Groenlandia es uno de los últimos grandes territorios casi intactos del planeta, un lugar donde el hielo, la roca y el océano han marcado el ritmo de la vida durante miles de años. Sin embargo, en los últimos años (y con más fuerza en 2026) la isla ha quedado atrapada en el centro de una disputa global. Las declaraciones de Donald Trump, asegurando que Estados Unidos “necesita” Groenlandia por razones estratégicas, no solo reavivan tensiones políticas, sino que también colocan en riesgo uno de los ecosistemas más sensibles de la Tierra. Bajo el discurso de seguridad nacional y recursos, se esconde una pregunta clave: ¿qué precio ambiental tendría convertir al Ártico en un nuevo frente de explotación?
Groenlandia, un santuario natural bajo una presión sin precedentes
Aproximadamente el 80 % de Groenlandia está cubierto por hielo, formando la segunda capa glaciar más grande del mundo después de la Antártida. Este manto blanco no es solo paisaje: regula el clima global, refleja la radiación solar y mantiene el equilibrio térmico del planeta. Cuando ese hielo se derrite, el impacto no se queda en el Ártico; se traduce en aumento del nivel del mar, alteración de corrientes oceánicas y cambios extremos en el clima.

El calentamiento global está acelerando este proceso. El Ártico se calienta casi cuatro veces más rápido que el promedio mundial, y Groenlandia pierde cientos de miles de millones de toneladas de hielo cada año. Lo que antes estaba protegido por capas de hielo de hasta un kilómetro de espesor ahora comienza a quedar expuesto. Este deshielo no solo revela roca y suelo: abre la puerta a la minería, la infraestructura y la intervención humana en territorios vírgenes.
Minerales críticos y el riesgo ambiental de extraerlos
Bajo la superficie de Groenlandia se encuentran tierras raras, grafito, cobre, níquel, uranio y otros minerales estratégicos. Son recursos esenciales para la transición energética, pero su extracción en el Ártico implica un costo ambiental enorme. La minería en Groenlandia puede ser entre cinco y diez veces más costosa que en otras regiones, no solo en términos económicos, sino ecológicos.

La apertura de minas requiere carreteras, puertos, explosiones controladas y grandes volúmenes de agua y energía en un entorno donde la naturaleza se regenera lentamente. Un derrame, una filtración o una mala gestión de residuos podría contaminar fiordos, suelos congelados y ecosistemas marinos durante décadas. En un lugar donde la vida se adapta a condiciones extremas, el margen de error es mínimo.
El uranio y la defensa de un entorno vulnerable
Uno de los puntos más conflictivos es el uranio, presente en grandes yacimientos como Kvanefjeld. En 2021, el gobierno de Groenlandia prohibió su extracción por razones ambientales y de salud pública. La decisión fue clara: proteger a las comunidades locales y evitar riesgos radiactivos en un entorno frágil. Sin embargo, muchos depósitos de tierras raras están mezclados con uranio, lo que ha generado tensiones legales y económicas que continúan en 2026.

Este conflicto revela una realidad incómoda: la transición energética global necesita minerales, pero su obtención puede destruir los mismos ecosistemas que se intenta proteger. Groenlandia se ha convertido en el símbolo de ese dilema.
Trump, poder y el futuro del Ártico
Cuando Trump afirma que, si Estados Unidos no actúa, Rusia o China lo harán, reduce Groenlandia a una ficha estratégica. Pero desde una perspectiva ambiental, el problema es más profundo. La militarización, la expansión de infraestructura y la explotación de recursos aceleran la degradación del Ártico, un territorio clave para la estabilidad climática global. Groenlandia no es solo un punto en el mapa ni un almacén de minerales: es un regulador climático natural, hogar de especies adaptadas al frío extremo y de comunidades que dependen del equilibrio entre hielo, mar y tierra. Convertirla en un campo de competencia entre potencias podría romper ese equilibrio de forma irreversible.

El interés de Trump por Groenlandia refleja una tensión global entre poder y naturaleza. Bajo el hielo no solo hay minerales estratégicos, sino un sistema natural que sostiene al planeta entero. La crisis climática está derritiendo barreras que antes protegían este territorio, pero eso no significa que deba ser explotado sin límites. Groenlandia plantea una pregunta incómoda para el siglo XXI: ¿seremos capaces de proteger los últimos grandes ecosistemas del planeta cuando más los necesitamos?




