Cada primavera, los cerezos en flor transforman el paisaje japonés en uno de los espectáculos naturales más admirados del mundo. Sin embargo, en 2026, una decisión inédita marcó un punto de inflexión: Japón cancela el festival de los cerezos en flor en Fujiyoshida, a los pies del monte Fuji. La medida responde a una acumulación de problemas sociales y ambientales derivados del turismo masivo, que durante años fue creciendo sin un control adecuado. Lo ocurrido abre una conversación más amplia sobre la relación entre naturaleza, visitantes y comunidades locales, en un país donde el equilibrio con el entorno es un valor central.
Japón cancela el festival de los cerezos en flor en Fujiyoshida
El festival afectado es el que se celebraba en el parque Arakurayama Sengen, conocido por su vista del monte Fuji entre cerezos y la pagoda Chureito. Durante la temporada de floración, el lugar recibía hasta 200,000 visitantes, con jornadas que superaban los 10,000 turistas diarios. Para una ciudad de menos de 50,000 habitantes, esta presión constante terminó por desbordar la capacidad del espacio.

Las autoridades locales documentaron conductas inaceptables, como basura acumulada en áreas verdes, invasión de propiedades privadas y daños a jardines. El alcalde Shigeru Horiuchi afirmó que “la tranquila vida de los ciudadanos se ve amenazada”, y subrayó que la cancelación busca proteger la dignidad humana y el entorno de vida. La decisión no elimina el acceso al parque, pero sí pone fin a la celebración organizada, los puestos temporales y la promoción oficial del evento.
El impacto ambiental del turismo en los cerezos y su entorno
Más allá del conflicto social, el problema tiene una dimensión ambiental clara. Los cerezos son árboles sensibles: el pisoteo constante del suelo, la compactación de la tierra alrededor de sus raíces y la acumulación de residuos afectan su salud a largo plazo. Expertos en gestión ambiental han señalado que la saturación de visitantes puede reducir la vida útil de estos árboles y alterar el equilibrio de los ecosistemas urbanos.

Además, el parque Arakurayama Sengen se encuentra en una zona montañosa cercana al monte Fuji, un área con alto valor ecológico y paisajístico. El aumento del tráfico, el ruido y los desechos no solo afecta a los cerezos, sino también a aves, pequeños mamíferos y a la calidad del suelo y del agua. En este contexto, el turismo masivo deja de ser una actividad neutral y se convierte en un factor de degradación ambiental.
¿Se acabaron los cerezos en Japón? Spoiler: no
Aquí va una aclaración importante: no se canceló la temporada de cerezos en todo Japón. La floración sigue su curso y otros festivales, como el del parque Ueno en Tokio, continúan activos. Lo que desaparece es el evento organizado: no habrá puestos de comida, escenarios, ni promoción oficial en Arakurayama Sengen. El parque seguirá abierto, pero sin infraestructura turística. Eso significa filas de hasta tres horas para el mirador, menos servicios y una experiencia mucho menos “instagrameable”. El mensaje es claro: quien vaya, lo hará bajo su propia responsabilidad y respetando un espacio que no es un parque temático, sino un barrio habitado.

Japón y el debate sobre turismo sostenible
La cancelación del festival se produce en un momento clave para Japón, que enfrenta elecciones generales anticipadas. El manejo del turismo se ha convertido en un tema central del debate público, junto con la protección ambiental y la calidad de vida. En distintas regiones del país ya se discuten tasas turísticas, restricciones de acceso y nuevos modelos de gestión para evitar la saturación de espacios naturales y culturales.

En Fujiyoshida, el parque seguirá abierto, pero sin el marco del festival. Esto implica menos infraestructuras temporales, menos residuos y una presión más distribuida en el tiempo. Aunque la afluencia no desaparecerá por completo, las autoridades esperan que la medida ayude a restaurar el equilibrio ecológico y a reducir el impacto humano sobre los cerezos y su entorno.

Que Japón cancele el festival de los cerezos en flor no es una derrota cultural, sino una señal de responsabilidad. La decisión reconoce que la naturaleza no es infinita y que la convivencia entre visitantes y residentes requiere límites claros. Proteger los cerezos, el paisaje del monte Fuji y la vida cotidiana de Fujiyoshida es también una forma de preservar la esencia del hanami. En un mundo donde muchos espacios naturales están al borde del colapso, este caso deja una pregunta abierta: ¿sabremos priorizar el cuidado del entorno antes de que la belleza que buscamos desaparezca?




