En medio del brote de sarampión en México 2026, con miles de casos confirmados y campañas activas en Metro, escuelas y centros de salud, el mensaje parece claro: vacunarse es urgente. Y sí, lo es. Pero no para todos. La vacuna del sarampión —conocida como triple viral SRP (sarampión, rubéola y paperas)— tiene una característica clave: contiene virus vivos atenuados. Eso significa que el virus está debilitado, no muerto. En la mayoría de las personas funciona perfecto; en ciertos casos, puede representar un riesgo o simplemente no ser efectiva.
El factor del virus vivo en la vacuna del sarampión
La vacuna del sarampión utiliza una versión debilitada del virus para que el sistema inmune “aprenda” a reconocerlo sin desarrollar la enfermedad. En un cuerpo sano, esto genera una respuesta protectora que puede durar toda la vida. De hecho, con dos dosis aplicadas correctamente, la protección supera el 95%, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pero cuando el sistema inmunológico está comprometido o existe una condición especial —como el embarazo— el uso de virus vivos atenuados cambia la ecuación. No es que la vacuna sea peligrosa por sí misma; es que en ciertos contextos biológicos se requiere máxima precaución.
Los 4 casos en los que la vacuna del sarampión está contraindicada
El primer grupo son las mujeres embarazadas. La triple viral está contraindicada durante el embarazo por un riesgo teórico: que el virus debilitado cruce la placenta. No hay evidencia de daño masivo, pero la medicina funciona con prevención. Si planeas embarazarte, se recomienda vacunarte al menos un mes antes. Si ya estás embarazada, deberás esperar hasta después del parto.

El segundo grupo incluye a personas con inmunosupresión grave. Aquí hablamos de pacientes con leucemia o linfoma, personas en quimioterapia, trasplantados, quienes reciben altas dosis de corticosteroides o personas con VIH avanzado (recuento CD4 menor a 200). Si el “ejército” de defensas está debilitado, incluso un virus atenuado podría causar complicaciones. En estos casos, la decisión debe tomarse con el especialista.

El tercer caso son las reacciones alérgicas severas. No se trata de una alergia leve, sino de anafilaxia documentada a una dosis previa o a componentes como la gelatina o la neomicina. Una reacción anafiláctica es una emergencia médica, y en estos casos la vacuna está estrictamente contraindicada.

El cuarto grupo son personas que recibieron hemoderivados recientemente. Si te aplicaron inmunoglobulina o recibiste una transfusión de sangre o plasma en los últimos meses, los anticuerpos “prestados” pueden neutralizar el virus de la vacuna antes de que tu cuerpo aprenda a defenderse. No es peligroso, pero sí clínicamente inútil. El médico suele indicar esperar entre 3 y 11 meses, según el caso.

¿Quiénes no necesitan vacunarse otra vez?
También hay confusión sobre quién sí necesita refuerzo. Las autoridades sanitarias han sido claras: si ya recibiste dos dosis de la vacuna del sarampión, no importa cuánto tiempo haya pasado, se considera que tienes inmunidad. También quienes ya padecieron la enfermedad tienen inmunidad natural. Por eso muchas personas mayores de 50 años están protegidas: crecieron en una época donde el virus circulaba ampliamente.

Esa inmunidad natural también contribuye al concepto de inmunidad de rebaño, que protege a quienes no pueden vacunarse. Otro punto importante: tener gripe o fiebre alta el día de la cita no es una prohibición definitiva. Es solo un motivo para posponer. La vacunación debe hacerse cuando estés estable, para evitar confusiones entre síntomas de la enfermedad y efectos secundarios leves.

La vacuna del sarampión es una de las herramientas más poderosas de la salud pública moderna, pero como todo en medicina, no es una fórmula universal. Existen cuatro situaciones claras donde debe evitarse o posponerse: embarazo, inmunosupresión grave, alergias severas documentadas y transfusiones recientes. También hay personas que no necesitan refuerzo porque ya están protegidas. Entender estas excepciones no debilita la campaña de vacunación; la fortalece, porque permite decisiones informadas. En tiempos de brotes y desinformación viral, la pregunta no es solo si debes vacunarte, sino si sabes realmente por qué (o por qué no) hacerlo.




