Durante semanas, titulares y publicaciones aseguraron que México había liberado a cientos de delfines y puesto fin al cautiverio. El mensaje se repitió tantas veces que parecía un hecho consumado. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y menos esperanzadora. La reforma a la Ley General de Vida Silvestre, publicada en julio de 2025, no liberó a ningún delfín y tampoco eliminó la explotación comercial de los que ya viven en cautiverio. Entender qué dice realmente la ley es clave para no caer en desinformación y para saber por qué el debate sigue abierto.
¿Qué dice realmente la nueva ley sobre los delfines en cautiverio?
La reforma prohíbe la captura y reproducción de mamíferos marinos con fines comerciales, lo cual representa un cambio importante en el papel. A partir de ahora, no deberían nacer nuevos delfines destinados a espectáculos o programas turísticos. Sin embargo, la ley permite que los delfines que ya están en cautiverio continúen bajo ese esquema hasta su muerte, siempre que cuenten con autorizaciones previas.

Esto significa que los delfinarios existentes no desaparecen. Los animales seguirán viviendo en tanques o instalaciones cerradas y continuarán siendo utilizados para entretenimiento humano, como nados con delfines e interacciones supervisadas. La explotación no terminó; simplemente dejó de expandirse oficialmente, aunque incluso eso tiene excepciones.
Los vacíos legales que permiten que el cautiverio continúe
Uno de los puntos más polémicos de la reforma es la obligación de trasladar a los cetáceos a corrales marinos en lugar de albercas de concreto. En teoría, esto suena como una mejora sustancial. En la práctica, la propia ley incluye una excepción: si la geografía del lugar no lo permite, los delfines pueden seguir en instalaciones artificiales con intercambio de agua.

Este vacío legal abre la puerta a que muchos delfinarios sigan operando casi igual que antes, solo con ajustes mínimos. Además, no existe una definición clara ni criterios estrictos que garanticen que estos espacios representen un entorno digno o cercano a un santuario real. La regulación, en este punto, sigue siendo ambigua.
Nado con delfines: la actividad que sigue vigente
A pesar de la percepción pública, los programas de nado con delfines no fueron prohibidos. La ley permite interacciones supervisadas siempre que no haya prácticas consideradas agresivas, como montarlos o sujetarlos de las aletas. Aun así, el contacto humano continúa siendo parte del modelo de negocio.

Diversos estudios han documentado que estas interacciones generan estrés crónico, alteraciones de conducta y problemas de salud en los delfines. Son animales altamente inteligentes, sociales y con necesidades espaciales enormes. Vivir en cautiverio, incluso bajo “mejores condiciones”, no elimina el impacto psicológico del encierro.
¿Liberación o cautiverio de por vida?
La ley contempla la posibilidad de evaluar algunos ejemplares para una eventual liberación, pero no la garantiza. Cada caso queda sujeto a estudios técnicos y decisiones administrativas, sin plazos claros ni compromisos públicos. Hasta ahora, ningún delfín ha sido liberado bajo esta reforma. En la práctica, muchos delfines nacidos o criados en cautiverio no sobrevivirían en libertad debido a la dependencia humana y la pérdida de habilidades naturales. Esto refuerza la urgencia de santuarios marinos reales, enfocados en recuperación, no en exhibición ni lucro.

¿Por qué este tema importa hoy más que nunca?
México es uno de los países con mayor número de delfinarios en el mundo, y el turismo ha sido un motor clave de esta industria. Sin embargo, a nivel global, el cautiverio de cetáceos está siendo cuestionado y abandonado por razones éticas y científicas. Grandes operadores turísticos ya han roto vínculos con estas prácticas. La nueva ley representa un punto de inflexión, pero no el final del problema. Mientras el entretenimiento siga siendo el eje y no la conservación real, los delfines seguirán pagando el precio de una narrativa incompleta.

La reforma a la ley es un avance simbólico, pero insuficiente. El cautiverio de delfines en México no terminó, solo cambió de forma. Los animales siguen viviendo en espacios limitados, trabajando para entretener humanos y dependiendo de un sistema que prioriza el turismo sobre su bienestar. La pregunta que queda abierta no es qué dice la ley, sino qué tan lejos estamos dispuestos a llegar para replantear nuestra relación con los animales marinos.




