwazaki-Kariwa
El reinicio del reactor número 6 de la Kashiwazaki-Kariwa Nuclear Power Plant, ubicada en la prefectura de Niigata, fue presentado por el gobierno japonés como un paso clave para su estrategia energética. Se trata de la central nuclear más grande del mundo, con siete reactores y una capacidad instalada superior a los 8,000 megavatios, suficiente para abastecer a millones de hogares.
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Sin embargo, el arranque duró apenas 16 horas. Una alarma vinculada al sistema que controla las barras de control (elementos esenciales para regular o detener la fisión nuclear) obligó a detener el reactor de forma preventiva. Aunque no se registraron fugas ni riesgos inmediatos para la población, el episodio expuso algo fundamental: reactivar una planta de esta magnitud sigue siendo un proceso altamente delicado, incluso después de más de una década de revisiones.
Fukushima, el antecedente que nunca desaparece
Hablar de energía nuclear en Japón implica mirar inevitablemente hacia Fukushima Daiichi Nuclear Power Plant. En 2011, un terremoto de magnitud 9 y el posterior tsunami provocaron la fusión de varios reactores, liberando material radiactivo y obligando a evacuar a más de 150,000 personas.

Aquel desastre no solo transformó el paisaje físico, sino también el marco regulatorio y la percepción social de la energía nuclear. Japón apagó sus 54 reactores y, durante años, el país sobrevivió incrementando la importación de gas, carbón y petróleo. Quince años después, la herida sigue abierta, y cada intento de reactivación revive el temor de que una cadena de errores vuelva a desembocar en una catástrofe.
El papel de TEPCO y la crisis de confianza
La central pertenece a Tokyo Electric Power Company, la misma empresa responsable de Fukushima. Para TEPCO, Kashiwazaki-Kariwa no es solo una planta: es una pieza clave para su supervivencia financiera. Se estima que su operación podría generar alrededor de 100,000 millones de yenes anuales, recursos necesarios para financiar el costoso desmantelamiento de Fukushima Daiichi.

No obstante, el historial de la compañía pesa. En años recientes, se han documentado fallas en protocolos de seguridad, accesos indebidos y deficiencias en sistemas de vigilancia. La confianza pública no se reconstruye solo con inspecciones técnicas, y el reciente fallo reforzó la percepción de que los problemas no son únicamente del pasado.
¿Por qué Japón insiste con la energía nuclear?
Desde el punto de vista estratégico, la apuesta tiene lógica. Japón importa la mayor parte de su energía y enfrenta un contexto complicado: combustibles fósiles encarecidos, volatilidad geopolítica y el compromiso de alcanzar la neutralidad climática para 2050. En ese escenario, la energía nuclear ofrece una fuente estable y baja en emisiones de carbono.

El plan energético nacional prevé que la energía nuclear represente cerca del 20% de la generación eléctrica para 2040. Esta electricidad es vista como indispensable para sostener industrias clave, desde manufactura avanzada hasta centros de datos y producción de semiconductores. Sin embargo, la pregunta central no es solo cuánto produce una planta, sino cuánto riesgo está dispuesta a asumir la sociedad.
Un país sobre fallas geológicas
A la ecuación se suma un factor imposible de ignorar: Japón es uno de los países con mayor actividad sísmica del planeta. Kashiwazaki-Kariwa se encuentra cerca de fallas geológicas activas, y diversos sismólogos han advertido que un gran terremoto podría generar daños de escala billonaria. Aunque las autoridades aseguran que los estándares de seguridad han sido reforzados, la combinación de alta sismicidad y energía nuclear sigue siendo uno de los puntos más sensibles del debate. No se trata solo de probabilidad, sino de consecuencias.

El fallido reinicio de Kashiwazaki-Kariwa deja a Japón en una encrucijada. La necesidad de energía limpia y estable choca con una memoria colectiva marcada por el desastre y una confianza institucional debilitada. La energía nuclear en Japón vuelve a ocupar un lugar central en la discusión nacional, no como promesa, sino como dilema. La gran pregunta permanece abierta: ¿puede un país avanzar hacia el futuro energético sin resolver del todo las lecciones del pasado, o cada intento estará siempre acompañado por el eco de una alarma?




