La Niña 2026 no es solo un término técnico que escuchas en el pronóstico del clima: es una pieza clave en el rompecabezas del clima extremo que estamos viviendo. Mientras el Pacífico ecuatorial sigue mostrando anomalías cercanas a -0.9 °C, el Atlántico y el Caribe registran temperaturas récord tras los años más cálidos de la historia reciente. Esta combinación tiene a meteorólogos y centros como la NOAA en alerta. Entre frentes fríos intensos, olas de calor en México y una posible temporada de huracanes más agresiva, estamos frente a un escenario que mezcla ciencia, incertidumbre y un planeta que acumula energía como nunca antes.
La Niña 2026: transición y efectos inmediatos
Actualmente, La Niña 2026 se encuentra en fase de debilitamiento, pero sigue oficialmente activa, con probabilidades superiores al 60% de transición a fase neutra durante la primavera. Bajo la superficie del Pacífico ya se detecta calentamiento, señal clara de que el fenómeno pierde fuerza. Sin embargo, su “memoria atmosférica” continúa influyendo en los patrones climáticos: más frentes fríos, contrastes térmicos extremos y cambios en las corrientes en chorro.
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En México, esto se traduce en escenas casi surrealistas: mientras el norte enfrenta masas de aire ártico asociadas al Frente Frío 35, estados como Guerrero y Michoacán han registrado temperaturas cercanas a los 45 °C en pleno invierno. El clima no está roto, está respondiendo a fuerzas complejas que interactúan al mismo tiempo.
Huracanes 2026 y el efecto “tijera” que desaparece
Uno de los mayores temores en torno a La Niña 2026 está en el Atlántico. En años con La Niña, la cizalladura vertical del viento —esa diferencia de velocidad y dirección entre capas de la atmósfera— tiende a disminuir. Normalmente, esa cizalladura actúa como una “tijera” que corta el desarrollo vertical de las tormentas tropicales. Cuando se debilita, las tormentas pueden crecer sin obstáculos.

Si a eso le sumamos un Atlántico con temperaturas superficiales superiores a 29 °C en varias zonas, el resultado es preocupante. Menos viento cortante + más calor oceánico = mayor probabilidad de huracanes intensos. No significa automáticamente más ciclones, pero sí aumenta el riesgo de intensificación rápida, como ocurrió con Otis en 2023, que pasó de tormenta tropical a huracán categoría 5 en menos de 24 horas.
Océanos con energía acumulada: el combustible invisible
El océano absorbe alrededor del 90% del exceso de calor del planeta. En enero de 2026, el contenido de calor oceánico global alcanzó uno de sus niveles más altos registrados. Esto cambia las reglas del juego porque el calor no está solo en la superficie, sino también en capas más profundas. Cuando un huracán atraviesa aguas muy cálidas, sus vientos mezclan el agua superficial con la de abajo. En condiciones normales, ese proceso puede enfriar la superficie y debilitar la tormenta.

Pero con el calor acumulado en profundidad, el ciclón no encuentra agua fría que lo frene. Es como intentar apagar una fogata que tiene brasas encendidas debajo de la arena. Además, por cada grado Celsius adicional en la atmósfera, el aire puede retener aproximadamente un 7% más de humedad. Esto significa lluvias más intensas y prolongadas. En 2026, el riesgo no es solo el viento, sino las inundaciones tierra adentro, incluso en ciudades que no están justo en la costa.
México en la mira: entre sequía y lluvias extremas
La Niña 2026 también influye en la distribución de lluvias. Históricamente, este fenómeno favorece condiciones más secas en el norte de México y más húmedas en el sureste. Estados como Veracruz, Oaxaca y Quintana Roo podrían enfrentar lluvias por encima del promedio, mientras que el norte lidia con sequía persistente.

Al mismo tiempo, el llamado “callejón de los huracanes” del Atlántico —que incluye el Golfo de México— se mantiene bajo vigilancia. Proyecciones preliminares hablan de una temporada activa tanto en el Atlántico como en el Pacífico oriental. Y aquí surge otra variable: hacia finales de 2026, algunos modelos sugieren una probabilidad creciente (50-60%) del regreso de El Niño. Eso podría reducir la actividad en el Atlántico, pero aumentarla en el Pacífico, dejando a México expuesto por ambos litorales en distintos momentos del año.
La Niña 2026 en el contexto del cambio climático
Es importante aclarar algo: La Niña y El Niño son fenómenos naturales del ciclo ENOS (El Niño–Oscilación del Sur). No los “crea” el cambio climático. Sin embargo, se desarrollan en un planeta más cálido que hace 30 o 50 años. Y eso amplifica sus efectos. Un fenómeno natural sobre un océano más caliente produce impactos más intensos. La diferencia ahora no es solo la fase fría del Pacífico, sino el contexto global: récords de temperatura en 2024 y 2025, olas de calor más frecuentes y eventos extremos que se vuelven tendencia en redes casi cada semana. Desde eclipses virales hasta alertas por “tormentas negras”, el clima se ha convertido en parte central de la conversación digital.

La Niña 2026 no actúa sola: interactúa con océanos recalentados, atmósfera inestable y un planeta que almacena energía extra. Su debilitamiento hacia fase neutra no elimina el riesgo inmediato, especialmente de cara a la temporada de huracanes 2026. Lo que vemos no es un apocalipsis inminente, sino un sistema climático más cargado y sensible. Entenderlo no es solo cuestión de curiosidad científica, sino de preparación colectiva. En un mundo hiperconectado donde cada evento extremo se vuelve viral en segundos, la verdadera pregunta es: ¿estamos listos para adaptarnos a un clima que ya no se comporta como antes?




