Hay algo que pasa en la Ciudad de México cuando cae la noche: los que parecen intrusos salen a caminar. Un tlacuache cruza una avenida bajo el farol, un cacomixtle trepa por la barda de un jardín en Coyoacán o Tlalpan. La reacción más común es el susto, seguida del impulso de ahuyentarlos. Pero esa reacción parte de una premisa equivocada: la idea de que estos animales llegaron a la ciudad. En realidad, la ciudad llegó a ellos.
La ciudad se construyó sobre su casa
Buena parte de lo que hoy es zona urbana en la CDMX fue, durante siglos, bosque, matorral, barranca y humedal. Los ecosistemas que habitaban tlacuaches y cacomixtles no desaparecieron de un día para otro: fueron cubiertos por concreto, fraccionados por avenidas y transformados en colonias residenciales. Estos animales no migraron hacia la ciudad buscando comida fácil; simplemente adaptaron sus rutas y refugios a un paisaje que cambió alrededor de ellos.
Esa distinción importa porque cambia la narrativa. No son una plaga ni una invasión. Son fauna nativa que encontró la manera de sobrevivir en condiciones adversas, y eso, lejos de ser un problema, es una señal de que los ecosistemas urbanos todavía tienen algo de resiliencia.
Qué hacen por el entorno urbano
El tlacuache (Didelphis virginiana o Didelphis marsupialis, dependiendo de la zona) es el único marsupial silvestre de México y uno de los mamíferos más antiguos del continente. Su dieta es amplia: come insectos, carroña, frutos y pequeños vertebrados. Esa versatilidad lo convierte en un controlador natural de poblaciones de insectos y en un limpiador de materia orgánica en descomposición. Además, existe evidencia de que los tlacuaches tienen una notable resistencia al veneno de víboras de cascabel, lo que los convierte en depredadores naturales de serpientes en entornos donde coexisten.
El cacomixtle (Bassariscus astutus), por su parte, es pariente del mapache y la coatí. Ágil, nocturno y de movimientos casi felinos, se alimenta de frutos, insectos, pequeños roedores y aves. Al consumir frutos y desplazarse por distintos puntos del territorio, puede contribuir a la dispersión de semillas, un servicio ecosistémico que en entornos urbanos arbolados tiene un valor real aunque difícil de medir.
Cómo convivir sin hacerles daño (ni hacerte daño)
La convivencia con fauna silvestre urbana tiene reglas básicas que protegen tanto a los animales como a las personas:
- No los persigas ni intentes atraparlos. El estrés puede ser letal para animales silvestres, especialmente si están heridos o son crías.
- No les des comida. Aunque parece un gesto amable, alimentarlos los vuelve dependientes, altera su comportamiento natural y puede atraer a más individuos a zonas de riesgo como avenidas con tráfico intenso.
- Mantén distancia y deja que sigan su camino. En la mayoría de los casos, el animal está de paso y se alejará por sí solo si no se siente amenazado.
- Asegura tus residuos. Los contenedores de basura abiertos son un imán para fauna urbana. Usar botes con tapa reduce el contacto innecesario.
- Si el animal parece herido o en peligro, contacta a las autoridades. En la CDMX, la Secretaría de Medio Ambiente (SEDEMA) y la Brigada de Vigilancia Animal pueden orientarte sobre qué hacer.
La ciudad también puede ser un hábitat
La presencia de tlacuaches y cacomixtles en zonas urbanas no es una anomalía que deba corregirse: es una oportunidad para replantear cómo nos relacionamos con la naturaleza que nos rodea. Ciudades como la CDMX, con sus bosques de Chapultepec, sus barrancas del poniente y sus corredores arbolados, tienen el potencial de funcionar como refugios para fauna nativa si sus habitantes deciden verla como parte del ecosistema y no como una amenaza.
La próxima vez que un tlacuache cruce tu camino a medianoche, recuerda: lleva más tiempo en este territorio que cualquier edificio del barrio. Merece, al menos, que le abras paso.
